La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 2 — Costumbres ajenas #2
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Capítulo 2 — Costumbres ajenas #2

El vestidor era una habitación pequeña en sí mismo: barras a tres paredes, cajonera central, espejo de cuerpo entero y una luz cenital que se encendía sola al entrar.

La ropa de los Etchegaray seguía ahí, como había visto el lunes: trajes de él, ordenados por color; vestidos y abrigos de ella, ordenados por largo.

Los huecos entre las perchas contaban la mudanza mejor que la hoja de instrucciones: se habían llevado lo técnico, lo de clima distinto, lo que no se compra en destino.

Dejaron lo pesado, lo de ocasión, los zapatos buenos en sus cajas.

En la balda alta, dos maletines y una bolsa de viaje plegada.

Conté sin querer: el juego de maletas tenía tres piezas; quedaban dos.

No saqué conclusiones. La gente viaja con dos maletas o con cuatro; la gente deja juegos incompletos en los armarios de medio mundo.

Yo misma había dejado media vida en la casa de piedra.

Liberé un tramo de barra apartando con cuidado los abrigos de ella —olían a un perfume amaderado que ya se iba— y colgué lo mío: cuatro vestidos de diario, dos chaquetas, la ropa de estar en casa.

Mis cosas, en aquella barra de roble, parecían de otra tienda y de otra vida. Lo eran.

En la cajonera central encontré, ya sin buscarlo, el orden doméstico de los dueños: cinturones enrollados en un cajón, relojes en otro, pañuelos doblados en cuartos.

Todo en su sitio y todo con un criterio que no era el mío pero que se dejaba leer.

Me sorprendió la familiaridad de aquel orden ajeno: no el orden en sí, sino el hecho de que yo lo entendiera a la primera, como se entiende un acento. Cerré la cajonera y bajé.

Cumplí después con la otra obligación de la hoja: ventilar.

Fui abriendo ventanas de diez en diez minutos, habitación por habitación, y la niebla entró educadamente, sin prisa, como quien ya conoce la casa.

Mientras tanto reparé en los pequeños rastros de una marcha ordenada: los cubos de la basura vacíos y lavados, la nevera a medio vaciar pero no del todo —queso envasado, mermelada, agua con gas—, el tendedero plegado en el lavadero con dos pinzas olvidadas.

Quien cierra una casa durante un año deja un museo de la vida interrumpida.

Yo había dejado uno parecido en la casa de piedra, y sabía lo que costaba decidir qué se lavaba antes de irse y qué se dejaba sin lavar.

En la cocina, junto a la cafetera, había una radio pequeña, de esas de cocina con antena plegable y un cable que se enreda con el de la tostadora.

No la encendí. Trabajo en silencio desde siempre; el silencio es mi herramienta, como el lápiz.

Pero la miré un momento, porque una radio en la cocina dice cosas de quien cocina: dice que aquí alguien pasaba horas de pie, solo, con una voz puesta.

Por la noche cociné de verdad por primera vez: una crema de calabaza y pechuga a la plancha.

Cocinar en cocina ajena es un ejercicio de traducción.

La sal estaba donde yo guardo el azúcar; el aceite bueno, en el armario bajo, no junto al fogón; los cuchillos, en un taco distinto del que les correspondía por tamaño.

Cada cosa que buscaba me obligaba a una pequeña decisión: devolverla a su sitio o reordenar el mundo a mi favor.

Devolví todo a su sitio. Era una casa prestada; las costumbres también lo eran.

Pensé que había algo de ensayo general en aquello, en aprender los gestos de otros dos, y no supe si el pensamiento era triste o simplemente exacto.

Cené en la mesa de la cocina, con el portátil cerrado al lado, y trabajé otra hora después, hasta que el comisario de la novela empezó a decir «aproximadamente» tres veces por página y decidí que por ese día ya estaba bien.

Aquella segunda noche dormí mejor. La casa ya no era del todo nueva para el cuerpo: el colchón empezaba a aprenderme, la escalera ya no crujió —o yo ya no la escuché— y la niebla seguía fuera, fiel, apagando la urbanización entera hasta convertirla en un plano a medio dibujar.

