La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 1 — La casa de Los Alisos #2
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Capítulo 1 — La casa de Los Alisos #2

Un paquete de café molido natural. Marcilla. Empezado, doblado por arriba y cerrado con una pinza de madera.

Me quedé con la mano en el armario un segundo más de lo necesario.

Era el café que compro yo desde hace doce años, el mismo paquete, la misma variedad, el mismo molido.

Lo compraba en el súper de abajo de mi casa cuando vivía con Iñigo y lo seguía comprando ahora en la tienda de la esquina de mi apartamento, sin pensarlo, como se siguen comprando las marcas que ya no se eligen.

Cerré el armario. Me hice un café con la cafetera italiana que encontré junto al fogón, que era también de la medida que yo usaba, y lo tomé de pie junto al ventanal, mirando el jardín disolverse en la niebla.

El jardín tenía un arriate de rosales podados, un banco y una mesa de hierro con dos sillas. Todo ordenado. Todo esperando.

El salón estaba a medio camino entre lo vivido y lo preparado: sofá gris de tres plazas, mesa baja con dos revistas de decoración del año anterior, una tele grande en la pared y, frente a ella, la butaca que se notaba la favorita de alguien, con el cojín hundido en un solo lado.

En la repisa de la chimenea decorativa no había fotos.

Reparé en eso porque en las casas de matrimonios sin hijos siempre hay fotos —de viajes, de bodas ajenas, de sobrinos— y aquí no había ninguna.

Tres jarrones, un reloj de pared, nada con cara.

Como si los Etchegaray hubieran querido que la casa los representara lo menos posible.

O como si hubieran retirado las fotos antes de dejar entrar a una extraña, que era lo razonable, y lo razonable, pensé mientras apuraba el café, es lo que siempre se me ocurre primero.

Del salón salía una puerta corredera que llevaba, como yo había previsto, de vuelta a la cocina.

Completé el círculo a pie, despacio, con la taza en la mano, y comprobé cada tramo: siete pasos de la cocina al salón, cinco del salón al recibidor, ocho del recibidor a la cocina.

Una casa se aprende así, con los pies. En la casa de piedra del pueblo eran seis, cuatro y nueve.

Antes de subir, salí un momento por la puerta principal a recoger el correo, que era una de mis obligaciones según la hoja.

El buzón estaba integrado en la verja, con su cerrojito de llave pequeña, y dentro había solo dos folletos de supermercado y una carta del banco para los dueños, blanca y sin urgencia aparente.

Los dejé en la mesa del recibidor, junto al espejo, en el sitio donde se dejan las cosas que no son de una.

Al cerrar el buzón miré la fachada de enfrente: otra casa igual de quieta, con la luz del porche encendida y un coche cubierto por una funda.

En la casa de al lado, la del número catorce, sí había vida: una cocina iluminada, el resplandor azul de una tele tras las cortinas.

Me consoló verlo sin saber por qué necesitaba consuelo.

El despacho estaba en la planta baja, al otro lado del salón, con una ventana orientada al norte: luz de correctora, pensé, luz que no da en la pantalla.

Había una mesa grande, una silla de oficina, estanterías hasta el techo y un aparador bajo bajo la ventana.

En la mesa, nada. En las estanterías, libros de empresa y de viajes, una colección de novela negra en edición de bolsillo y tres marcos con fotos de paisajes que no decían nada de nadie.

Abrí el cajón de la derecha de la mesa, que es donde yo guardo las cosas de escribir.

Tres lápices HB, afilados, ordenados de mayor a menor, con las puntas mirando al fondo del cajón.

Un sacapuntas metálico. Una goma blanca.

Así los guardo yo: los lápices a la derecha, de largo a corto, la punta hacia dentro para que no manche.

Así lo hago desde que empecé a trabajar, porque mi primera jefa en la editorial lo hacía así y me lo enseñó como quien enseña a persignarse.

Cerré el cajón despacio.

Hay explicaciones para todo. Los lápices se guardan de cuatro maneras posibles y una de ellas es la mía; el café que toma medio país es también el mío; las casas nuevas se parecen entre sí porque las dibujan con los mismos programas y las mismas modas.

Lo sabía entonces y lo sigo sabiendo. Lo que no supe explicarme, ni entonces ni ahora, fue la sensación de conjunto: la de que alguien hubiera ordenado esa casa con mi mano.

