Capítulo 2 — Costumbres ajenas
La niebla del martes era la misma del lunes, u otra igual, que es como se distinguen las nieblas de Torregil: no se distinguen.
Me desperté a las siete y media con la luz gris entrando por las rendijas de la persiana y tardé unos segundos en situar la habitación, el techo, la ventana al otro lado.
Después la casa me devolvió toda de golpe: la alarma en modo noche, la tarjeta bajo el azucarero, el café en el armario alto.
Me quedé quieta escuchando. Nada. La nada bien cableada de una casa buena.
Bajé en bata, desactivé la alarma y puse la cafetera.
Mientras subía el café hice lo que hago siempre que llego a un sitio donde voy a trabajar: inventarié el espacio con el cuerpo.
Dónde da el sol y a qué hora, dónde está el enchufe bueno, qué silla aguanta tres horas y cuál solo aguanta una comida.
El despacho pasó la inspección con nota.
La mesa era de roble macizo, de esas que no se tambalean, y la ventana norte daba a la franja de jardín lateral y al seto de la casa vecina, de modo que no había tráfico visual, nada que me moviera la vista del papel.
Saqué el portátil, el cargador, la regleta, la caja con las herramientas: lápices —mis propios lápices, de la maleta—, gomas, regla de metal, cinta correctora, las marcas de colores.
Los lápices de la casa se quedaron en su cajón. No me gusta mezclar las herramientas.
Desayuné en la mesa de la cocina, con la tarjeta de bienvenida a la vista, todavía bajo el azucarero.
A la luz del día la letra era todavía más pulcra: tinta azul de estilográfica, no de bolígrafo, con esa modulación de presión que ya no se enseña en los colegios.
Una letra educada. Me pregunté de pasada si sería de ella o de él, y me respondí lo de siempre: imposible saberlo, la letra no tiene sexo, tiene escuela.
Pero mi ojo volvía a la ge cerrada como a un lunar conocido.
Lo primero que hice, antes de abrir la novela, fue escanear.
Es una costumbre vieja, de cuando perdí un contrato entero en una mudanza y pasé dos meses peleando por cobrarlo: todo documento que me importa entra primero en la nube, con su fecha y su carpeta.
Escaneé la hoja de instrucciones de la gestoría, con su línea manuscrita de «Gracias por cuidar la casa», y escaneé también la tarjeta de la encimera, anverso y reverso.
No lo hice por sospecha. Lo hice porque era papel con datos, y el papel con datos se escanea; eso es todo lo que una costumbre necesita para parecer prudencia.
Lo guardé en la carpeta «Los Alisos» que creé esa mañana, junto a la foto del contador de la luz, que también hice, por si acaso.
Es una frase que uso mucho: «por si acaso».
Los correctores vivimos del «por si acaso»; el trabajo entero consiste en mirar una vez más lo que otros dieron por bueno.
Después trabajé.
La novela se llamaba «Ceniza fría» y era la ópera prima de un comisario jubilado de Bilbao que escribía diálogos como quien toma declaración.
Era mejor de lo que esperaba, lo cual era casi peor: los textos buenos exigen más, porque el lector notará cada costura.
Corregía en pantalla con lápiz digital sobre la tableta, página a página, y a media mañana había resuelto veintidós erratas de puntuación, tres de concordancia y un problema gordo de cronología interna que le iba a dar al autor una semana de disgusto.
Le puse un comentario amable. Los comentarios amables son el sesenta por ciento de mi trabajo.
Trabajé con la puerta del despacho abierta, por costumbre de mi apartamento, donde cerrarla no tenía sentido.
A media mañana me sirvió la casa de fondo sonoro: la caldera, el relé de la nevera, una vez el portón del garaje de algún vecino al otro lado del seto.
No era silencio; era ausencia de interrupciones, que es otra cosa y mejor.
Hacia las doce me llegó un correo de la editorial preguntando si el despacho nuevo —les había contado la mudanza, sin detalles— tenía buena luz para trabajar.
«Luz del norte», contesté. «La mejor.» Me contestaron con un emoji de aplauso.
Así se lleva una carrera: con erratas corregidas y emojis de aplauso.
A la una cerré la sesión y salí a caminar.
Era mi otro contrato conmigo misma desde la separación: una hora diaria fuera, lloviera o neblineara, porque el psicólogo al que fui tres meses me dijo que el aislamiento no se combate con fuerza de voluntad sino con horarios, y yo le creí porque era lo más parecido a una hoja de instrucciones que me habían dado en años.
La urbanización a pie era otra cosa que en coche.
Las calles hacían una cuadrícula blanda, con rotondas pequeñas en los cruces y jardines delanteros en distintos estados de ambición.
Había casas con columpios, casas con antenas parabólicas, una casa con el jardín convertido en huerto de invierno, acolchado con plástico.
