La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 8 — Un solo billete #3
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Capítulo 8 — Un solo billete #3

El sábado amaneció con helada y sin niebla, uno de esos días azules y afilados en que Torregil enseña los dientes.

Desayuné con la cronología abierta en el portátil, junto a la tostada, y añadí las líneas nuevas: el vestidor, la firma, la carta del banco, el billete.

La tabla había crecido hasta parecer otra cosa: ya no era una lista de rarezas, era un expediente.

Tenía la forma exacta de un expediente, con sus fuentes y sus fiabilidades y sus columnas de lo que falta.

Lo que faltaba, mirada la tabla entera con el café enfriándose, era una sola cosa, y era una persona: la fuente.

Todo lo oficial pasaba por la gestoría. Todo lo que yo sabía de «Chile» lo había dicho Jokin, y todo lo que Jokin había dicho lo contradecía ahora un papel con tóner gastado.

A media mañana salí a caminar, el recorrido largo, hasta el puente de los Remedios y vuelta, con el frío azotándome las decisiones.

Podía escribirle a Jokin un mensaje de gestoría: «Ha llegado correo del banco, ¿qué hago con él?

» Lo redacté mentalmente y lo borré mentalmente: ese mensaje lo leería Jokin con sus emojis y sus verdades a medias, y le daría a elegir qué contestar, y yo había aprendido ya —lo había aprendido de la caligrafía, de los cajones, de mi propio matrimonio— que a la gente que representa no se le dan opciones: se le quita el escenario.

Había que verle la cara. Había que poner el billete de un pasajero encima de una mesa y mirarle los ojos por encima, y eso no se hace por teléfono ni por mensaje ni, sobre todo, en su gestoría, entre los archivadores y el cartel de la A en el círculo, en su terreno.

En terreno neutro. Con testigos de paso y puerta a la vista.

Volví a casa a la una. Comí de pie. Trabajé dos horas mal, por honrar la tarifa.

Y a las cinco, con la luz azul ya cayendo sobre los tejados y la helada volviendo a subir por las aceras, cogí el móvil, busqué el número de la gestoría —el móvil directo, el del «cualquier cosa, a su móvil» de Koldo— y llamé.

Descolgó al segundo tono, con la voz de pasillo de los que siempre están llegando a alguna parte.

—¿Vera? Dime, dime. ¿Todo bien por la casa?

—Todo bien, Jokin —dije, y oí mi propia voz hacerlo bien, hacerlo tranquilo, la voz de la mujer silenciosa que cabe en cualquier hueco—. La casa perfecta. La caldera, el panel, todo en orden.

—Pues eso me gusta oír —rio al otro lado, la risa profesional—. Para eso estamos. Oye, le dije a tu hermano el otro día que preguntara qué tal estabas, que me daba cosa molestarte…

—Lo sé. Me lo contó —una pausa, la que había ensayado, ni larga ni corta—. Mira, Jokin, tengo unas cosas que comentarte de la casa. De papeles que han ido saliendo. Preferiría hacerlo en persona.

El silencio que vino después fue muy corto. Los silencios cortos son los que más dicen; los largos son duda, los cortos son cálculo.

—En persona, claro —dijo, con la misma velocidad de siempre pero medio tono más abajo—. ¿Hay algún problema? ¿Una avería, algo del seguro…?

—Nada de eso. Papeles —repetí, y dejé que la palabra trabajara sola—. ¿Te va bien el lunes por la tarde? Podemos quedar en el centro, donde te venga bien. Yo me acerco sin problema.

—El lunes… sí. Sí, el lunes puedo —se oyó papel, o lo imaginé—. ¿A eso de las seis y media? Hay un bar junto a la plaza del Mercado, el Onaindia, lo conoces seguro, el de los pinchos…

—El lunes a las seis y media —dije—. Gracias, Jokin.

—A ti, Vera, a ti —y entonces, cuando ya bajaba el móvil de la oreja, cuando la conversación era ya pasado, oí mi nombre otra vez, suelto, con la risa quitada—: Vera.

—¿Sí?

—¿Es algo de los dueños? —preguntó—. ¿Te han escrito ellos o algo?

Miré por la ventana de la cocina: el jardín, el banco de hierro, los rosales podados esperando a una mujer que no iba a podarlos otra vez.

—No —dije—. No me han escrito. Tenemos que hablar, eso es todo.

Colgué.

Me quedé en la cocina a oscuras, con el móvil en la mano y la casa alrededor haciendo su inventario de relés, y pensé en lo que acababa de hacer, que era irreversible en la medida en que todo lo importante de aquella casa era irreversible: había puesto una fecha.

El lunes a las seis y media, en un bar del casco antiguo, la historia dejaba de ser mía en exclusiva.

Hasta entonces todo había pasado entre la casa y yo: cajones, planos, fotos, un cuaderno con espiral.

El lunes habría otra persona en la mesa.

Una persona que hablaba por emojis porque los emojis no firman nada, y que llevaba dos meses firmando, con su silencio y sus cafés de los martes, una versión que un papel con tóner gastado acababa de dejar en evidencia.

Apagué la luz del pasillo al subir y puse el modo noche, y el panel dijo lo de siempre.

«Sistema en marcha. Sin incidencias.» Lo miré un momento y esta vez no le dije nada.

Ya no había manera de seguir siendo la mujer que no abre cajones; la cuestión era si el lunes, en el Onaindia, quedaría alguien que supiera seguir cerrándolos.