Capítulo 3 — La franja de las tres
El jueves fue un día entero de corrección intensa, de esos que dejan la espalda cuadrada y la cabeza vacía de todo lo que no sea el texto.
El comisario de la novela salía al fin de la comisaría y se iba de pesca con su hija, y la escena era tan buena que corregirla era casi un trámite: quitar una coma, devolver un gerundio a su sitio, señalar al autor un «rio» escrito con tilde que se le había escapado de algún corrector automático.
Rio, sin tilde, le puse en la nota. Es de las erratas que más me gusta corregir, porque el autor siempre contesta sorprendido, como si le hubieran enseñado un truco de magia.
Trabajé de ocho y media a dos, con la luz del norte haciendo su servicio, y comí en la cocina mirando el jardín: la llovizna del miércoles había dejado los rosales brillantes y el banco de hierro con ese negro mojado que no se seca en todo el día.
Después salí a caminar la hora reglamentaria.
Hice el recorrido largo, por la avenida de entrada, y pasé por delante de la farmacia de la cruz verde: Farmacia Ibarra, rezaba el rótulo, con la cruz parpadeando en la niebla y un cartel en la puerta de «Próxima apertura del centro de salud: consulte calendario de vacunación».
Dentro, una dependienta con bata blanca ordenaba cajas.
Nada que mirar. Lo miré igual, porque los sitios que rodean a una casa prestada son también parte de la casa, y memoricé el rótulo sin saber que lo estaba memorizando.
El bar El Aliso sí estaba abierto a esa hora, con dos coches en la puerta y el olor a café y a plancha saliendo cada vez que se abría la puerta.
Entré, tomé un cortado en la barra y escuché lo que se escucha en los bares de urbanización: una obra que no acaba, un vecino que vende, el precio de la calefacción.
Nadie habló de los Etchegaray. Nadie habla de los que no están; esa es la primera cosa que aprendí del barrio.
Volví a casa con las manos olorosas a café ajeno y trabajé la tarde entera en el despacho, con la llovizna fina de vuelta en la ventana norte.
A última hora, con la novela cerrada, ordené la mesa para el día siguiente: páginas a la izquierda, libreta de incidencias a la derecha, lápices en fila.
Mis lápices, no los del cajón. Los del cajón seguían ahí, en su orden perfecto de mayor a menor, y me descubrí dejándolos intactos con una deliberación que no era del todo cortesía.
Conservar las cosas como estaban era, también, conservarlas como prueba.
No lo formulé así; lo formulé como respeto.
Las dos palabras pesan lo mismo cuando se escriben en la libreta de una misma.
A media tarde me llegó el correo de la editorial aprobando el calendario y uno del propio autor, breve y educado, aceptando el problema de cronología y prometiendo reescritura para el lunes.
Contesté a los dos. Cobré una factura que llevaba madura tres semanas.
Hice la copia de seguridad de rigor. A las seis y media, con la niebla otra vez subida desde el río, cerré la jornada con la sensación limpia del trabajo que avanza: setenta páginas en dos días, un ritmo que me permitía incluso un domingo de caldereta sin remordimientos.
Cené temprano, vi un rato la tele sin fijarme, y a las diez y media hice la ronda de cierre y puse el modo noche.
Me acosté con un libro de los de la estantería del despacho, una novela negra de bolsillo con el lomo roto por la página cuarenta, leída hasta ahí por alguien y abandonada. No llegué a la página cuarenta y cinco.
Me dormí bien, eso era lo peor. Me dormí bien y profundo, con la lámpara apagada a la primera y el libro cerrado sobre el pecho, y durante casi cinco horas la casa fue solo una casa.
Después, sin sobresalto, sin ruido, sin sueño malo que lo justificara, abrí los ojos en la oscuridad completa con la certeza absoluta de que ya no dormiría más.
El móvil dijo que eran las tres menos diez.
Hay un insomnio que es cansancio que no cuela y otro que es vigilia pura: el cuerpo quieto, la mente encendida, todo funcionando menos el interruptor.
El mío era del segundo tipo. Intenté lo de siempre: la respiración contada de cuatro tiempos, el repaso de la compra del día siguiente, la receta de la caldereta que le pediría a mi cuñada, el inventario de la librería de mi infancia de la primera a la última estantería.
Nada. Cada técnica duraba noventa segundos y la mente volvía al mismo sitio, al cajón de las erratas, que aquella noche estaba lleno: la ge cerrada, el café, los lápices, el papel kraft, la semiesfera del pasillo que yo seguía llamando detector de humo porque no había decidido llamarla de otro modo.
A las tres y cinco estaba más despierta que a mediodía, con los ojos abiertos y el silencio de la casa alrededor, un silencio con relieve, hecho de pequeñas ausencias: ni coches, ni voces, ni perros.
