Capítulo 5 — El cuaderno #2
Y sin embargo la última línea, la única que importaba, sí llevaba su signo de apertura.
«¿Servirá?», entera, completa, con las dos horquillas puestas.
Quien escribía ese cuaderno se permitía ahorrarse los signos en las anotaciones de trabajo, pero no en esa pregunta.
Esa pregunta se la hacía en serio. Esa pregunta iba con toda la puntuación, como van las preguntas que se hacen una a sí misma en voz alta.
¿Servirá? Para qué. Eso era lo que no decía el cuaderno, lo que no decía en ninguna de sus páginas: el para qué.
Tres semanas de vigilancia paciente, con sus horarios y sus confirmaciones —«confirma», había escrito, como quien contrasta una hipótesis— y ninguna conclusión visible, ninguna recomendación, ningún plan.
Solo esa pregunta final, abierta por delante y por detrás, esperando una respuesta que quizá era yo misma, viviendo ya en la casa, sentada en el despacho con la luz del norte, leyendo.
Revisé mis propias tres semanas. Lo hice en la libreta, a lápiz, cruzando las fechas del cuaderno con mi calendario: la semana del veintiocho de septiembre yo había corregido un ensayo, había ido a la revisión del dentista, había comido con Koldo aquel domingo —el hombre de complexión parecida: mi hermano, convertido en «¿hermano?
» por una mano con estilográfica—. La semana siguiente, la novela del comisario había entrado en mi mesa; recordaba el correo de la editorial, el plazo.
La tercera semana, la del doce de octubre, había empezado con un lunes festivo y una llamada.
Todo cuadraba con una precisión que daba náusea: no era un retrato aproximado de mí, era mi propia vida con mejor letra.
Y noté, mientras hacía la comprobación, que mi repaso empezaba a finales de septiembre porque allí empezaba el cuaderno, y que no me había preguntado qué hacía la persona de la estilográfica antes del veintiocho de septiembre, ni me había preguntado qué hacía yo en agosto, ni por qué ciertos meses de mi año eran más fáciles de reconstruir que otros.
Lo noté y no lo corregí. Hay tachaduras que una se permite a sí misma aunque se gane la vida prohibiéndoselas a los demás.
Antes de escanearlo, sin embargo, lo releí una segunda vez, ya de noche, y la segunda lectura fue peor que la primera, como pasa siempre con los textos: en la primera se lee qué dice; en la segunda, cómo lo sabe.
Había detalles que no se podían saber desde un coche aparcado.
«Corrige: galeradas, marcas rojas, bolígrafo rojo viejo, de capuchón.
» Mi bolígrafo rojo. El de capuchón, el que no uso fuera de casa porque es de los que manchan, el que solo sale en mi mesa del co-working y en la de mi apartamento.
Para saber que mi bolígrafo rojo era viejo y de capuchón había que haber estado lo bastante cerca de mi mesa para verme trabajar: en el co-working, quizá desde la zona de visitas, disfrazado de otra cosa; en mi apartamento, desde la ventana de enfrente o desde la calle, de noche, con la luz encendida y la persiana del estudio a medias.
«Baja la persiana del estudio solo a medias», había anotado.
Me lo había anotado como quien toma nota de una costumbre de un animal de terrario.
Aquella noche, antes de acostarme, bajé todas las persianas del todo, una a una, sintiendo en cada ventana el ridículo de cerrar el gallinero con el zorro ya contado y pesado.
Escaneé el cuaderno entero. Treinta y cuatro páginas escritas, sesenta y ocho imágenes, anverso y reverso, aunque los reversos estuvieran vacíos: los reversos vacíos también son información, dicen qué papel traspasa la tinta y qué presión tenía la mano.
La mano tenía una presión media, constante, sin fatiga: la presión de quien escribe de oficio o de vocación.
Guardé todo en «Los Alisos», subcarpeta nueva.
Volqué también una copia en el disco externo, que aquella tarde saqué del cajón por primera vez desde la mudanza.
Nadie necesita una copia hasta que la necesita.
Ya no era una frase de mi jefa; era otra cosa que empezaba con mayúscula y no quería nombrar.
