Capítulo 6 — Estudio Lecuona
El jueves, cinco de noviembre, rompí la cinta de alguien.
Me desperté sabiendo que lo haría, que es una manera de despertarse que yo no conocía: sin debate.
Había pasado la noche dándole vueltas no a si debía hacerlo, sino a cómo se hacía sin destrozar la portada, y en algún momento de la madrugada, entre el relé de la caldera y el siguiente, había recordado el cúter de mi caja de herramientas y me había quedado dormida con esa imagen, como quien se duerme con la solución de un crucigrama.
Trabajé primero dos horas, por higiene y por aplazamiento; el comisario encontraba por fin al culpable verdadero y yo le corregía las comas con la mitad de la cabeza, y la otra mitad estaba ya en el aparador, en la tercera puerta, en la carpeta gris con su etiqueta.
A las once cerré el archivo, hice la copia de seguridad —la costumbre era la costumbre, y aquella mañana la necesitaba intacta—, respiré hondo una sola vez y saqué la carpeta.
Lo había escrito yo misma una semana antes, en esta misma mesa, con la carpeta gris delante: romper la cinta de alguien es una de esas líneas que, una vez cruzadas, no se descruzan.
Lo recordaba palabra por palabra, como se recuerdan las frases que una escribió para convencerse de algo.
Una semana después tenía once fotografías mías escaneadas en la nube, un cuaderno de vigilancia escaneado página a página y la certeza de que la bienvenida y el seguimiento eran obra de una misma mano con estilográfica.
Lo hice con método, porque hasta para violar un sello soy de método.
La carpeta «Hogar Seguro — manual de usuario» sobre la mesa del despacho, la luz del norte encima, y un cúter de hoja fina que había traído en mi caja de herramientas —mi caja, no la de la casa; hay herramientas que una no pide prestadas—.
El papel kraft estaba pegado con cinta adhesiva transparente, alisada con la uña, sin una burbuja.
Trabajé la esquina inferior izquierda con la punta de la hoja, separando la cinta del papel de la portada, milímetro a milímetro, con la paciencia que se le tiene a una página pegada por la humedad.
La cinta cedía con un ruido de piel. Me sudaban las manos. Me las sequé en los vaqueros y seguí.
Tardé veinte minutos. Podía haber tirado y rasgarlo todo en cuatro segundos, y durante veinte minutos me contuve de hacerlo, porque despegar aquel papel despacio era mi manera de respetar todavía algo: no a los Etchegaray, no a la casa, sino a la versión de mí que no abría cajones ajenos.
Se la debía. Cuando el rectángulo de kraft quedó libre, lo puse a un lado, entero, sin una rotura, con la cinta todavía adherida, como se conserva una prueba.
Debajo, impreso en la portada del dossier espiralado, en el bloque de datos del proyecto, con la tipografía gris de una plantilla de empresa, decía:
«Proyecto: Vivienda unifamiliar — Los Alisos 12, Torregil. Propiedad: G. y M. Etchegaray. Instalación de seguridad y domótica: Hogar Seguro S.L. Dirección facultativa: Estudio Lecuona. Arquitecto: I. Lecuona.»
Y una fecha de entrega del proyecto: dos mil diecisiete.
Lo leí una vez. Lo leí otra. Después me quité las gafas —uso unas gafas de cerca para la lupa, unas gafas baratas de farmacia—, las dejé sobre la mesa, y me quedé mirando la ventana sin ver el seto, con las dos líneas finales ardiendo en la retina como se queman las páginas que una ha leído en diagonal y demasiado tarde.
Estudio Lecuona. Arquitecto: I. Lecuona.
Iñigo. Mi marido. Mi marido todavía, a efectos del papel: separados de hecho desde abril, sin trámite, con el piso a medias y los correos corteses sobre temas del piso.
Iñigo Lecuona, arquitecto, cuarenta y un años, el hombre con el que había compartido diez años de cocina baja y ventana al patio, el hombre que se dormía con la radio puesta y la apagaba en sueños, el hombre del que yo creía —creía— conocer cada obra, cada cliente, cada madrugada de planos: había diseñado esta casa.
Esta casa. La que me tenía el café en el armario correcto y las fotos en el doble fondo.
La había dibujado él, línea a línea, la cocina como centro y el pasillo como espina, y en diez años —nueve, entonces; la casa era de dos mil diecisiete, dos mil dieciocho— no me había dicho una palabra.
Debería haberme sorprendido más. Lo escribo así, con esa forma de deber, porque la sorpresa que sentí tenía algo de confirmación, y no quise preguntarme confirmación de qué.