Subí. La escalera daba a un pasillo con dos dormitorios a un lado y uno al otro, más un baño en cada extremo, y en la esquina del techo del pasillo, justo donde este se abría hacia el descansillo, había una semiesfera oscura del tamaño de una tapa de tarro.

La tomé por un detector de humo; tienen ese aspecto, esas cosas, cuando no las miras dos veces.

El dormitorio principal tenía la cama hecha con sábanas limpias que olían a armario, un vestidor detrás de una puerta corredera y un baño con toallas dobladas en la barra.

En el vestidor colgaba ropa de los dueños, de él a un lado y de ella al otro, con huecos entre las perchas donde habían sacado lo que se habían llevado.

Había maletines vacíos en la balda alta.

Saqué mis cosas de una de las maletas y ocupé dos cajones y un palmo de barra, lo justo para sentirme invitada y no ocupante.

Los otros dos dormitorios estaban cerrados a cal y canto: uno convertido en cuarto de planchar, con la tabla plegada contra la pared y una estantería de detergentes; otro vacío, con las persianas bajadas y una cama plegable cubierta por una sábana.

En la repisa de la ventana del pasillo había un cenicero de cerámica sin ceniza, de esos que se heredan, y una planta que no necesitaba agua porque era de plástico.

Todo cuadraba con la hoja de instrucciones: una casa llevada con orden, por gente con orden.

La otra maleta no la abrí. Contenía papeles, libros de referencia y el sobre manila. Dejé el sobre en el cajón de la mesilla, debajo de un jersey, y cerré el cajón con el cuidado con que se cierran los cajones que no se quieren volver a abrir.

No lo abrí. Llevaba dos meses sin abrirlo.

Sabía lo que contenía; por eso no lo abría.

Escribo esto y me doy cuenta de que es la primera frase de esta historia que suena a excusa, y no lo es: es la pura verdad física.

El sobre estaba cerrado porque yo ya lo había abierto una vez, en agosto, en otra casa, y no necesitaba repetirlo.

Bajé cuando empezaba a oscurecer, que en Torregil a finales de octubre quiere decir las seis y media.

La niebla había ganado el jardín del todo: los rosales eran sombras y el banco, una idea de banco.

Encendí todas las luces de la planta baja, una por una, y la casa respondió con ese zumbido eléctrico mínimo de las viviendas bien cableadas.

Puse la calefacción. Saqué del sobre acolchado de Jokin la hoja de instrucciones y la releí de pie en la cocina: clave del wifi, día de recogida de basura, teléfono de la gestoría para cualquier incidencia, y una línea final escrita a mano, con la misma tinta azul de la tarjeta: «Gracias por cuidar la casa. »

La misma ge cerrada en «Gracias». Mi ojo la encontró sin buscarla, como un dedo encuentra una astilla.

A las ocho me llamó Koldo.

—¿Ya estás?

—Ya estoy.

—¿Y qué tal? ¿Es tan grande como dice Jokin?

—Es grande —dije—. Tiene despacho. Me viene bien para trabajar.

—Ya. Tú y tu trabajo —rio al otro lado, sin maldad—. Oye, que Jokin me ha dicho que cualquier cosa, a su móvil, que él habla con los dueños. Que no te cortes.

—Los dueños están en Chile.

—Pues eso, que él habla con ellos. Que para eso está. —Una pausa—. ¿Has cenado?

—Voy a cenar.

—Mentira.

—Voy a cenar, Koldo.

Me reí yo también, de verdad, y fue la primera vez que me reía en esa casa.

Colgamos con la promesa de que iría a comer a su casa el domingo, que su mujer hacía una caldereta que había que probar, y me quedé un rato con el móvil en la mano, en medio de la cocina blanca, escuchando la casa hacer sus ruidos de asentamiento: el tubo de la calefacción, el relé de la nevera, el viento que probaba las ventanas.

Cené una tortilla de las de sartén pequeña y una ensalada de bolsa.

Puse el lavavajillas aunque solo ensuciaba dos platos, porque la hoja de instrucciones pedía ponerlo a menudo para que no se agrietaran las gomas.

Pensé en lo fácil que era seguir instrucciones ajenas, en lo cómodo: nadie discute con una hoja impresa.