Capítulo 5 — El cuaderno
El martes me levanté con la decisión ya tomada, que es la única manera de levantarse cuando una ha decidido quedarse: sin discusión.
Desayuné, trabajé dos horas cumplidoras —el comisario empezaba a sospechar de la persona equivocada, y yo se lo dejé anotado con una amabilidad que me costó menos de lo normal, quizá porque empezaba a entenderlo— y a las once en punto bajé al recibidor con la caja de herramientas de la casa, la que había encontrado en el lavadero el sábado, y me senté en el suelo delante de la consola como quien se sienta delante de una página difícil.
La consigna era mía y la había escrito en la libreta: con luz y con método.
Me había pasado el lunes entero alrededor de aquel mueble sin tocarlo, construyendo la cronología en el despacho, pasando por el recibidor con cualquier excusa —el correo, las llaves, el abrigo— y mirándolo de reojo como se mira a un testigo que aún no ha declarado del todo.
Porque no declaraba del todo: una tabla de contrachapado lijada a mano no se hace para guardar un solo sobre; se hace para un uso, y el uso había sido breve, y el hueco quedaba.
Además estaba la aritmética del propio mueble, que me había rondado desde el sábado: la consola medía por fuera lo que no medía por dentro, y el cajón, aun con la tabla puesta, seguía sin llegar a la trasera.
Había más volumen muerto del que explicaba el doble fondo.
Lo sabía desde el sábado y no lo había querido saber hasta tener sueño encima y café en la mesa y la decisión de quedarme ya tomada, porque uno no desmonta los muebles de una casa que piensa abandonar.
La radio de la cocina seguía apagada desde el jueves.
Lo noté aquella mañana al pasar con la caja de herramientas: la antena plegada, el dial donde lo dejé.
No la había vuelto a encender, y no supe decirme si por prudencia o por pudor, como si la voz de madrugada fuera un cómplice al que no se mira a la cara al día siguiente.
Saqué el cajón entero esta vez. Los cajones baratos salen levantando un poco el frontal en el tope de la guía; este salió a la segunda, y lo dejé sobre el suelo, boca arriba.
Saqué la tabla del doble fondo. Y entonces, con el hueco del cajón abierto y la linterna del móvil en la boca —gesto de fontanero, ridículo y útil—, vi lo que el sábado no había visto: el sobre blanco no había estado solo.
El fondo verdadero del cajón era también una tapa.
Lo supe por las juntas. Un fondo de cajón de catálogo es un tablero fino enranurado en los cuatro costados; este estaba enranurado en tres y apoyado sobre un listón en el cuarto, el de atrás, el más oscuro.
Metí la uña por la junta delantera y el tablero entero cedió hacia arriba con una pereza de madera vieja.
Debajo había una cavidad de un palmo de fondo, el hueco muerto que queda entre el cajón y la trasera del mueble, y en esa cavidad, plano, envuelto en una bolsa de plástico de las de congelar, había un cuaderno.
Lo saqué con dos dedos, como se saca una cosa de un frasco de formol.
Era un cuaderno pequeño, tamaño libreta de bolsillo, tapas negras de cartón, espiral doble, de los que se venden en cualquier papelería por dos euros.
La bolsa estaba cerrada con un precinto de alambre, de los de las bolsas de congelar, torcido sobre sí mismo con una pulcritud que ya me sonaba.
Lo destorcí. Saqué el cuaderno. Olía a plástico y a nada.
Me lo llevé al despacho. No lo abrí en el recibidor; no sé por qué, o sí lo sé: los documentos se abren en la mesa de trabajo, con la luz del norte y las manos limpias.
Me lavé las manos. Lo escribo y parece una broma, y no lo es: me lavé las manos, me senté, puse el cuaderno en el centro de la mesa, delante de la lámpara, y lo abrí por la primera página.
La primera línea era una fecha: «28 sept — semana 1».
Y debajo, con la misma tinta azul de la tarjeta de bienvenida, con la misma letra inclinada y limpia, con la misma ge que cerraba su ojo con un gancho pequeño, empezaba el parte:
«lunes: 18:40, paseo de la ribera. Camina 50 min, sentido norte, vuelve por el puente de los Remedios. No se detiene. No habla con nadie.»
Me levanté. Me volví a sentar. La casa estaba en silencio, con ese silencio bien cableado que ya me era familiar, y la ventana del despacho enseñaba el seto y el cielo bajo, y todo era exactamente igual que diez minutos antes, que es lo más insoportable de ciertas lecturas: que el mundo no se inmute.
Volví a empezar. Leí el cuaderno entero de una sentada, página por página, sin saltarme nada, con la disciplina de la corrección de pruebas, y a la tercera página ya sabía qué tenía delante.
Era mi vida, anotada por semanas. Tres semanas de mi vida anteriores a la llamada de Koldo, redactadas con la economía de un parte militar y la paciencia de un naturalista.
