La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 7 — La vecina del catorce
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Capítulo 7 — La vecina del catorce

Hubo segunda caldereta en casa de Koldo aquel domingo, y yo ejercí de hermana con la misma profesionalidad con que había ejercido la semana anterior, que es una frase que no me enorgullece escribir.

Mi cuñada había mejorado la receta con no sé qué historia de laurel; Koldo tenía anécdotas nuevas del instituto; el mantel de hule seguía siendo de girasoles.

En ningún momento hablé de la casa más allá de lo estrictamente meteorológico: hace frío, se calienta bien, la vecina del catorce cuida rosales.

Mentir por omisión en una mesa con mantel de girasoles es más fácil que en ningún otro sitio, porque la mesa misma está hecha de omisiones: nadie cuenta nada importante donde hay niños que pueden bajar en cualquier momento y una jarra de vino que se vacía a la velocidad justa.

Volví a Los Alisos de noche, puse el modo noche, y me acosté con la sensación de que la semana que empezaba era de otro material que las anteriores.

Llevaba quince días en la casa y la casa había dejado de recibirme: ahora me esperaba, que es distinto.

El lunes nueve de noviembre trabajé con una eficacia sospechosa, de esas que anuncian que la cabeza está en otra parte.

El comisario de «Ceniza fría» reunía por fin las pruebas contra el hombre equivocado, y yo le pulía las páginas con una mitad de la atención, la mitad que se basta para las comas.

A las once había cerrado un capítulo, contestado dos correos y hecho la copia de seguridad.

Y entonces, con la taza del segundo café en la mano, miré por la ventana del despacho el seto que me separaba del catorce y tomé la decisión que llevaba tomada desde el sábado: iba a tomar ese café.

No el café de la invitación cortés. El otro.

El que se toma una vecina que lleva quince años en una urbanización y que lo ha visto todo desde su jardín, de rodillas, con tijeras.

Ane Mendizábal era la única persona de mi radio que conocía a los Etchegaray de antes, y yo llevaba dos semanas tratándola como un paisaje.

Una vecina no es un paisaje. Una vecina es un archivo que saluda.

Me puse el abrigo a mediodía, crucé los quince metros de acera que separan el doce del catorce, y llamé a la puerta con dos golpes de nudillo, como se llama en los sitios donde la gente está en casa.

Ane abrió con un delantal de cuadros y las manos enharinadas.

—Vera —dijo, y esta vez pronunció mi nombre bien, sin la broma del otro día—. Qué bien. Estaba haciendo masa. Entre, entre, que se escapa el calor.

La casa del catorce era la misma casa que la mía —la misma promoción, el mismo plano base, lo supe al segundo paso— y era irreconocible.

Donde el doce tenía la consola barata y el espejo, el catorce tenía una pared de fotos: bodas, comuniones, un hombre de bigote canoso sonriendo en veinte escenarios distintos, niños que crecían de foto en foto hasta hacerse adultos y tener otros niños.

Cuatro años muerto, me había dicho, y el hombre seguía presidiendo el recibidor con la naturalidad de los que no se han ido del todo.

La cocina estaba en el mismo sitio que la mía, caliente, con olor a levadura y a puchero, la tele pequeña encendida sin volumen, una labor de punto desbordando una cesta junto al sofá.

En la encimera, un tarro de café de los de bote, no de paquete.

Todo lo que en mi casa prestada era ausencia, ahí era capa: capas de vida una sobre otra, como el hojaldre que Ane estaba estirando sobre la tabla.

—Siéntese, siéntese. ¿Cómo le gusta, con leche? Yo el café lo tomo como viene, que para eso es café.

Me senté. El café vino en tazas con asas pequeñas, de juego antiguo, y con él una bandeja de pastas que habían visto tiempos mejores y una botella de pacharán que Ane agitó con gesto interrogativo y que yo rechacé con la mano.

Ella se sirvió medio dedo, «por la masa, que pide compañía», y se sentó enfrente con la eficacia de quien ha dirigido treinta y ocho años de reuniones de padres.

—Qué tal la casa, ¿ya la tiene domada?

—Casi —dije—. Es más grande de lo que necesito, pero se trabaja bien. El despacho tiene luz del norte.

—El despacho —Ane sonrió con una complicidad que no me esperaba—. El despacho era lo único que la señora Etchegaray enseñaba con orgullo. «Aquí tiene él sus cosas», decía. Como si la casa fuera de él y ella estuviera de paso. Ya me entiende: unas casas son de los dos y otras tienen dueño y huésped.

Dejé que la frase se posara. No la forceé; hay informaciones que se estropean si las empujas, como la masa.

—Usted los conocía bien —dije.

—Bien, qué va. De valla —se corrigió con honradez de maestra—.

Con ella. Él viajaba mucho, eso era notorio: el coche fuera semanas enteras, las luces apagadas de su lado, ya sabe cómo se notan esas cosas.

Ella estaba sola muchas noches. Muchas. La luz de la cocina encendida hasta horas que no le diré, porque yo duermo mal desde que enviudé y a las tres de la mañana una ve las ventanas de enfrente aunque no quiera.

