La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 6 — Estudio Lecuona #3
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Capítulo 6 — Estudio Lecuona #3

El sábado no trabajé. Lo anoto porque no me pasaba desde hacía años: un sábado con plazo, sin trabajar.

Estuve por la mañana en el sofá con la carpeta gris en el regazo, cerrada, sin abrirla, como se tiene en el regazo a un animal dormido.

Pensé en llamarlo. Tuve el móvil en la mano dos veces, y las dos veces llegué hasta su nombre —«Iñigo», sin apellido, sin emoji, así seguía en mi agenda— y las dos veces me vi diciendo la frase: «¿Por qué nunca me dijiste que esta casa era tuya?

» Y las dos veces oí la respuesta por dentro, no una respuesta sino el tono de todas sus respuestas de los últimos años: la pausa primero, la respiración, el «Vera» despacio, como quien le habla a un cristal que puede romperse.

No llamé. Lo archivé, como venía archivándolo todo desde abril, y esta vez me dejó de consolar la palabra: un archivo es también un sitio donde se pudren las cosas.

Lo que sí hice, a media mañana, fue releer sus correos.

Los tenía todos en una carpeta del buzón, «I.

— piso», seis u ocho correos de siete meses de separación de hecho: la comunidad, el seguro del hogar, una avería de la caldera de la casa de piedra, la pregunta cortés de si necesitaba algo del trastero.

Los releí con el oficio puesto, rasgo a rasgo, como la tarjeta y el cuaderno.

La prosa de Iñigo era la de siempre: correcta, técnica, sin un adjetivo de más, educado hasta la escayola.

«Dime si te viene bien que pase el jueves.

» «Como veas.» «Sin prisa.» Buscaba en aquellos correos lo que se busca en una segunda prueba: la errata que delata al texto entero.

No la encontré, y no encontrarla fue peor que encontrarla, porque significaba que aquel hombre llevaba años escribiéndome en una prosa que no se delataba, que no se le movía ni cuando hablaba de calderas.

Un estilo así no se improvisa. Un estilo así se entrena.

La pregunta de cuándo había empezado a entrenarlo —qué año, qué obra, qué casa— me acompañó hasta la hora de comer, que fue tarde y de pie.

Por la tarde salí a caminar el recorrido largo, con la niebla otra vez subida y los álamos del paseo de la ribera quietos como un dibujo.

Caminé hasta el puente de los Remedios y me quedé un rato mirando el agua, que bajaba gris y perezosa, y pensé en la casa de piedra, en la cocina baja, en la pared de corcho, en tres fotos sin rótulo clavadas con chinchetas durante años a la altura de mi vista.

Había vivido diez años con una casa clavada en la pared de mi despacho —de su despacho— sin saber que era una casa.

Pensé en lo que eso decía de él. Y después, con una lealtad torpe que me siguió sorprendiendo, pensé en lo que eso decía de mí: que yo también había preferido no preguntar; que las baldosas flojas se pisan menos cuanto más tiempo llevan sueltas; que un matrimonio, vista así, era también una casa con un pasillo que no aparece en las fotos, un hueco de ochenta y cinco centímetros donde caben todos los años que no se hablan.

Volví a casa al anochecer, hice la ronda, puse el modo noche. «Sistema en marcha. Sin incidencias.» Miré la frase un rato y me pareció, por primera vez, escrita por el mismo autor que todo lo demás.

Cené tarde, y después, en el despacho, actualicé la cronología.

Abrí el documento y añadí al final de la tabla dos líneas que cambiaban el sentido de todas las demás: «2017 — proyecto de la casa: Estudio Lecuona.

Arquitecto: I. Lecuona.» Y debajo: «2017–2018 — año de la obra.

El año de los sábados.» Miré la tabla entera, desde el veintiséis de septiembre y las fotos hasta aquellas dos líneas nuevas del fondo, y vi lo que tenía delante: no una tabla de dos columnas, sino de tres.

Estaba lo que me había pasado a mí. Estaba lo que había hecho la mano de la estilográfica.

Y ahora estaba lo que había hecho Iñigo, ocho años antes, debajo de todo, como los cimientos: sin rótulo, tapado con papel kraft, esperando.

No sabía todavía si las tres columnas se tocaban.

Sabía —lo sabía con la certeza mala, la de la nuca— que compartían la misma casa.

Antes de acostarme volví a subir al vestidor.

Aparté los vestidos de ella —el perfume amaderado ya era solo una idea—, puse la palma de la mano contra la pared del fondo y me quedé así un momento, como se palpa un terreno antes de comprarlo.

La pared estaba fría, lisa, pintada de blanco roto. No contestó nada.

Pero en algún sitio detrás de aquella pared —o en ningún sitio, que era peor, porque el ningún sitio era también una respuesta— había ochenta y cinco centímetros de casa que mi marido había dibujado y la casa se había quedado.

Y entre mi marido y yo había una casa entera que él había dibujado y yo no había visto.

Apagué la luz del vestidor y me acosté, y antes de dormirme tuve la última idea de la noche, la que ya no quiso irse: que las casas y los matrimonios se miden igual, por lo que falta; y que en las dos plantas de aquella casa, y en los diez años de aquel matrimonio, alguien había construido menos de lo que había dibujado.