Había un cajón en mi mesilla, debajo de un jersey, que llevaba dos meses sin abrirse.
Lo dejé donde estaba. Lo dejé donde estaba y me fui a la cocina a por agua, y me bebí el vaso de pie junto al ventanal, mirando el jardín helado, y mi mano no temblaba, y eso, eso sí que lo registré como una errata: que no me temblara la mano.
Volví al despacho y hice lo que hago: verifiqué.
Estudio Lecuona existía —existía todavía— en la avenida de la Estación, dos letras en un rótulo negro que yo había visto mil veces.
La dirección facultativa de una obra se registra; el nombre de un arquitecto en una casa unifamiliar no es un secreto, es un trámite público del que nadie habla en las cenas.
Yo no sabía nada porque nadie me lo había contado y porque nunca se me ocurrió buscarlo, y esas dos ignorancias juntas pesaban distinto: la primera me la habían dado; la segunda era mía.
Y entonces, claro, cayeron las fichas. Cayeron despacio, como caen las fichas de verdad, una detrás de otra, haciendo ruido.
Las fotografías del estudio de Iñigo. En la casa de piedra, su despacho tenía una pared de corcho donde clavaba con chinchetas las fotos de las obras: excavaciones, estructuras, hormigón visto.
Y en la esquina de abajo, separadas de las demás, tres o cuatro fotos sin rótulo de una casa en construcción que no se parecía a ninguna de sus obras conocidas: una casa clara, de urbanización, con el seto recién plantado y los rosales en cepellones, esperando.
Yo se las había visto durante años. Nunca pregunté.
Iñigo hablaba poco del trabajo los últimos años —hablaba poco de todo, los últimos años— y yo había aprendido a no preguntar como se aprende a no pisar las baldosas flojas.
Ahora sabía qué casa era. Estaba sentada dentro de ella.
El año de la obra. Dos mil diecisiete, dos mil dieciocho: el año en que Iñigo trabajaba los sábados, el año de las cajas de materiales en el maletero, el año en que llegaba a casa oliendo a polvo de obra y a un jabón que no era el nuestro, el jabón de la ducha de la caseta de obra, pensé ahora, o de quien fuera.
El año en que empecé a coleccionar silencios.
No lo escribo para acusarlo de nada concreto; lo escribo porque las fechas no admiten dos versiones, y la fecha de aquella pared de corcho y la fecha de aquella distancia y la fecha de esta casa eran la misma fecha.
Me quedé la mañana entera en el despacho, con el dossier abierto y el papel kraft intacto al lado, sin corregir una sola línea del comisario.
A media mañana me llegó un correo de la editorial preguntando por el ritmo.
Contesté «en plazo» y fue la primera mentira profesional que le escribía a esa gente en dieciséis años.
Hice fotos de la portada con el móvil, y del bloque de datos, y de la fecha.
Carpeta «Los Alisos». Copia en la nube, copia en el disco externo.
Después —lo pensé, lo decidí— dejé el papel kraft sin reponer.
Que se viera. Si alguien volvía a esa carpeta, que viera que la extraña había despegado el sello con un cúter y veinte minutos de paciencia.
Era mi primera respuesta. Una respuesta pequeña, de papelería, pero mía.
Aquella tarde hice una cosa más, la comprobación que faltaba, la que se hace en pantalla.
Abrí el navegador y busqué el estudio. La página de Estudio Lecuona era la de siempre, la que yo misma le había corregido los textos años atrás —«viviendas que dialogan con el paisaje», le había suavizado yo aquella frase, le había quitado dos comas—: obras seleccionadas, equipamientos, dos reformas de caserío, el polideportivo de un pueblo de la ribera.
Recorrí el portafolio entero, proyecto a proyecto.
No estaba. La casa de Los Alisos no estaba en la página de su propio arquitecto.
Dieciséis obras publicadas, con sus fotos y sus rótulos y sus metros cuadrados, y la casa que me había dado diez años de silencio no figuraba entre ellas.
Puede que fuera pudor: hay arquitectos que no publican encargos privados.
Puede que fuera pudor, y yo anoté el pudor en la fila de las explicaciones, y la fila empezaba ya a pesar más que las explicaciones.
Un hombre que enseña en su web hasta la reforma de un frontón y no enseña una vivienda unifamiliar entera, de las que dan prestigio, de las que se fotografían bien: eso no es discreción. Eso es una tachadura.
Cerré el navegador. En la pantalla apagada se reflejaba el despacho: la mesa de roble, la ventana al norte, la mujer sentada en la silla de oficina ajena con las gafas de farmacia colgadas del cuello. Me miré un momento. Tenía cara de estar haciendo cuentas.