La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 4 — Las fotografías #2
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Capítulo 4 — Las fotografías #2

Hice lo único que sé hacer con lo que no entiendo: lo convertí en documento.

Fui al despacho, saqué el escáner, y pasé las once fotografías por el cristal, anverso y reverso, a máxima resolución, una carpeta nueva dentro de «Los Alisos», nombres de archivo con la fecha del sello.

Veintidós archivos. Mientras la máquina zumbaba y la banda de luz recorría mi cara de espaldas, mi abrigo, mi portal, pensé en la paciencia que hacía falta para aquello.

Tres semanas. Tres escenarios. Ningún acercamiento, ninguna invasión: no había fotos de mi ventana, ni de mi buzón, ni de mi coche por dentro.

Quien fuera había respetado unas distancias que yo no le había pedido.

Era un acoso con modales, y los modales eran lo peor, porque los modales significan método, y el método significa que hay un plan, y que las fotos no eran el plan: eran la documentación del plan.

Volví al recibidor. Me arrodillé otra vez delante del cajón, saqué la tabla del doble fondo y la examiné con la linterna del móvil, como si fuera una prueba de imprenta.

Era una tabla de contrachapado fino, cortada con sierra de calar y lijada en los bordes; alguien se había tomado la molestia de lijarla, de redondearle las esquinas para que no clavara astillas al meter la mano.

El rebaje para la uña estaba hecho con gubia o con lima, no con sierra: un trabajo despacio, a medida de unos dedos concretos.

Debajo de la tabla no había polvo. En el fondo verdadero del cajón, sí: una pelusa gris de años, migas de madera, la araña.

De modo que la tabla era nueva y el fondo era viejo.

El mueble era barato, de esos que se compran por catálogo, y el doble fondo era una pieza de ebanistería casera añadida después, por alguien que sabía lo que hacía y que había contado con que aquel cajón se abriría tarde o temprano: no era un escondite para ocultar algo de mí, era un compartimento para entregármelo.

La diferencia entre una cosa y otra la sentí en la nuca.

Aquello no era un escondite de los Etchegaray.

Los escondites domésticos se hacen para lo que no se quiere encontrar: dinero, cartas, medicinas.

Aquello era un depósito. Alguien había dejado las fotos ahí para que las encontrara la persona que viviera en la casa.

La persona que viviera en la casa era yo.

Coloqué la tabla en su sitio, metí el cajón —ya no se atascaba, claro; nunca se había atascado: la tabla había estado mal asentada, quizá desde que metieron el sobre, y mi tirón la había descolocado lo justo— y me quedé con el sobre y las fotos en la mano, sin saber dónde ponerlas.

Al final las metí en la funda del escáner, que era el sitio más absurdo y el más mío, y subí al dormitorio a por la libreta.

Abrí la libreta por una página limpia. Escribí: «11 fotos. Sello de laboratorio. 26/09–10/10. Koldo llamó el 12/10.» Y debajo, antes de poder impedirlo, escribí también: «Anterior a todo.»

Cerré la libreta. Me quedé sentada en la cama, a plena luz de mediodía, con la niebla apretada contra la ventana, y por primera vez desde que vivía en aquella casa hice la lista en serio, la lista que llevaba seis días fingiendo que no hacía.

El café. Los lápices. La tarjeta firmada por una sola mano.

El papel kraft. El piloto rojo de las tres y veintiséis.

El aviso de la farmacia del seis de octubre.

Y ahora once fotografías mías, tomadas antes de que la casa fuera una opción, escondidas en el mueble del recibidor como quien deja el paraguas para el que vendrá después.

No era una casa con detalles raros. Era una casa preparada.

La preparación incluía mi marca de café y mis lápices ordenados como los ordeno yo, y la preparación era anterior a mi llegada, y ahora resultaba que también era anterior a mi elección.

En algún momento del verano o del otoño, alguien había empezado a estudiarme.

Alguien con estilográfica, con letra educada, con acceso a un laboratorio de fotografía y a un mueble con doble fondo en una urbanización de las afueras.

Alguien que había decidido, antes del doce de octubre, que yo viviría aquí.

Pensé en llamar a la policía. Lo pensé con toda seriedad durante unos cuarenta segundos: vi el mostrador, vi el formulario, vi mi propia voz diciendo «tengo unas fotos», vi la pregunta que vendría después —¿qué fotos?

¿dónde estaban? ¿quién es el propietario de esa casa?

¿cómo entró usted?— y vi también, con una claridad que me heló más que las fotos, que no quería contestar a esa pregunta.

No quería contestar a ninguna pregunta que empezara por cómo había llegado yo hasta aquella casa.

Lo archivé sin examinarlo, en el cajón mental de siempre, y escribo ahora que lo archivé sin examinarlo y que eso también era un dato, y que lo sabía.

Pensé en llamar a Jokin. Saqué el móvil, busqué el número de la gestoría, y ensayé la conversación: «He encontrado unas fotos en un cajón.

