La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 3 — La franja de las tres #3
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Capítulo 3 — La franja de las tres #3

Me obligué a pensar como una persona razonable, que es un ejercicio que me sale bien y que esa mañana me costó más de lo habitual.

Los sistemas de las farmacias son automáticos.

La medicación pudo pedirse en agosto, con recogida programada, y el aviso generarse cuando tocaba, sin que nadie pulsara nada.

La tarjeta pudo llevar semanas en el buzón…

no: el buzón lo vacié el lunes. Pudo equivocarse la impresora.

Pudieron no irse cuando dijeron. Pudieron mil cosas, y las mil cosas eran verosímiles, y yo las ordené en fila como lápices, de mayor a menor, y me quedé mirando la fila.

Lo razonable era doblar la tarjeta, dejarla en el recibidor y escribir a Jokin: «Ha llegado esto, ¿se lo reenvío?» Un gesto de trámite, de gestoría, de emoji de manos. Lo tuve redactado en la cabeza y todo.

No lo hice. Lo dejé sobre la encimera, encima de la tarjeta de bienvenida, tapando justo la ge cerrada, y me hice el café con el paquete que no tendría que estar en ese armario, y desayuné mirando el jardín.

Después hice lo que hago con todo papel que me importa: lo escaneé.

Anverso, reverso, carpeta «Los Alisos», nombre de archivo con la fecha.

Me costó admitir que ya no era solo una costumbre.

Cuando terminé tenía en la nube tres documentos de una casa en la que llevaba cuatro días: una hoja de instrucciones, una tarjeta de bienvenida y un aviso de farmacia.

Cualquiera diría que estaba montando un expediente.

Nadie monta un expediente sin saber contra quién, pensé, y cerré el portátil con más fuerza de la necesaria.

Trabajé mal toda la mañana. El comisario seguía pescando con su hija y yo le corregía las comas con una atención de préstamo, la mirada yéndose a la ventana del despacho, al seto, a la niebla.

A la una dejé la mesa y salí a caminar, y mis pies, que ya conocían el barrio mejor que mi voluntad, me llevaron solos por la avenida hasta la farmacia de la cruz verde.

Me quedé fuera. De pie en la acera, con las manos en los bolsillos del abrigo, mirando el escaparate de cremas y pañales de adulto como quien consulta un horario.

Dentro, la dependienta de la bata blanca atendía a una anciana con andador.

Habría bastado con entrar y preguntar: «Soy la que cuida la casa del doce, ha llegado este aviso, ¿saben si la señora Etchegaray encargó algo recientemente?

» Era una pregunta legal, vecinal, casi amable.

No entré. No entré porque la pregunta tenía trampa y yo lo sabía: si la respuesta era «sí, en octubre», entonces ya no habría fila de explicaciones verosímiles que ordenar.

Entonces habría un hecho. Y yo no estaba preparada para un hecho; estaba preparada para una errata, que es algo mucho más pequeño.

Di media vuelta y me fui a casa con las manos vacías y la sensación de haber desertado de algo.

A media tarde estuve a punto de llamar a Koldo.

Tenía el teléfono en la mano y el nombre de mi hermano en la pantalla, y ensayé la frase: «Oye, una tontería, ¿Jokin te dijo en qué día de septiembre se fueron exactamente?

» No la dije. No llamé porque conocía la conversación entera, de corrido: Koldo no sabría el día, Koldo llamaría a Jokin, Jokin preguntaría por qué lo quiero saber, y de pronto mi tontería sería una tontería documentada, con fecha y testigo, un papel más en el expediente que yo seguía sin admitir que abría.

Colgué antes de llamar. Me convencí de que lo hacía por no importunar; era, otra vez, la palabra que pesaba menos.

Tal vez era una carta vieja. Me lo repetí mientras trabajaba, me lo repetí mientras corregía al comisario de pesca, me lo repetí a la hora de comer, mientras ponía la radio bajita para saber si «La franja de las tres» tenía edición de mediodía —no la tenía; a esa hora Cuvi era solo un nombre en la parrilla— y la frase fue mejorando con el uso, como mejoran las mentiras bien hechas.

A la caída de la tarde casi sonaba cierta.

Cené temprano otra vez, y puse la alarma, e hice la ronda, y al pasar por el recibidor miré el panel.

«Sistema en marcha. Sin incidencias.» Lo miré unos segundos más de lo que exigía la ronda, esperando qué, no sabría decirlo: que la máquina se delatara, que repitiera su tono mínimo de las tres y veintiséis, que me diera un motivo para dejar de llamar detector de humo a lo que colgaba del techo del pasillo.

La máquina no dio nada. Las máquinas nunca dan nada cuando las miras; dan cuando pasas por debajo con una taza fregada y la bata puesta.

Antes de acostarme hice una cosa que no me expliqué del todo: escribí en la libreta de la mesilla, debajo de la hora de la noche anterior y de la palabra tachada, una línea más: «Aviso farmacia — 6 de octubre — M.

E.» No era un archivo, no era un expediente, era una libreta de sueños, y sin embargo ahí estaba, la primera línea de una lista que todavía no tenía título.

Cerré la libreta. Apagué la luz. La casa hizo sus ruidos de asentamiento y yo contesté con los míos, y durante un rato fuimos dos cuerpos haciéndose compañía en la niebla, que era, después de todo, lo que me habían pagado por hacer.

Casi. Porque debajo de la frase, tozuda, seguía la otra, la que no se dejaba convencer: el seis de octubre era después de septiembre.

Era lo primero, en aquella casa, que no tenía dos explicaciones: solo tenía una fecha.

Y las fechas, lo sabía yo de dieciséis años de galeradas, son lo último que miente en un documento.