Casi ninguna gente. Un furgón de reparto, una mujer con un carrito de bebé que hablaba por el móvil en voz baja, dos jubilados con impermeable caminando en paralelo sin hablarse.
La niebla le quitaba el color a todo menos a los setos, que se ponían de un verde oscuro casi negro.
Di la vuelta a la manzana dos veces, memorizando: mi calle desembocaba por un lado en la avenida de entrada a la urbanización y por el otro en un callejón sin salida que terminaba en una valla y, detrás, campo raso.
El supermercado más cercano quedaba a diez minutos andando, junto a una farmacia con la cruz verde encendida y un bar llamado El Aliso, cerrado a esa hora, con la persiana a medio bajar y una pizarra de menú borrosa por la humedad.
Anoté mentalmente el bar: los bares de urbanización son la centralita de información de cualquier vecindario, y yo había sido hija de un pueblo antes que correctora.
Volvía por mi calle, ya con las manos frías, cuando una voz me alcanzó desde el jardín del número catorce.
—¡Usted es la nueva!
Era una mujer menuda, de unos sesenta y muchos, con un chubasquero amarillo abierto sobre un jersey de rombos y unas tijeras de podar en la mano.
Estaba de rodillas junto a un rosal, como si la niebla no fuera con ella.
Se levantó con la agilidad de la gente que ha pasado la vida levantándose del suelo de una clase y vino hasta la valla.
—Ane Mendizábal —dijo—. Vivo aquí, en el catorce. Vi ayer el coche y dije: ya ha llegado la señora de la casa.
—Vera Aldao —le di la mano por encima de la valla; tenía los dedos fríos y secos, mano de jardinera—. Llegué ayer por la tarde.
—Y con este tiempo, hija. Podían haber esperado a que se viera algo —sonrió—. Qué bien que la casa no se quede sola. Yo se lo decía a mi marido: una casa vacía se estropea por dentro, como la gente.
El marido, supe en los diez minutos siguientes, había muerto cuatro años atrás; Ane había sido maestra treinta y ocho años en el colegio público de la carretera de Estella y ahora cuidaba rosales, hacía punto y veía concursos.
Lo supe todo eso porque Ane lo contaba así, de corrido, con la eficacia de quien ha explicado muchas veces quién es.
—Los Etchegaray son buena gente —dijo—. Discretos. Él trabajaba mucho fuera, de viajes, importaciones, algo así. Y ahora Chile, un año entero. Menudo traslado. Se fueron en septiembre, ¿no es eso?
—Eso me han dicho —contesté—. Yo no los conozco. El trato va por una gestoría.
—Pues qué suerte la suya, con la de gente rara que anda suelta. Y qué suerte la de ellos, que se nota que usted es persona seria —me miró con la evaluación rápida de la maestra jubilada, que no ofende porque es profesional—. ¿Usted es de Torregil?
—De toda la vida. Ahora estaba por el centro.
—Pues aquí va a estar muy tranquila. Esto es muy sano.
Silencio, aire, y en invierno la niebla, que a unos les deprime y a otros nos gusta —señaló mi casa con la barbilla—.
Esa casa es de las buenas. La hicieron hace años, cuando esto era todo barro, y la hicieron bien, que no es lo habitual.
Aquí se construyó muy deprisa, usted lo verá: paredes de papel, jardines que no echan raíz. Pero el doce no. El doce tiene oficio.
—¿Lleva mucho en la urbanización?
—Desde el principio. Vinimos cuando esto era un plano y una promesa, como todos —cambió las tijeras de mano y se las guardó en el bolsillo del chubasquero—.
Yo a la señora Etchegaray la veía a veces en el jardín, con los rosales.
Muy correcta. Callada, eso sí. De las que saludan siempre y no cuentan nada.
Ustedes las mujeres de hoy hablan mucho más, para bien y para mal —se rio de su propio comentario, con una risa breve de maestra que sabe que se ha pasado un poco—.
Cuando quiera un café de verdad, no de sobre, me llama a la puerta. Estoy casi siempre.
Le di las gracias y seguí hasta el doce con la sensación de haber pasado un examen de acceso del que no me habían avisado.
Antes de entrar miré atrás: Ane ya estaba otra vez de rodillas junto al rosal, recortando con precisiones de cirujana en medio de la niebla.
Qué bien que la casa no se quede sola, había dicho.
Una frase de cortesía. La gente del lugar la usa como se usa «que aproveche».
Lo anoté igualmente en el cajón de las erratas, sin saber aún por qué.
El martes por la tarde lo pasé en el dormitorio principal, haciendo sitio. Había traído más ropa de la que cabía en dos cajones, así que abrí el vestidor con la idea de negociar un palmo más de barra.