La casa hueca 40. No quiero soñar
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40. No quiero soñar

Despierto. Agujas de luz. Entrecierro los ojos. Joder, menos mal que todavía conservo los párpados. He soñado otra vez. Lo recuerdo perfectamente. Y es una mierda.

Ya no quiero soñar. Me he tirado media vida tratando de adivinar cómo es visitar el mundo onírico. Y cuando, por arte de magia, lo he conseguido, solo me ha proporcionado imágenes de pesadilla que me perseguirán mientras viva. Así que ya me he cansado.

Por no hablar de que podría haber seguido durmiendo un poco más. Todo por esas putas agujas de luz. Se cuelan en la habitación por culpa de una persiana a medio cerrar. Esta vez, la lengua de Pico no tiene nada que ver.

Hay un hombre con una máscara de buitre que se yergue desnudo frente a mí. Que dice:

—Buenos días, Lucía.

—¿Quién coño eres tú?

Su respiración se agita. Creo que me observa con deseo, aunque es difícil de afirmar. Ya podría descubrirse por una vez.

—Pregunta incorrecta. Prueba de nuevo.

Me desperezo. Estiro los músculos. Siento un tirón que me recorre toda la espalda.

Este sofá es incómodo. Y apesta. O tal vez no sea el sofá.

Tal vez sea yo misma. O el aire. El aire fétido.

Esa mezcla en la que conviven el picante del jengibre, restos de humo de porro, esencia de sudor gran reserva que lleva macerándose durante días.

Los olores gobiernan esta habitación. La misma que aparece siempre en mis sueños.

Quizás, después de todo, no esté despierta.

—¿Qué hago aquí?

Tras formular una nueva pregunta, me levanto para enfrentarme a unos pies sucios, a unos dedos gruesos con uñas sin cortar, a una polla encogida parapetada tras los testículos como si fueran burladeros, a una barriga prominente plagada de vello, a una inquietante máscara que no cede a mi deseo de revelar secretos.

Me enfrento a su figura abominable. Tras ella hay un escritorio.

Y más allá, una ventana cerrada, joder, negándole el paso a ese bendito aire fresco que paliaría tanta fatiga.

—Incorrecta. Otra vez.

El escritorio. El caos, la verdadera apología de la confusión entre papeles pintarrajeados, libros desparramados, restos de cenizas dentro y fuera del cenicero, envoltorios de caramelos para la garganta.

Caramelos de jengibre. Hay moscas que baten las diminutas alas en un zumbido eterno y monótono.

¿He dicho libros desparramados? Vale. Me acerco para consultarlos.

—Vamos, Lucía. Recuerda lo último que escribió Esteban.

Tratados sobre las sectas más populares durante los años setenta.

Guías ilustradas sobre la flora y la fauna de la sierra de Grazalema.

Satanismo, cómo beneficiarse de ello sin morir en el intento, con la pegatina de libro de saldo a medio despegar.

Un cuaderno de hojas cuadriculadas que comienza con la frase «Apuntes varios sobre afantasia: la enfermedad del sueño», escrita a bolígrafo.

Qué locura es esta. Quién es el perturbado que está detrás de todo.

Digo:

—Te estás equivocando de villano.

Y continúo:

—Eso es lo que escribió Esteban. Y aunque no le creí, tenía razón.

Y el hombre replica:

—No, Lucía. No juegues conmigo. Esas no fueron sus últimas palabras. «Solo falta que el demonio se dé cuenta de quién es en realidad». ¿Lo recuerdas?

Dios. Tengo que abrir la ventana como sea. Me estoy mareando. Espera. ¿Qué es lo que acabo de ver? Restos de comida entre papeles y libros. Y hormigas. Decenas de hormigas espolvoreadas entre el desorden. Hormigas que vienen. Que van.

—Yo soy el demonio —musito—. Maté a mi tío en defensa propia.

Bien merecido que lo tenía. Sin embargo, nunca quise dañar a aquella actriz.

No fue aposta. Y a Esteban le tenía muchas ganas, pero no salió de mí cortarle el cuello.

Fue él mismo quien lo escribió, a sabiendas de que se cumpliría al instante.

Él y solo él fue quien decidió terminar de esa manera su historia. Yo…

—Cállate. No digas nada más. Ni se te ocurra protestar. Ya sé que no te gusta que te dejen a medias. Yo lo sé todo. Y, por supuesto, también sé quién eres en realidad.

A tomar por culo. Pienso en subir la persiana.

Y en abrir la ventana. Recuerdo la última vez que miré a través de ella.

Fue durante uno de mis sueños. Podían divisarse edificios, grandes torres, el paisaje urbano sudando litros de polución gris.

Debemos estar en un piso alto. Perfecto para tirarme yo sola.

O, mejor aún, para arrastrar conmigo al gilipollas de la máscara.

—Tú no eres el demonio, Lucía. En realidad, eres una santa.

No hago nada de lo que he pensado.

En su lugar, giro ambas muñecas, solo para extender a continuación la palma de mis manos y admirar la sanguinolenta capa que oscurece mi piel.

Un arrebato de locura conquista mi parte racional, si es que aún la conservo.

Mi cerebro emite una orden clara, inequívoca. Y mi cuerpo es incapaz de negarse.

—Santa Lucía.

Así que voy a ejecutarla.

—La figura que viste en la iglesia. Esa que portaba una bandeja entre las manos. Era una santa. Santa Lucía de Siracusa. La pobre acabó convirtiéndose en mártir. Seguro que ya has adivinado qué tipo de martirio sufrió, ¿verdad?

Resulta tan sencillo. Un par de tirones, no más. Quién lo hubiera dicho. Adiós a las agujas de luz. Ya no tendré que cubrirme los ojos nunca más.

Me los acabo de arrancar de mi propio cráneo.

No sé cuánto aguantaré sin desmayarme. Durante el tiempo que me reste de consciencia trataré de pensar en Gloria.

En su olor dulce, nada que ver con la peste que se respira aquí dentro.

Su sonrisa, sus bromas, el café en sus ojos negros, todas las veces que me salvó la vida.

De tinta y papel, pero vida al fin y al cabo.

Qué curioso. A propósito de Gloria, recuerdo su frase favorita, esa que no dejaba de repetir tras el encuentro con la secta. La recuerdo ahora porque, a pesar de no tener ojos, veo a la muerte.

La veo.

No dejo de verla.