Soñé con la casa de piedra, con la cocina baja y la ventana sobre el patio, y en el sueño Iñigo me enseñaba unos papeles que yo no quería ver.

Me desperté antes de verlos. Anoté el sueño en la libreta de la mesilla, que es lo que hago con los sueños desde los tres meses de psicólogo: se escriben y se cierra la libreta, y con eso ya han dicho todo lo que tenían que decir.

El miércoles amaneció con llovizna, la primera desde que llegué, y la urbanización cambió de textura: las aceras brillaban, los setos goteaban, y la niebla se hizo baja y sucia, de tejado.

Trabajé de nueve a una con un solo descanso, y la novela avanzó bien, con esa fluidez de los días grises, cuando no hay nada fuera que compita con el texto.

A la hora de comer había cerrado el capítulo de la cronología rota; el autor recibiría mi informe el viernes y pasaría el fin de semana maldiciéndome con cariño, como se maldice a quien te salva la novela.

Comí tarde y mal, de pie, y después, con el café del mediodía todavía en la taza, salí a recoger el correo antes de que oscureciera.

El buzón de la verja traía solo un catálogo de muebles y un folleto de una pizzería del polígono.

Nada para los Etchegaray. Lo dejé todo en la mesa del recibidor, separado en dos montones —«propaganda» y «correo de verdad», que estaba vacío—, y pensé que era un buen sistema y que en un año tendría aquel recibidor convertido en una pequeña oficina de correos ajena.

La gente que se va un año sigue recibiendo cartas; las cartas son de las cosas que más tardan en enterarse de que alguien se ha ido.

Y después, con la taza ya fría, retomé la idea de la alarma.

La hoja de instrucciones explicaba el modo noche pero no decía nada de los sensores interiores ni de qué hacía el panel cuando uno pasaba por delante, y yo quería saber con qué máquina convivía; convivir con máquinas sin entenderlas me pone nerviosa desde siempre, es de las pocas manías que conservo de mi padre, que desmontaba los electrodomésticos antes de estrenarlos.

La hoja remitía a «la documentación del sistema».

Esa documentación, pensé, tenía que estar en el despacho.

Antes de buscar la carpeta me entretuve con el propio panel, junto a la puerta de entrada.

Era una pantalla pequeña, táctil, con el logo de la casita en el escudo arriba a la izquierda.

Si se tocaba con el dedo sin código, enseñaba solo lo público: «Sistema en marcha.

Sin incidencias.» Debajo, en letra más pequeña, el estado de las zonas: perímetro armado, volumétricos en reposo, batería de reserva al cien por cien.

Había un icono con forma de cámara que indicaba dos unidades exteriores en línea.

Porche y jardín, supuse, y lo supuse bien, porque salí a comprobarlo y ahí estaban: una bajo el alero del porche, apuntando a la verja; otra en la esquina trasera, sobre la puerta de la cocina, cubriendo el jardín y el banco.

Cámaras de fuera. Normales. Todo el mundo pone cámaras de fuera, me dije, y me las quedé mirando un momento largo desde la acera, con las manos en los bolsillos, como se mira una cerradura nueva.

El aparador bajo de la ventana norte tenía cuatro puertas.

Detrás de la primera: álbumes de fotos vacíos, con las esquinas de pegar todavía vírgenes.

Detrás de la segunda: cajas de cables y un router antiguo.

Detrás de la tercera: una carpeta de cartón gris, de las de gomas, con una etiqueta adhesiva en el lomo.

«Hogar Seguro — manual de usuario»

La saqué y me senté con ella en la mesa del despacho.

Pesaba más de lo que pesan los manuales.

Al abrirla entendí por qué: dentro no había solo el manual de la alarma, sino un dossier entero de la instalación —funda con espiral, papeles grapados, y en medio, un juego de planos plegados en tamaño grande, de esos que se despliegan como mapas de carretera.

La portada del dossier espiralado tenía el logo de la empresa, una casita dentro de un escudo, y debajo un rectángulo de papel kraft pegado con cinta adhesiva, justo en la zona donde ese tipo de portadas lleva el bloque de datos del proyecto: dirección, cliente, fecha, empresa ejecutora.

Alguien lo había tapado con cuidado, alisando la cinta con la uña; se veían las marcas.