La casa prestada (Nadie duerme solo 1) Capítulo 1 — La casa de Los Alisos
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La casa prestada (Nadie duerme solo 1)

La casa prestada (Nadie duerme solo 1)

Por Marina Loscertales

© inepub.com

Capítulo 1 — La casa de Los Alisos

La niebla salió a recibirme a la altura del polígono, mucho antes de la rotonda de la urbanización.

Torregil es una ciudad de nieblas de otoño, de esas que no se levantan con el sol porque el sol se da por vencido hacia el mediodía, y aquel lunes de finales de octubre la niebla venía además con ganas: cerraba los arcenes, borraba las señales, convertía las naves del polígono en barcos varados.

Conducía con las luces cortas y ambas manos en el volante, y pensé que era un día adecuado para mudarse a una casa que no era mía: un día sin contornos.

En el asiento de atrás, sujetas con el cinturón como si fueran pasajeras, viajaban mis dos maletas.

Entre ellas, plano y rígido, el sobre manila que no pensaba abrir.

Había salido del apartamento a las cinco, con la idea de llegar de día, pero la niebla y un camión averiado habían comido la tarde.

El apartamento quedaba subarrendado a una compañera de profesión hasta primavera: una solución limpia, sin contratos raros, que me dejaba un sitio al que volver si aquello salía mal.

No sabía entonces en qué consistiría exactamente que aquello saliera mal.

Lo apunté mentalmente como una cosa más que no convenía preguntarse.

Era la segunda vez en seis meses que metía mi vida en dos maletas.

La primera fue en abril, cuando salí de la casa que había compartido con Iñigo durante diez años, y entonces también me bastaron dos bultos, como si una década de matrimonio cupiera en el maletero de un utilitario de once años.

Hay algo obsceno en lo poco que pesa una vida cuando se reduce a lo necesario.

Lo pensé delante de la rotonda, esperando a que un camión saliera de la niebla con las luces naranjas encendidas, y luego giré hacia Los Alisos y dejé de pensarlo.

La urbanización era de esas que tienen quince años y ninguna historia: chalés parejos, setos recortados, aceras limpias como si nadie las pisara.

Los nombres de las calles seguían un criterio botánico que alguien habría encontrado poético en una oficina.

Yo buscaba el número doce. Lo encontré al final de una curva suave: una casa de dos plantas, fachada clara, un porche bajo y un seto de laurel que necesitaba tijeras desde hacía semanas.

Aparqué delante de la verja y apagué el motor.

La niebla había conseguido entrar hasta ahí, pegada al suelo como un animal bajo.

Cuando Koldo me dio la dirección por teléfono, dos semanas atrás, no tuve que buscarla en el mapa.

—Queda en Los Alisos —me dijo—. Detrás del polígono, una urbanización de las nuevas. Bueno, nuevas de hace años. Te paso la calle…

—Ya sé cuál es —contesté. Demasiado rápido, me di cuenta al decirlo.

Cualquiera habría dicho que conocía la zona.

Preferí no preguntarme por qué la conocía, de la misma manera que prefería no preguntarme otras cosas desde abril.

Con Koldo bastó: mi hermano oyó la respuesta que esperaba oír y siguió hablando de las condiciones.

Un año. Sin alquiler. A cambio, presencia: recoger el correo, regar lo poco que resistiera el otoño, ventilar, que la casa no pareciera vacía.

Los dueños, un matrimonio llamado Etchegaray, se habían ido a Chile por el trabajo de él y no querían inquilinos ni líos; querían a alguien de confianza que viviera ahí como quien cuida el fuego de una cocina ajena.

El contacto era un amigo de Koldo, Jokin, un gestor de seguros que llevaba las cosas de la familia.

—Te lo digo como lo dijo él: es gente seria, no quieren sustos —añadió Koldo—. Lo único que piden es que esté alguien. Tú estás perfecta: trabajas en casa, no tienes niños, no haces ruido.

Ese retrato de mí misma —una mujer silenciosa, sin niños, que cabe en cualquier hueco— me llegó sin doler, que es como llegan las cosas cuando una lleva meses entrenándose para que no duelan.

Dije que sí. Dije que sí con una prisa que Koldo tomó por entusiasmo, porque Koldo toma todo por la cara que da.

Las llaves me las había entregado él el domingo, en una cafetería junto a su instituto, dentro de un sobre acolchado que venía de la gestoría de Jokin.

Lo vi llegar con la americana húmeda y el sobre bajo el brazo, y lo vi dejar el sobre sobre la mesa de formica como quien deja una cosa de poca importancia.

—Aquí está —dijo—. Dos juegos de llaves, el mando del garaje y una hoja de instrucciones. Jokin dice que la alarma tiene truco, que leas bien lo del modo noche.

—¿Has visto la casa?

—Yo no. La lleva él —pidió dos cafés con leche sin mirar la carta, como siempre—. Es un chollo, Vera. Tú me dirás qué haces pagando ese apartamento de mierda pudiendo estar en un chalé gratis.

No dije que el apartamento de mierda me gustaba precisamente porque era pequeño, mío y no guardaba memoria de nadie.

