La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 4 — Las fotografías #3
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Capítulo 4 — Las fotografías #3

Asentí. Le pagaban por no tener sustos. Quién le pagaba, cuánto, por qué tipo de sustos: las preguntas se ordenaron solas en mi cabeza como fichas de un archivador, y las dejé en el archivador, porque aquella mesa de hule con girasoles no era el sitio, y mi hermano, con su jarra y su alumno del altavoz, no era el interlocutor.

Mi hermano era inocente de una manera que se veía desde fuera, como se ve la luz debajo de una puerta, y proteger esa inocencia era lo único que me quedaba de hermana mayor.

Lo pensé y me sonó a excusa también. Lo era a medias.

La otra mitad era más fea: si Koldo sabía algo, lo cambiaría todo; y yo todavía no estaba dispuesta a que nada cambiara.

Todavía no quería que la casa dejara de ser mía.

Eso último me sobresaltó tanto que me levanté a ayudar con los platos.

Volví a Los Alisos a las seis, con la niebla ya cerrada otra vez y las luces de la urbanización encendidas como un barco fondeado.

En el semáforo de la rotonda tuve la tentación —la segunda en una semana— de seguir de largo, no girar, irme al centro, dormir en cualquier parte.

Giré. Giré y aparqué delante de la verja y miré la casa con las persianas de abajo subidas, tal como las había dejado, y pensé que tenía la misma cara del primer día: la cara de una casa cuyos dueños han salido a comprar pan.

Solo que ahora yo sabía que alguien había salido, sí, pero a otra cosa. Alguien había salido a por mí.

No hice la ronda de cierre hasta bien entrada la noche.

Antes, durante dos horas, estuve en el despacho con la puerta cerrada —la cerré por primera vez desde que vivía allí— haciendo lo que sé hacer: tablas.

Fechas en una columna, hechos en otra. El veintiséis de septiembre, primera foto.

El seis de octubre, el aviso de la farmacia.

El diez de octubre, última foto. El doce, la llamada de Koldo.

El veintiséis de octubre, yo entraba con dos maletas.

Miré la tabla un rato largo. Tenía la forma de una cosa que yo conocía bien: tenía la forma de un proyecto.

Con fases, con documentación, con ejecución.

Alguien había dirigido aquel proyecto con la misma pulcritud con la que alisaba la cinta del papel kraft, con la misma caligrafía con la que cerraba sus ges.

Una sola mano, pensé, y luego me corregí: no lo sabía.

Sabía que había una mano en la papelería.

Las fotos eran otro trabajo. O el mismo trabajo con otra herramienta.

Dormí mal, despertándome a horas sueltas, y cada vez que me despertaba miraba el techo y escuchaba la casa y me preguntaba si en algún sitio, en ese mismo momento, alguien estaba despierto sabiendo que yo estaba despierta.

El lunes dos de noviembre amaneció despejado, el primer día sin niebla desde que llegué, un frío limpio y azul que dejaba ver los tejados de la urbanización hasta el final de la calle.

Desayuné con la tarjeta de la farmacia y la de bienvenida delante, una sobre otra, y después puse encima el sobre blanco de las fotos, y los tres papeles juntos formaban el índice de un libro que yo no quería leer y llevaba una semana leyendo.

Antes de decidir nada les hice la última prueba, la de la lupa.

Me llevé las once al despacho, a la luz del norte, y las recorrí con la lupa de tres aumentos que uso para las reproducciones malas, buscando al fotógrafo: un reflejo en el escaparate de la calle del Parlamento, una sombra en la grava de la ribera, una silueta en el cristal de la cafetería.

No encontré nada. En la foto del portal había un coche aparcado en segundo término, borroso, sin matrícula legible; en la del co-working, la persiana de la tienda de lámparas devolvía una mancha que podía ser una persona o una papelera.

Quien había hecho aquellas fotos se había cuidado de no salir en ellas.

Hasta eso estaba corregido. Hasta eso había pasado por una segunda prueba.

Guardé la lupa con la sensación de haber leído once páginas sin una sola errata, que es la clase de páginas que más inquietan a una correctora.

Hice las maletas. Quiero dejar constancia de eso: el lunes por la mañana hice las maletas. Las dejé cerradas junto a la escalera, en el mismo sitio exacto donde las había dejado el primer día, y me senté en el último peldaño a mirarlas, con el abrigo puesto y las llaves del coche en la mano.

Estuve así un rato largo. Veinte minutos, quizá media hora. El coche de once años me esperaba fuera con el depósito a medio llenar, que era como lo esperaba todo en mi vida: sin garantías pero dispuesto.

Pensé en mi apartamento, en mi inquilina, en mi calle, en la terraza de invierno donde alguien me había fotografiado con el ordenador cerrado.

Pensé en que la casa me esperaba con mis lápices ordenados y mi café en el armario correcto, y en que eso era terrible, y en que era, también, la única atención sostenida que alguien me había dedicado en años, y me dio vergüenza pensarlo y lo escribo igual porque es verdad.

Pensé en Iñigo, una sola vez, una fracción de segundo, un pensamiento sin contenido que era solo su nombre, y lo aparté.

Y después pensé en las fotos. En la paciencia.

En las distancias respetadas. En que quien había hecho aquello conocía mi vida mejor que mi hermano, mejor que mi editora, mejor que yo misma en algunos tramos, y en que esa persona había decidido que yo sirviera para algo.

Irme era dejar la pregunta abierta para siempre.

Irme era pasar el resto de mi vida girándome en los pasillos de los supermercados.

Y quedarme —lo vi entonces con toda claridad, con la claridad fría de aquel día sin niebla— quedarme no era más peligroso que irme, porque el peligro, si había peligro, ya me había encontrado: tenía mi cara en once papeles de diez por quince y sabía a qué hora compraba el pan.

La dirección la tenía él. La única dirección que tenía yo era esta casa.

Me quité el abrigo. Colgué las llaves del coche en el cuenco de cerámica.

Subí las maletas —sin deshacerlas; eso también quiero que conste: no las deshice en toda la semana, como si el equipaje cerrado fuera un recordatorio de que la decisión se podía desdecir, aunque ya sabía que no se podía— y bajé al despacho, abrí la carpeta «Los Alisos» en la nube, creé un documento nuevo y le puse de título «Cronología».

Antes de empezar a escribir me quedé mirando el cursor un momento.

No era miedo lo que me paraba. Era la otra cosa, la culpa sin objeto, la humedad en la pared.

Había decidido quedarme y no podía decir que era por valentía, ni por oficio, ni por mi hermano.

Era porque en el fondo de aquel archivo, debajo de las fotos y las fechas, había una sospecha que me concernía de una manera que todavía no quería nombrar, y huir de una sospecha nunca la apaga: solo la deja crecer a oscuras.

Escribí la primera línea de la cronología. Y debajo, antes de cerrar el documento, escribí la frase que llevaba tres días formándose, la frase que me había despertado a las cuatro y me había sentado en la escalera con las maletas:

Si esto es una trampa, quiero ver el fondo.