Capítulo 2 — Costumbres ajenas #3
Pasé las páginas buscando el índice del manual.
Esquema del panel. Códigos de usuario y código maestro.
Sensores de apertura en puertas y ventanas, una tabla con las zonas: «planta baja — perímetro», «planta alta — volumétrico».
Detectores de movimiento. Cámaras exteriores, dos unidades, porche y jardín.
Un esquema de cableado. Y en los planos, que desplegué por encima de la mesa porque no cabían en mi regazo, la planta de la casa dibujada con trazo fino, cotas, y rótulos: salón, cocina, porche, vestidor, pasillo de instalaciones…
Pasé la página. No buscaba planos; buscaba el modo de programar un código de invitado, y lo encontré tres hojas más allá, con capturas de la pantalla del panel y un tono de manual traducido que me hizo sonreír por oficio.
Leí el procedimiento dos veces, no programé nada —no me hacía falta ningún código de invitado; vivía sola—, y lo dejé todo como estaba.
Todo menos la portada. La portada se me quedó en la retina.
Uno no tapa la página de datos de un manual de alarma como no tapa la portada de una cuenta del banco: solo si lo que hay debajo no debe leerse.
Podía ser cualquier cosa razonable —el número de cuenta de la empresa, un teléfono privado del técnico, datos que los Etchegaray no quisieran dejar a la vista de una extraña—, y de hecho eso era lo sensato: los dueños protegiendo su privacidad antes de entregar la casa.
Eso pensé, y era verosímil, y me bastó durante casi una hora.
Después, mientras corregía una escena en la que el comisario interrogaba a una testigo nerviosa, me descubrí subrayando de más, presionando el lápiz digital hasta que la punta sonó contra el cristal, y entendí que el papel kraft seguía trabajando en alguna parte de mi cabeza.
No era su existencia lo que molestaba. Era la pulcritud.
Quien tapó ese rectángulo lo hizo sin prisa, alisando la cinta, igualando los bordes: alguien que sabía que otra persona abriría esa carpeta algún día y quiso decidir qué leería y qué no.
Dejé la tableta y volví al aparador. La carpeta seguía ahí, gris, inocente, con su etiqueta.
Tiré levemente de una esquina del papel kraft: la cinta aguantó, bien pegada, sin una burbuja.
No insistí. No era mi carpeta, no era mi casa, y romper la cinta de alguien es una de esas líneas que, una vez cruzadas, no se descruzan.
Volví a guardarla, cerré la puerta del aparador y regresé a la novela, donde la testigo nerviosa, por lo menos, fingía peor de lo que yo fingía esa tarde.
Trabajé hasta las seis, hasta que la luz del norte se apagó del todo.
Antes de cerrar la sesión hice la copia de seguridad de siempre: el archivo de la novela, con todas las marcas del día, a la nube y al disco externo, dos sitios, como me enseñó la experiencia.
«Nadie necesita una copia hasta que la necesita», decía mi primera jefa, la misma que me enseñó a ordenar los lápices.
Le debía a esa mujer la mitad de mis manías y toda mi tranquilidad profesional.
Después preparé la cena temprano, vi las noticias en la tele grande del salón —la butaca del cojín hundido resultó ser cómoda de verdad— y a las nueve recibí el mensaje de Koldo con la foto de un plato de caldereta y la confirmación de que el domingo comía con ellos.
Le contesté con un pulgar. Mi hermano y yo nos queríamos en ese idioma: platos fotografiados y pulgares.
Se me ocurrió escribirle a Jokin para agradecerle la gestión, y redacté el mensaje dos veces: «Todo perfecto, la casa es estupenda, gracias.
» Lo borré. No por nada concreto; por esa resistencia vaga a dejar constancia escrita de que todo iba bien cuando todavía no sabía nombrar la inquietud que me había quedado de la tarde.
Envié al final un mensaje neutro, de puro trámite: «Instalada.
Todo en orden. Gracias por la gestión.» Me contestó al minuto con un «Estupendo» y un emoji de manos.
Jokin también hablaba por emojis; los gestores hablan por emojis porque los emojis no firman nada.
Antes de subir hice la ronda de cierre, otra vez la de mi madre, y al pasar por el despacho miré el aparador una última vez, como se mira una puerta que ha quedado mal cerrada.
Alguien se había tomado la molestia de tapar un nombre. Alguien había calculado que esa carpeta sería abierta por una extraña y había elegido, con la uña, qué podía saber la extraña.
Me acosté tarde, con la llovizna pegada a la ventana del dormitorio y la casa haciendo su repertorio de ruidos ya conocidos.
Pensé en la diferencia entre extrañeza y alarma, que es una distinción de oficio también: una errata es alarma; un arcaísmo es extrañeza.
El café era extrañeza. Los lápices eran extrañeza.
La tarjeta firmada por una sola mano era extrañeza, y una muy común.
El papel kraft era… eso: el primer arcaísmo que no conseguía conjugar.
Todo lo demás tenía conjunto y explicación posible; el rectángulo de papel tenía intención.
Y sin embargo era ridículo, me dije apagando la luz, llevar dos días en una casa y empezar a sospechar de la papelería. Dormí del tirón hasta las siete, que era la mejor prueba de que mi cuerpo no creía ni una palabra de lo que mi cabeza empezaba a archivar.