Dije que sí, que era un chollo. Metí el sobre acolchado en el bolso sin abrirlo, y Koldo aprobó el gesto con una inclinación de cabeza: en mi familia se confía así, sin comprobar, como si comprobar fuera una ofensa.

Hablamos luego de su mujer, de los niños que no llegaban, de un viaje a la playa que habían aplazado.

Cuando nos despedimos en la acera, me dio dos besos y me dijo que por fin se me veía contenta.

Me pregunté en qué cara me habría visto eso.

La hoja de instrucciones la llevaba ahora en la guantera.

La saqué, bajé del coche y crucé los cuatro metros de acera hasta la verja peatonal con la niebla pegándoseme a los hombros.

Antes de abrir, miré la casa un momento desde la calle: las persianas de la planta alta bajadas, las de abajo subidas, las cortinas corridas.

Una casa habitada por nadie tiene una cara concreta, y esta no la tenía; esta parecía una casa cuyos dueños habían salido a comprar pan.

Eso, tendría que haber pensado, también era extraño: llevaban cinco semanas fuera.

La cerradura cedió a la primera. La puerta era de las que pesan lo que deben pesar las puertas y cierran con un golpe seco, sin crujido.

Dentro, el recibidor olía a casa cerrada y a producto de limpieza: lejía diluida y algo cítrico.

A la izquierda, junto al espejo, el panel de la alarma empezó a pitar con la paciencia de una máquina que te da treinta segundos.

Tecleé el código de la hoja. El pitido se apagó.

En la pantalla apareció una línea de texto: «Sistema en marcha. Sin incidencias.»

Encendí la luz.

Lo primero que vi fue la escalera, recta, con la barandilla de madera oscura.

Lo segundo, que el recibidor desembocaba en un salón amplio a la derecha y en un pasillo a la izquierda que tenía que llevar a la cocina.

Lo tercero no lo vi: lo sentí. La distribución tenía una lógica que mis pies reconocieron antes que mi cabeza.

Supe sin mirar que bajo la escalera habría un aseo, que la cocina estaría al fondo del pasillo y que desde la cocina se llegaría por otra puerta al salón, cerrando un círculo.

Así era la casa en la que había vivido diez años.

No la misma casa —esa era de pueblo, de piedra, y esta era de urbanización nueva—, sino la misma idea de casa: la cocina como centro, el pasillo como espina, la escalera fuera de la vista de la puerta.

Me dije que todas las casas de esta clase se diseñan igual.

Dejé las maletas junto a la escalera y hice el recorrido que se hace siempre, el de comprobar grifos y ventanas.

La cocina era grande, blanca, con una encimera de piedra gris y una mesa de cuatro personas junto al ventanal que daba al jardín trasero.

Sobre la encimera, sujeta por el azucarero, había una tarjeta.

La cogí. Cartulina crema, tinta azul, letra inclinada y limpia:

«Bienvenida, Vera. — M. y G.»

Soy correctora. Llevo dieciséis años leyendo letra ajena, primero en galeradas, ahora en pantalla y en papel, y hay cosas que el ojo hace solo, sin pedir permiso.

Mi ojo fue directo a la segunda inicial: la ge terminaba el trazo con una curva que volvía sobre sí misma y cerraba el ojo de la letra con un gancho pequeño, casi un nudo.

No es un rasgo frecuente. La mayoría de la gente remata la ge hacia abajo o la deja abierta; esta ge se cerraba como una mano.

Y había otra cosa. La misma tinta, la misma presión, la misma inclinación: una sola mano había escrito el mensaje y las dos iniciales. Quien escribió la bienvenida firmó por los dos.

Lo registré como se registra una errata: sin darle importancia, guardándolo en el cajón mental donde se acumulan las cosas que no encajan todavía.

Las parejas se firman una por otra todo el tiempo.

Lo sabía. Yo misma lo había hecho durante años: tarjetas de cumpleaños, notas en la nevera, felicitaciones de Navidad que mandaba yo con dos nombres abajo porque a Iñigo le daba pereza escribir.

Dejé la tarjeta donde estaba, bajo el azucarero.

Había un detalle más en la tarjeta, aunque tardé en darme cuenta: decía «Vera».

No «señora Aldao», no «señorita», no ese «estimada cuidadora» que habría escrito un matrimonio formal con una desconocida.

Vera. Claro que Jokin les habría dado mi nombre; era lo normal, era incluso de buena educación.

Pero verlo escrito con aquella letra inclinada, con el nombre solo, como quien escribe a alguien que ya conoce, me produjo una intimidad forzada, la sensación incómoda de haber llegado tarde a una conversación que había empezado sin mí.

También esto lo apunté en el cajón mental.

Uno puede acostumbrarse a guardar erratas durante años sin corregirlas; yo era una profesional de eso en más de un sentido.

Abrí los armarios buscando una taza. Encontré primero los vasos, luego los platos, luego, en el armario alto junto a la campana, la vajilla de diario: tazas blancas, cuencos, jarros. Y junto a las tazas, en la balda de abajo, el café.