Capítulo 4 — Las fotografías
La primera helada de la temporada llegó el sábado: una escarcha fina sobre los tejados que la niebla se encargó de borrar antes de las diez.
Me desperté con la sensación de deber algo, esa cuenta pendiente sin acreedor que me acompañaba desde el día de la tarjeta de la farmacia.
Había dormido a retales. Había soñado con papeles impresos que se multiplicaban en el buzón, todos con la fecha equivocada.
Lo anoté en la libreta por disciplina y cerré la libreta por disciplina también.
Trabajé la mañana entera porque el sábado, para una autónoma, es un día como otro si hay plazo.
El comisario de «Ceniza fría» había vuelto de pescar y se había metido en un lío de coartadas que el autor resolvía con demasiada facilidad; le dejé tres notas largas y una advertencia sobre un testigo que declaraba dos veces la misma frase, palabra por palabra, a veinte páginas de distancia.
Nadie declara dos veces igual, le escribí.
La memoria humana no es una fotocopiadora.
Releí la frase y me quedé mirándola un momento más de lo necesario, como se mira uno al espejo sin querer.
A la una, cuando bajé a hacer la comida, se fundió la bombilla del lavadero.
Fue un hecho doméstico de una insignificancia perfecta: pulsé el interruptor, hubo un chasquido breve, un destello azulado dentro del globo, y la habitación se quedó a media luz, con la única ventana pequeña dando al patio de tendederos.
Busqué el cuadro de luces por si hubiera saltado el automático; no había saltado nada.
Bombilla fundida. La casa, pensé, empezaba a comportarse como una casa: las cosas se estropean, se cambian, se sigue.
El problema era que yo no sabía dónde guardaban las bombillas los Etchegaray.
Empecé por lo lógico. La cocina: el cajón de los trapos, el cajón de las bolsas, el armario alto de las cosas raras donde había pilas, velas, una caja de fusibles antigua, cinta americana, un rollo de cuerda.
Nada. El lavadero mismo: estantería de detergentes, suavizante, pastillas para el lavavajillas, una cesta de pinzas.
Nada. El aseo de abajo: productos de limpieza y tres rollos de papel higiénico apilados con una precisión que me habría gustado en otro contexto. Me quedaba el mueble del recibidor.
Era una consola estrecha de madera oscura, de las que no pesan, con dos cajones y una balda baja.
Yo la usaba solo de superficie: el correo en sus dos montones, las llaves en un cuenco de cerámica que había encontrado en la cocina y que hacía las veces de vaciabolsillos.
Los cajones no los había abierto. No era pudor; era que una no abre todos los cajones de una casa ajena la primera semana, igual que no se leen todos los papeles de una mesa de despacho prestada.
Hay un orden de cortesía que se respeta solo.
Abrí el cajón de la izquierda. Guantes, dos pañuelos de papel sin estrenar, un mechero, una barra de pegamento, folletos de la comunidad de vecinos doblados en dos. El cajón de la derecha se atascó a mitad de carrera.
Tiré con cuidado, luego con menos cuidado. El cajón avanzaba un palmo y se clavaba, como si algo lo frenara por dentro. Me agaché y miré por la rendija: no se veía nada. Metí la mano por el hueco, tanteé el fondo —madera lisa, una araña muerta, polvo— y entonces mis dedos encontraron el borde.
No era el borde del cajón. Era una segunda superficie, una tabla fina apoyada sobre el fondo verdadero, con un rebaje en el lateral para meter la uña.
Un doble fondo. Lo supe antes de levantarlo, de la misma manera que se sabe que una página está mal impresa antes de encontrar la errata: el peso no cuadraba.
El cajón era demasiado superficial para lo que se veía desde fuera.
Había diez centímetros de mueble que no aparecían por ninguna parte.
Levanté la tabla. Cedió sin resistencia, con un chupido suave de madera contra madera.
Debajo había un sobre.
Un sobre grande, de papel blanco, tamaño folio, sin lacrar, con la solapa metida hacia dentro.
Sin nombre. Sin remite. Lo saqué y pesaba lo que pesan las fotografías, y supe que eran fotografías antes de abrirlo, por la rigidez, por la manera en que el contenido se desplazó dentro como una baraja gruesa.
Me quedé de rodillas en el recibidor, con el cajón a medio sacar y el sobre en las manos, y durante unos segundos no hice nada.
La casa estaba en silencio. La alarma, en reposo de día, no hacía ningún ruido.
Oí mi propio pulso en los oídos, que es el sonido que hace el cuerpo cuando la cabeza todavía no ha decidido qué sentir.
Abrí la solapa y dejé caer las fotos sobre la tabla del doble fondo, una a una, como se reparten cartas.