La luz de la cocina del doce fue mi compañía muchas madrugadas, mire qué cosas.

Yo pensaba: ahí está ella también, despierta.

Nunca se lo dije. Hay soledades que se acompañan sin hablarse.

Bebí un sorbo. El café era fuerte y estaba bueno de verdad, y yo tenía las manos muy quietas alrededor de la taza, que es como las tengo cuando algo me interesa demasiado.

—¿Y eran… cercanos? Como matrimonio, quiero decir —la pregunta salió disfrazada de conversación, y Ane la recibió como conversación, que era lo que yo necesitaba.

Ane se quedó mirando su pacharán un momento, eligiendo.

—Mire, Vera. Yo he sido maestra toda la vida, y una aprende a leer silencios como se leen cuadernos.

Ella era muy correcta. Siempre saludaba, siempre preguntaba por los rosales, una vez me trajo esquejes de un rosal amarillo que tiene en el jardín de atrás, precioso.

Pero jamás entró en esta casa. Jamás me invitó a la suya.

Quince años de valla, y le puedo recitar sus rosales y no le puedo decir el color de su salón —cortó el aire con la mano, quitándole gravedad o poniéndosela, no supe cuál—.

Y se fue apagando. Eso sí lo vi. Los últimos años era como…

como esas luces que bajan de intensidad.

Saludaba igual, sonreía igual, pero cada vez menos.

A mí no me lo cuente como cotilleo, que no lo es: es que uno no se apaga así sin motivo.

La luz bajando de intensidad. Anoté la imagen sin moverme, en el archivador de detrás de los ojos.

—¿Y al final? —pregunté—. Me han dicho que se fueron en septiembre. ¿Los vio irse?

Ane se inclinó hacia delante, y supe por el gesto —la espalda recta, las manos planas sobre la mesa— que llegaba a lo que tenía guardado.

—Pues ahí está la cosa —dijo—. No los vi irse.

Ni a ella, ni a él, ni una maleta, ni un taxi, ni un coche cargado.

Nada. Y no es que yo sea una cotilla, Vera, es que mi dormitorio da a la calle y yo duermo como un pájaro.

La gente que se va un año hace ruido antes de irse.

Caja va, caja viene, el contenedor, la basura de los armarios…

Los Etchegaray no hicieron nada de eso. La última vez la vi en el jardín; la casa siguió con sus luces unos días más, y de un día para otro, nada.

—¿Un día cuál?

—A mediados de septiembre —lo dijo sin dudar, con la certeza de la que lleva décadas fechando exámenes—.

El doce o el trece, un fin de semana, porque yo había estado en casa de mi hija y volví el viernes, y el sábado por la mañana la vi.

A ella. A la señora Etchegaray. En el jardín de atrás, con los rosales.

Estaba cortando rosas, con el cubo azul y las tijeras largas.

Me asomé a la valla y la saludé, y ella me enseñó las rosas por encima del seto, y me dijo: «Las últimas del año, Ane. » Así, con esa palabra. Las últimas.

Sentí el café hacerse frío en la taza sin que mis manos la soltaran.

—¿Y después?

—Después, nada que notar —Ane apoyó las dos manos en la mesa—.

Eso es lo que luego no me cuadraba: la casa siguió con sus luces, con su vida de siempre, hasta el jueves.

El viernes ya amaneció apagada, y apagada siguió hasta que llegó usted.

Y ni una maleta, ni un taxi, ni un adiós.

Yo pensé: se han ido sin despedirse, qué raro, con lo correcta que es ella.

Luego me dije: bueno, la gente no debe explicaciones a la vecina.

Pero se lo digo de verdad, Vera: quince años de «buenos días» por la valla, y se fue sin uno.

Como quien se va del cine antes de que acabe la película.

A mediados de septiembre. El doce o el trece, un sábado, cortando rosas.

Yo había visto esos rosales podados el día que llegué, seis semanas después: los había visto con ojos de recién llegada y los volvía a ver ahora con los ojos de Ane, con el cubo azul y las tijeras largas y una mujer que se despedía de las flores sin despedirse de nadie.

Las últimas del año. Una frase de jardín.

Una frase de despedida. Las dos cosas a la vez, que es como hablan las personas que no pueden hablar.

—¿Y él? —pregunté—. ¿Lo vio esos días?

—Él iba y venía, como siempre. El coche grande, entrar y salir.

Yo a él casi no le ponía cara ya —agitó la mano—.

Lo que sí recuerdo, y esto igual no es nada…

—dudó, y en la duda supe que era algo que llevaba semanas queriendo soltar—.

A finales del verano hubo unas noches, dos o tres, no más, en que pasó un coche por la calle muy despacio.

De noche, tarde, a las dos, a las tres. A paso de peatón.

Pasaba, llegaba al final de la curva, y se iba.

No aparcaba, no entraba en ninguna casa. Pasaba despacio y se iba.

—¿Un coche de la urbanización? ¿De algún vecino?