Después devolví el cuaderno a su bolsa, la bolsa a la cavidad, el tablero a sus enranures y el cajón a sus guías.
Dudé —lo dudo todavía— sobre si dejarlo o quedármelo.
Me ganó el mismo argumento de siempre: quien lo puso ahí sabía si alguien lo había tocado, y yo no quería anunciar nada todavía.
Dejé el doble fondo exactamente como lo encontré, con el sobre blanco de las fotos en su sitio también, vacío ahora, porque las fotos sí me las había quedado.
Incoherente, lo sé. Uno no es coherente con el miedo; uno negocia con él, artículo por artículo.
Aquella noche trabajé hasta tarde por pura defensa, porque el comisario era el único hombre de Torregil cuyas sospechas podía yo corregir con un comentario al margen.
Cené tarde, puse el modo noche, hice la ronda.
Al pasar por el recibidor miré la consola.
Seguía siendo una consola barata con dos cajones, un cuenco con llaves y dos montones de correo.
Tenía más secretos que algunas personas de mi familia.
El miércoles llamé a Koldo.
Lo hice a la una y media, hora de cafetería, calculando que saldría del instituto con hambre y sin defensas.
Le dije que llamaba por nada, por oír una voz, y mi hermano, que es un hombre sencillo en el mejor sentido, se creyó que su hermana llamaba por oír una voz.
Hablamos de la caldereta del domingo, de la inspectora, de que su mujer quería pintar el pasillo.
Le dejé correr. Y entonces, con el tono de quien lo pregunta por rellenar:
—Oye, una curiosidad. Lo de la casa, ¿cómo fue exactamente? Quiero decir, ¿cómo salió mi nombre?
—Pues salió y ya está —rio Koldo—. Jokin me lo comentó y yo pensé en ti.
—¿Él te lo comentó a ti? ¿Dónde?
—En la cafetería de junto al instituto. Nos tomamos un café los martes, ya lo sabes. Me dijo que llevaba las cosas de un matrimonio que se iba fuera por trabajo, un año, y que necesitaban a alguien de confianza para la casa. Y yo dije: pues mi hermana.
Ahí estaba. Lo tenía delante, dicho por la voz más inocente de mi vida: yo dije, pues mi hermana.
Mi nombre lo había puesto Koldo. Era lo que yo recordaba, lo que yo misma le había oído.
Y sin embargo las fotos del veintiséis de septiembre y el cuaderno de la semana uno decían otra cosa: decían que cuando Jokin tomó aquel café con mi hermano, yo ya llevaba una semana fotografiada y anotada.
Mi nombre no podía haber salido en esa cafetería. Mi nombre ya estaba puesto.
—¿Y Jokin no tenía a nadie más? —pregunté—. Quiero decir, una gestoría, gente seria… habrá mil personas queriendo una casa gratis.
—Eso le dije yo —Koldo cambió el móvil de oreja; se oyó la calle, un claxon—.
Y él dijo que los dueños no querían a cualquiera, que querían a alguien conocido, del entorno.
Y entonces me dice, así como quien no quiere la cosa: «Oye, tu hermana no se acababa de separar?
Algo me sonaba. Le vendría de lujo una casa así, tranquila, para trabajar.
» Y yo caí como un pardillo, claro: pues sí, pues mira, qué buena idea.
Cerré los ojos.
Tu hermana no se acababa de separar. Jokin.
Jokin, a quien yo había visto dos veces en cenas, sabía de mi separación —de Koldo, claro, las gestorías se enteran de todo por los cafés de los martes— y Jokin había dicho mi nombre antes que mi hermano.
Lo había envuelto en una pregunta con el signo de apertura olvidado, una pregunta de pasada, y mi hermano, que era de fiar como es de fiar el pan, había creído que la idea era suya.
—¿Qué pasa? —dijo Koldo.
—Nada. Que no me acordaba de cómo había sido.
—Pues así fue —una pausa—. Bueno, o fue en la cena. La cena de hace unas semanas, la del cumpleaños de aquel amigo suyo, que estaba Jokin. No, espera. En la cena te lo dije yo a ti, que viniste a recogerme y aproveché. El café con Jokin fue antes, cuando me lo comentó a mí.