No transcribo todo —duele demasiado, todavía—, pero dejo aquí lo esencial, porque estas líneas las he copiado tal cual y conviene que consten con su puntuación exacta:
«martes y jueves: co-working, calle del Parlamento. Entra 9:10–9:30. Sale 14:00 o 18:30, según plazo. Come en el bar de la esquina, siempre el menú, siempre sola. Lee mientras come.»
«miércoles: compra en dos tiendas (panadería San Roque, frutería del mercado). Paga en metálico. Bolsa de tela gris. No habla con nadie más allá de lo necesario.»
«viernes: biblioteca municipal, 17:00–19:00. Devuelve dos novelas, saca dos. Sección de intriga. También diccionarios.»
«sábado: lavandería (no tiene secadora en el piso). 45 min. Lee. Domingo: no sale o sale tarde. Una vez comida con un hombre (¿hermano? complexión parecida, trato fácil).»
«Nota: no tiene perro. No tiene plantas en el balcón. Nada que la obligue a volver a casa si se ausenta. Nada que la ate.»
«Semana 2 — igual. Rutas fijas, horarios fijos. Teléfono poco. Auriculares nunca. Se gira cuando algo suena detrás, pero tarde: primero sigue andando dos o tres pasos, luego mira. No mira los escaparates. Mira el suelo y los portales.»
«Semana 3 — confirma: duerme con luz (la del baño, rendija).
Baja la persiana del estudio solo a medias.
Correo recogido a primera hora. Ninguna visita en tres semanas.
Ninguna llamada larga en la calle. Trabaja por encargo (corrige: galeradas, marcas rojas, bolígrafo rojo viejo, de capuchón). Ordenada. Solitaria. Despierta.»
Y debajo, en la última página escrita, separada de lo anterior por un espacio, sola en el centro de la hoja, con un margen generoso arriba y abajo, como esas frases que se dejan respirar en los libros bien compuestos:
«¿Servirá?»
Se lo tuve que reconocer incluso entonces, con las manos frías: era una buena pregunta.
Era, de hecho, la única pregunta completa del cuaderno.
Porque había un rasgo que mi ojo había registrado a la segunda página y que mi cabeza se negaba a archivar: el autor —la autora, la mano, la persona— no abría nunca los signos de interrogación.
«¿hermano?» aparecía sin su apertura: «hermano?
». Dos apuntes más adelante decían «¿biblioteca?
» y así: «biblioteca?». La mitad de la gente que escribe a mano en España hoy comete esa omisión, lo sé, lo corrijo cada semana en manuscritos de gente que cobra por escribir; es la errata más común del país, la ceguera nacional del signo de apertura.
No es una prueba de nada. Pero en una letra tan escolar, tan modulada, tan de estilográfica y margen generoso, la omisión reiterada era una firma dentro de la firma.
Y la firma ya la conocía yo: la ge que se cerraba como una mano, la misma de «Bienvenida, Vera.
— M. y G.», la misma de «Gracias por cuidar la casa. »
La misma mano. La mujer —o el hombre, la letra no tiene sexo, tiene escuela, me repetí por inercia— que me había dado la bienvenida a la casa era la mujer —o el hombre— que me había seguido durante tres semanas antes de que yo supiera que la casa existía.
No me conformé con la impresión; las impresiones son lo primero que se le rebaja a un autor.
Fui a la cocina, destapé la tarjeta de bienvenida —la de la farmacia seguía encima, tapando justo la ge— y me llevé las dos al despacho: la tarjeta y el cuaderno, uno al lado del otro, bajo la lámpara, con la lupa de tres aumentos.
Hice la comprobación como se hace: rasgo a rasgo, sin conjunto, porque el conjunto engaña y los rasgos no.
La tinta: azul en ambos, de estilográfica, con la misma modulación de presión —los palos gruesos en la bajada, los finos en la subida— y el mismo azul exacto, ese azul medio que ya no fabrican todas las marcas.
La inclinación: diez o doce grados a la derecha en los dos papeles, constante, sin fatiga, una inclinación de cuaderno escolar antiguo.
La ge: cerrada con gancho en «Bienvenida», en «Gracias», en «seguía», en «gris», en «recogida».
Cinco ges del cuaderno, dos de la tarjeta, siete ganchos iguales, con el mismo punto de cierre, como siete firmas pequeñas.
Las uves abiertas por arriba, en los dos.
Las erres finales hechas de un solo trazo seco, en los dos.
Y la omisión: «hermano?», «biblioteca?», interrogaciones de cierre sin su apertura, en unos textos que por todo lo demás eran de una pulcritud casi antigua.
Cualquiera puede copiar una letra; nadie copia los descuidos.
Los descuidos son lo único verdaderamente intransferible que tenemos al escribir, igual que al caminar.
Puse la lupa sobre la mesa. Siete ges. Era más de lo que habría necesitado un juez de grafología y era, a la vez, inútil: yo no quería demostrárselo a nadie. Quería no saberlo.