» «¿Fotos de qué?» «Mías.» Y después el silencio de Jokin, que sería de sorpresa o de otra cosa, y no había manera de saber de cuál de las dos cosas sería hasta haberlo dicho todo, y para entonces ya lo habría dicho todo.

Guardé el móvil. La información es un bien que no se devuelve, me había dicho una vez mi primera jefa a propósito de un manuscrito filtrado. No se suelta hasta saber qué vale.

Pensé en irme. Lo pensé de verdad: dos maletas, veinte minutos, el coche cargado, el sobre acolchado de Jokin devuelto con una disculpa, el sofá de mi inquilina, la vida anterior reanudada como un jersey deshecho que se vuelve a tejer.

Era posible. Era incluso razonable. Lo único que no era era soportable: irme sin saber.

Irme y pasar el invierno mirando los portales de enfrente.

Irme y que alguien, en algún sitio, conservara once fotografías mías y el conocimiento de mis martes y mis jueves, mientras yo volvía a corregir novelas fingiendo que aquello había sido un malentendido.

Comí tarde, de pie, una lata de algo calentada sin convicción.

Por la tarde intenté trabajar y no pude; el comisario interrogaba a un sospechoso y yo le corregía las comas con una parte mínima de la cabeza, mientras el resto recorría la casa habitación por habitación, preguntándose qué más habría, dónde más.

No busqué. Fue una decisión consciente: no buscar un sábado por la tarde, con los nervios de por medio.

Las casas se registran con luz y con método, no con miedo.

Lo apunté en la libreta como una instrucción: «No registrar de noche. »

Al anochecer pasaron dos grupos de niños disfrazados por la acera de enfrente, calabazas de plástico con velas de pilas, la costumbre importada que había echado raíces incluso en las urbanizaciones sin historia.

Nadie llamó a mi puerta. Apagué la luz del porche para que no llamaran, y al hacerlo, con el dedo en el interruptor, me di cuenta del gesto: estaba apagando la luz para que nadie supiera que había alguien dentro.

En una casa que me habían dado precisamente para que pareciera habitada.

Lo noté como se nota una contradicción en un manuscrito: dos instrucciones que se anulan.

La casa quería que se la viera habitada. Yo quería no ser vista.

Cené poco. Puse el modo noche. Hice la ronda de mi madre con una atención que ya no era de mi madre: mirilla, pestillo, cortinas, gas.

Antes de subir me quedé un rato delante del panel, con su frase de siempre —«Sistema en marcha.

Sin incidencias.»— y pensé que la frase quería decir exactamente lo contrario de lo que decía, o que la frase y yo no estábamos de acuerdo sobre qué era una incidencia.

El domingo era día de Todos los Santos y comía en casa de Koldo.

Aparqué delante del bloque de mi hermano a la una y cuarto, con el ramo de flores que se compran ese día por inercia familiar —mi madre llevaba flores al cementerio cada primero de noviembre, y nosotros llevábamos flores a los vivos, que era su manera de compensar— y subí con la sonrisa puesta como se sube con el abrigo: abrochada antes de entrar.

La caldereta estaba tan buena como anunciaba la foto del miércoles.

Mi cuñada la servía con el orgullo sin teatro de la gente que cocina bien de verdad, y Koldo presidía con la jarra de vino como quien preside un consejo, contando lo del instituto: un alumno que había programado el altavoz de la clase para que diera la hora con voz de locutor de carreras, la inspectora que vendría en diciembre, la huelga de comedor que se avecinaba.

Yo hacía las preguntas correctas. Reí en los sitios correctos.

Noté que lo hacía bien, noté la calidad profesional de mi propia normalidad, y me dio asco y alivio a la vez, que es una combinación que no recomiendo.

—¿Y la casa? —preguntó Koldo con la boca llena—. ¿Qué tal la vida de señorita de urbanización?

—Tranquila. Trabajo mucho. Hay una vecina que cuida rosales.

—¿La del catorce? —mi cuñada conocía a todo el mundo, por el centro de salud—. Esa mujer es una institución.

—Ya estoy al tanto —dije—. Me ha examinado en la valla.

Rieron. Yo también reí. El vino estaba frío y la mesa era pequeña y amarilla y había un mantel de hule con girasoles, y por un rato aquella cocina fue el sitio más real del mundo y la casa de Los Alisos una cosa que me había inventado, once fotos incluidas. Luego Koldo dijo:

—Ah, Jokin me preguntó el otro día qué tal ibas. Que si estabas contenta.

Miré mi plato.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Que sí, hombre. Que dijiste que la casa era estupenda —me miró con la franqueza vacía de mi hermano, esa mirada de perro bueno que tenía desde los siete años—. ¿Es que no lo es?

—Lo es —dije—. Es estupenda.

—Pues ya está. Jokin es así, muy de control. Le pagan por no tener sustos, tú comprende. Si la casa se incendia, el que se tira de los pelos es él.