La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 5 — El cuaderno #3
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Capítulo 5 — El cuaderno #3

El martes de la cafetería, la cena del cumpleaños.

Mi hermano mezclaba escenarios con la honradez desordenada de los que no ensayan sus recuerdos, y cualquiera lo habría atribuido a eso, a la mala memoria de los hombres ocupados, y de hecho yo misma lo até con esa cuerda durante la primera media hora.

Pero había una cosa que no se ataba: las dos versiones tenían distinto escenario y el mismo guion.

En las dos, Jokin llevaba la iniciativa.

En las dos, el matrimonio se iba «por trabajo».

Y en las dos, mi nombre había salido de la boca de Jokin con una naturalidad de pensamiento espontáneo que ahora, con el cuaderno encima de la mesa, sonaba a otra cosa: sonaba a entrega.

A paquete dejado en las manos adecuadas.

—¿Los dueños? No los conozco —siguió Koldo, contestando a una pregunta que yo no había llegado a hacer—. Los lleva Jokin, seguros y eso. Él fue el que dijo que se iban a Chile por trabajo de él. En la cafetería. O en la cena, Vera, qué más da.

Qué más da. Colgamos a los pocos minutos, con la promesa repetida de la próxima caldereta, y me quedé con el móvil en la mano en medio del despacho, mirando el cuaderno —la carpeta «Los Alisos», en la pantalla, con sus sesenta y ocho imágenes— y pensando en la diferencia entre mentir y representar.

Mi hermano no mentía: mi hermano repetía una función que otro había escrito, con sus dos escenarios cambiados y su guion intacto, y la función había funcionado porque estaba escrita para él, para su manera de entender el mundo, esa en la que la gente dice lo que dice.

¿Quién escribía así? ¿Quién conocía a mi hermano lo bastante para esconderle una mentira dentro de un favor?

Aquella mañana, antes de la llamada, había estado a punto de coger el coche y plantarme en la gestoría de Jokin.

Tenía la visita ensayada: la sonrisa, el agradecimiento primero —la casa es estupenda, qué suerte— y la pregunta después, de refilón, con el cuaderno en el bolso.

Llegué a tener las llaves en la mano. No fui.

No fui por la misma razón por la que no se enseña una errata antes de terminar la página: porque el que escribió el texto sabe más que el que lo lee, y conviene saber qué más sabe antes de avisarle de que lo estás leyendo.

Jokin era, hasta donde yo sabía, un gestor que hablaba por emojis y que había pasado un nombre de una mesa a otra.

O era la mano derecha de la estilográfica.

Entre una cosa y otra no había manera de distinguir sin enseñar mis cartas, y mis cartas eran lo único que aquella partida me había dejado: unas fotos, un cuaderno y una ventaja de tres días sobre quien creyera que yo todavía no sabía nada.

Trabajé mal el resto del miércoles. A media tarde salí a caminar, hice el recorrido largo, y por primera vez caminé mirando los portales y los coches aparcados no como una peatona sino como una lectora: aquí podía haberse apostado, desde esta esquina se ve mi puerta, este banco da al puente.

La urbanización entera se convirtió en un texto que yo había leído mal durante una semana, lleno de aparatos críticos que no había sabido ver.

En la esquina del súper había un coche con un hombre dentro, mirando el móvil.

Me latió el corazón hasta pasar de largo y ver, por el retrovisor de una furgoneta, que seguía mirando el móvil, que era un padre esperando a alguien, que el mundo estaba lleno de hombres en coches mirando el móvil y que no todos me fotografiaban.

O eso elegí creer, que es lo que se elige cuando una ha decidido quedarse.

Al doblar la última esquina hacia mi calle, ya con las manos frías, Ane estaba en su jardín del catorce, con el chubasquero amarillo y una bolsa de bulbos, y me saludó con la mano en alto como si fuéramos conocidas de años.

—¡Ya se está helando, vera! —me llamó «vera» sin querer, o queriendo, con la pronunciación de aquí—. ¿Qué tal la casa, calentita?

—Calentita —dije—. Ya le he cogido el tranquillo a la caldera.

—Eso es lo importante. Lo demás es decoración —clavó un bulbo con el dedo, experta—. Cuando quiera ese café.

Me quedé un momento mirándola desde la acera, a aquella mujer menuda arrodillada entre rosales podados, y pensé que era lo único de la urbanización que no cambiaba de significado según cómo lo mirara: un jardín era un jardín, una vecina era una vecina, un bulbo enterrado en noviembre era una apuesta por abril.

Me dio una envidia breve y limpia. Después entré en el doce y cerré la puerta con el golpe seco que ya se me había hecho doméstico, y la casa me recibió con su zumbido eléctrico mínimo, su olor a lejía diluida que ya se iba apagando bajo el mío.

Cené, hice la ronda, puse el modo noche. Antes de acostarme, en la mesilla, abrí la libreta y copié una última vez la línea del cuaderno, con su puntuación exacta, las dos horquillas, los márgenes:

«¿Servirá?»

Alguien me había seguido tres semanas, me había medido como se mide a una candidata, había escrito mi vida con letra educada y ge de gancho, y al final del informe se había hecho una única pregunta completa.

Servirá. La pregunta llevaba ya un día entero en mi cabeza y no pensaba irse.

Y seguía ahí, abierta por delante y por detrás, esperando respuesta, y lo peor —lo peor de todo, lo que no me dejó dormir hasta las tantas— era que una parte de mí, la parte que corregía manuscritos ajenos desde hacía dieciséis años, quería saber la nota. Quería saber si había aprobado.

Servirá. Para qué. Y sobre todo, y esto lo escribí en la libreta y cerré la luz: para quién.