Eran mías.
Quiero decir: eran de mí. Fotografías mías, de mi persona, tomadas sin que yo lo supiera. No como las fotos que nos hacemos ahora todos, torcidas y con el brazo por delante: fotos tomadas por otro, desde fuera, con distancia y con pulso. Fotos de alguien que espera.
La primera: yo saliendo del co-working de la calle del Parlamento, donde trabajaba dos días por semana antes de la mudanza, con el bolso cruzado y la cabeza baja, mirando la acera.
Tomada desde enfrente, desde el portal de la otra acera, con la persiana de la tienda de lámparas recortada en el borde del encuadre.
Llevaba el abrigo gris, el de entretiempo. La luz era de tarde.
La segunda: yo en el paseo de la ribera, a la altura del puente de los Remedios, caminando hacia la cámara sin mirarla, con las manos en los bolsillos y el río detrás, gris y ancho.
Tomada desde el banco de piedra, o desde cerca.
Se veían los álamos sin hoja. Dentro de dos semanas, pensé sin querer, esos álamos estarían igual.
La tercera: yo en la puerta de mi apartamento, el subarrendado, buscando las llaves en el bolso.
Tomada desde arriba y desde un lado, desde la esquina del edificio de enfrente, quizá desde un coche.
Mi portal entero cabía en la foto: la puerta azul, el buzón exterior, el felpudo que decía «Hola» en inglés, una broma de la dueña que yo nunca había cambiado.
Había once fotos. Once. Las conté dos veces, porque contar era algo que mis manos podían hacer mientras el resto de mí se quedaba parado.
Once fotografías de diez por quince, de laboratorio, con ese brillo mate de la química buena.
Yo andando. Yo comprando pan. Yo esperando un semáforo con la libreta asomando del bolso.
Yo sentada en la terraza de invierno de una cafetería, sola, con un café y el ordenador cerrado, mirando la calle por la ventanilla.
En ninguna hacía nada. En todas estaba sola.
Eso fue lo segundo que noté, y lo noté con el estómago: quien me había fotografiado había encontrado una mujer que no hablaba con nadie, y lo había documentado así, con una paciencia que no era de aficionado.
Les di la vuelta.
En el dorso de cada una, en la esquina inferior, había un sello de fecha: tinta violeta, tipografía de laboratorio, día, mes, año.
Veintiocho de septiembre. Dos de octubre.
Seis de octubre. Nueve de octubre. Recorrí las once con el dedo, ordenándolas sobre la tabla como se ordenan las pruebas de imprenta.
La más antigua: veintiséis de septiembre. La más reciente: diez de octubre.
Diez de octubre.
Koldo me había llamado con lo de la casa el doce de octubre.
Lo sabía con exactitud de correctora, que es la exactitud de quien vive de las fechas de entrega: fue un lunes, festivo, el día del Pilar, y me llamó a media mañana, y yo estaba en pijama porque los festivos de otoño son días sin estructura.
Me dijo «una oportunidad, escúchame, una casa». El doce.
Las fotos terminaban el diez.
Todo el archivo —once fotos, tres semanas, tres escenarios distintos de mi vida— era anterior a la primera vez que nadie me habló de Los Alisos.
Anterior al co-working que ya no pisaba, anterior al abrigo gris que ahora colgaba del perchero del recibidor, anterior a la palabra «casa» en boca de mi hermano.
Quien me había fotografiado no estaba comprobando a quién habían elegido. Estaba eligiendo.
Me quedé de rodillas en el recibidor con las once fotos ordenadas en dos filas, y esperé a que me temblaran las manos, porque era lo que tocaba, porque eso es lo que cuentan las novelas que corrijo: que las manos tiemblan, que el mundo se cierra, que el corazón se dispara.
No me temblaron. Iba a escribir «por desgracia no me temblaron», y he tachado el «por desgracia», porque no sé si era desgracia.
Había una parte de mí, una parte pequeña y vergonzante que funcionaba por debajo del miedo, que recibió aquellas fotos como se recibe una factura que una sabía que iba a llegar.
No las fotos en sí. El descubrimiento en sí.
La sensación de que alguien hubiera estado mirándome con atención, midiéndome, durante semanas, y de que aquello tuviera algo de merecido.
No sé explicarlo mejor. Lo escribo y no sé explicarlo mejor: debajo del frío había una culpa sin objeto, una culpa vieja, de esas que no tienen causa visible y se instalan en el cuerpo como se instala la humedad en una pared, y las fotos la habían encontrado y le habían dado la razón.
Alguien me había estado vigilando y una voz interior, muy baja, muy educada, dijo: ya tocaba.
Aparté esa voz como se aparta una cortina: sin romperla, sabiendo que sigue ahí.