Solo la caldera, cada cierto tiempo, como un turno de guardia.
Pensé en Iñigo, que dormía solo en la casa de piedra o no dormía —nunca dormía bien, los últimos años—, y aparté ese pensamiento con la eficacia que da la práctica.
A las tres y cuarto me rendí. Me puse la bata, cogí el móvil por costumbre inútil —no había nadie a quien escribir a esa hora— y bajé.
La planta baja, con la alarma en modo noche, era un territorio iluminado solo por los pilotos: el del panel, en el recibidor, un ámbar fijo; el de la vitrocerámica, un punto rojo; el led azul del router del salón.
Crucé hasta la cocina guiada por esa cartografía mínima, encendí la tirita de led bajo los armarios y puse agua para una manzanilla.
Y entonces, mientras el hervidor empezaba su rumor, vi la radio.
Seguía junto a la cafetera, con la antena plegada y una fina capa de polvo que no tenía el resto de la encimera.
La enchufé, la encendí con el volumen bajo y fui girando el dial con el pulgar: una emisora de música de madrugada, otra de deportes que repetía la previa del fin de semana, un predicador en una frecuencia que se colaba de no sé dónde.
Y entonces una voz de hombre, grave y despacio, que decía:
—…que para eso estamos, Mercedes. Para eso está esta franja.
Me quedé quieta, con el dedo en la rueda. La voz tenía la edad de una chaqueta de pana y la calma de alguien que no tiene ninguna prisa porque la noche es suya. Una sintonía breve, dos notas de piano, y la voz otra vez:
—Son las tres en punto en Radio Torregil y esto es «La franja de las tres». Les habla Ismael Cuvi. Ya saben cómo va esto: a esta hora la ciudad dice la verdad. No la verdad del telediario, la otra. La que se dice en las cocinas.
Apagué el hervidor antes de que hirviera, para no perderme la voz. Me hice la manzanilla despacio y me senté a la mesa de la cocina, con la taza entre las manos y la radio delante como una lumbre pequeña.
El programa era de llamadas. Llamaba primero una enfermera que salía del turno de noche y conducía de vuelta a casa por la circunvalación; contó que su marido le dejaba la cena tapada con film y una nota, llevaba nueve años dejándole notas, y que ella las guardaba todas en una caja de zapatos.
Cuvi le preguntó por qué las guardaba y la enfermera se rio y dijo que para demostrarle a alguien, algún día, que aquello había existido.
No quedó claro a quién quería demostrárselo.
Cuvi no insistió; dijo «guárdelas, Mercedes, las pruebas nunca estorban», y despidió la llamada con una educación de otro siglo.
Llamó después un camionero desde un área de servicio de la autovía de Madrid, con el motor en marcha de fondo.
Contó que a su madre le habían puesto pañales aquella semana y que él no había sabido mirarla a la cara mientras la ayudaba.
Dijo «pañales» cuatro veces, como si nombrarlo lo hiciera menos grave.
Cuvi lo escuchó sin interrumpir, con silencios completos, de esos que en la radio comercial están prohibidos. Al final solo dijo:
—La miró usted al salir, cuando no lo veía. Eso también es mirar.
El camionero no contestó. Se oyó el cambio de marcha del camión, que ya se ponía en ruta, y la llamada se cortó. Cuvi dejó pasar unos segundos de nada —dos notas de piano, el zumbido de la emisora— y dijo:
—La tercera llamada es para los que no llaman. Los que están ahora mismo en una cocina con una taza, como nuestra amiga que riega los geranios a las tres. Ustedes saben quiénes son. Quédense. Esto dura hasta las cinco.
Miré mi taza. Miré la ventana del jardín, negra, con la niebla pegada al cristal como un aliento.
En algún sitio de Torregil había una mujer regando geranios a las tres de la mañana y un presentador que lo sabía.
Pensé en la cantidad de gente despierta que cabe en una ciudad dormida, todos en sus cocinas, todos con su taza, todos fingiendo que aquello era pasajero.
No sé si el pensamiento me consoló o me heló.
Probablemente las dos cosas, que es como consuela la verdad.
La mujer de los geranios llamó un rato después, como si la hubieran nombrado y hubiera contestado a su nombre.
Tenía la voz de quien habla bajito por no despertar a nadie.
Contó que regaba de noche porque las plantas no preguntan, y que de día le costaba estar en la casa, y que no, no le pasaba nada, señor Cuvi, gracias por preguntar, es solo que la noche es más ancha.
Cuvi le dijo que la noche no es más ancha, que es más honda, que se baja mejor, y le recomendó una cosa concreta, una de esas recomendaciones modestas que solo se pueden dar a esa hora: que dejara una luz pequeña encendida en la cocina, aunque no estuviera, para que la casa no se hiciera la dormida del todo. La mujer se rio, agradecida, y colgó.