Capítulo 1 — La casa de Los Alisos #3
Después configuré el wifi con la clave de la hoja y conecté el portátil en la mesa de la cocina, solo para probar.
La señal era buena, de fibra de las nuevas, y eso me importaba más que la tele o que la nevera: mi trabajo entra y sale por ese cable.
Revisé el correo. La editorial me recordaba que la novela que tenía que entregar a mediados de noviembre no se corregiría sola: quinientas páginas de intriga, un autor primerizo con talento y con la puntuación de quien aprendió a escribir en el móvil.
Contesté que iba en plazo. Era casi cierto.
Llevaba corregidas ciento veinte páginas y me quedaban tres semanas, y las tres semanas de una correctora son un territorio que se administra, no que se siente.
Abrí el archivo un momento, corregí dos páginas por pura superstición, como quien echa la primera palada, y cerré. Mañana empezaría en serio, en el despacho, con la luz del norte. Pensé que la casa, por lo menos, me había traído eso: una mesa grande y una ventana bien orientada.
A las diez puse la alarma en modo noche, como indicaba la hoja: planta baja activada, planta alta libre.
El panel dio un tono de confirmación. Antes de subir hice la ronda de cierre que la hoja no pedía pero mi madre sí me enseñó: gas cerrado, pestillo de la cocina, mirilla comprobada, cortinas corridas.
Subí. Me lavé los dientes con el cepillo nuevo, me metí en la cama ajena con las sábanas limpias y apagué la luz.
No dormí bien. En las casas nuevas —nuevas para una— el sueño es un visitante que se queda en el umbral.
Me desperté varias veces sin saber la hora, escuchando: la niebla no hace ruido, pero tapa los ruidos de fuera y deja desnudos los de dentro.
Oí la caldera. Oí la escalera, una vez, o eso creí: un crujido breve, de madera que se acomoda, el tipo de crujido que en mi casa del pueblo significaba que Iñigo bajaba de madrugada a beber agua, y que ahí no significaba nada, no podía significar nada.
Oí mi propia respiración, que en casa ajena suena a intrusa.
Tuve un momento —lo confieso porque no cuesta nada confesarlo ahora— en que estuve a punto de levantarme, hacer la maleta otra vez y volverme al apartamento subarrendado, a dormir en el sofá de mi propia inquilina si hacía falta.
No por la casa. La casa era perfecta. Por lo que la perfección me estaba pidiendo a cambio: que dejara de pensar.
Y pensar, aunque fuera en círculos, era lo único que había traído de la casa de piedra que todavía me pertenecía por entero.
Se me pasó, como se pasan los mareos. Me di la vuelta, conté los relés de la calefacción hasta perder la cuenta, y hacia medianoche —luego supe que eran las doce y veinte— bajé a por agua.
No encendí la luz del pasillo porque el resplandor de la luz exterior entraba por la puerta y dibujaba el suelo.
En la cocina tampoco encendí la general: solo la tirita de led bajo los armarios, esa luz de quirófano pequeño que tienen las cocinas modernas.
Bebí medio vaso. Y ahí, de pie, con el vaso en la mano y la luz del led recortando la encimera, me fijé otra vez en el paquete de café.
Lo había visto al llegar. Lo había usado para hacerme la taza de la tarde. Pero es distinto ver las cosas al llegar, en la confusión de las maletas, y verlas a medianoche, en silencio, cuando la cabeza ya no tiene dónde esconderse.
Marcilla. Molido natural. Empezado y cerrado con una pinza de madera, como lo cierro yo.
Pensé en quién podía haberle dicho a los Etchegaray qué café tomaba la mujer que les cuidaría la casa.
Koldo no lo sabía: Koldo toma el café que le pongan, y en su casa el café lo compra su mujer, otra marca, descafeinado la mitad de las veces.
Jokin me había visto dos veces en su vida, en cenas de amigos de Koldo, y no recordaba haberle dado conversación.
Iñigo… Iñigo sí sabía qué café tomaba, claro que lo sabía, pero Iñigo no sabía nada de esta casa ni de este acuerdo; se había enterado de mi mudanza por una frase cortés en un correo sobre temas del piso, y me constaba —me constaba entonces— que los Etchegaray y él no tenían relación.
Hice la lista completa, como se hace la tabla de erratas al final de una corrección: quién sabía, quién podía saber, quién no.
Salió una lista de una sola columna. Nadie de mi vida presente tenía esa información; nadie de la vida de los Etchegaray tenía acceso a mi vida presente.
Dos círculos que no se tocaban, y en medio, un paquete de café.
Nadie sabía qué café bebía yo. Nadie tenía por qué saberlo. Y sin embargo ahí estaba: en el armario correcto, a la altura correcta, con la pinza puesta.
Apagué la tirita de led y me quedé a oscuras un momento, con el vaso vacío en la mano, escuchando el zumbido de la nevera y la niebla apretando los cristales.
Una casa no puede saber nada. Lo sabía. Las casas son cajas de cosas, y las cosas se explican, y yo me ganaba la vida explicando cosas hasta que encajaban.
Pero cuando subí la escalera a tientas, con la mano en la barandilla de madera oscura, no pude quitarme de la cabeza la frase entera, la que llevaba horas formándose por debajo de todas las explicaciones razonables:
La casa me conocía.