La casa hueca La máscara de buitre
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La máscara de buitre

Ahí fuera ya es de noche.

Dentro, el escritor se entrega al ingrato proceso de la corrección.

Porque corregir es como llegar al final del videojuego y que este te pida volver a completarlo desde el principio, pero con un nivel de dificultad más elevado.

Una tortura que acariciaría los sentidos de la Santa Inquisición.

El escritor persiste y persiste, pero se le cierran los párpados.

Está demasiado cansado para ello y, aun así, se obliga a seguir.

Conoce el alto precio que pagará al cruzar ese puente.

Tantas frases sacrificadas en el camino. Tantas aristas que pulir.

No le queda otra. El objetivo es tejer las mejores galas para su nueva novela, la definitiva, esa que une las tramas de las obras anteriores por medio de un alambre de espinos que las atraviesa a todas.

El mismo alambre al que E. Rey, el escritor, se aferra cada vez que retorna al mundo donde viven sus personajes.

Donde viven, padecen, corren aventuras, se enamoran, se separan, follan, sufren y acaban muriendo. Casi todos. Algunos, incluso, de forma excesiva, espectacular, terrible.

Sabe que con esta novela ha creado su proyecto maestro.

Se siente, esta vez sí, como ese arquitecto del dolor, el apodo con el que lo bautizaron en cierta revista, mil años atrás.

Si todo sale bien, E. Rey logrará inyectar nueva sangre en toda su bibliografía, resucitando novelas antiguas de las que ya nadie se acuerda.

Pero si fracasa.

No sabe qué hará si fracasa.

Odia notar cómo los malos presentimientos se expanden por su sangre a cada sístole y diástole.

Algo no va bien. Lo sabe. Esta tortura no acaba nunca.

¿Cuánto tiempo lleva corrigiendo? Hace meses que alumbró la primera versión de la novela.

Archivo La_casa_hueca_v1.docx. Desde entonces le ha dado muchas vueltas.

Demasiadas. Se ha negado a contar con lectores beta.

Tal vez por exceso de ego. Tal vez porque está acojonado.

La única persona que ha recibido el manuscrito es su agente.

La misma que tiene que colocarlo de nuevo en el estrellato.

Pero no ha recibido noticias. Ni siquiera le coge el teléfono.

Ya debería, qué menos, haberla leído, darle su primer feedback, trazar el plan de acción, la ruta por aquellas editoriales a las que podría interesarles.

Nada.

El vacío más absoluto.

La incertidumbre, con sus mandíbulas de acero despedazando cada segundo que transcurre con implacables dentelladas. El escritor sabe que algo ocurre con la novela. La combinación de autorreferencia y metaliteratura no ha salido bien.

Si es así, está acabado.

Se pasa una mano sudorosa por el rostro.

El despacho es un desastre. Un órgano condenado al patíbulo por un puñado de células cancerígenas.

Otea a su alrededor en busca del estuche de los porros.

El combustible de su creatividad. No quedan.

Maldice entre dientes. Cómo no acordarse de Gloria.

Pobrecilla. Si estuviera aquí, podría pedirle uno de sus canutos.

O, directamente, robárselos. Si estuviera aquí.

Si existiera. Si hubiera existido alguna vez.

¿Por qué se ha involucrado tanto con esta novela? Se siente en un atasco inacabable. Una carretera secundaria de un solo carril donde las obsesiones se insultan unas a otras. No entiende nada. Nunca le ha pasado algo así.

Tampoco había utilizado nunca el recurso de introducir a su propio alter ego dentro de la historia. A Esteban, el autor maldito.

Y Lucía. Qué hay de Lucía. ¿Acaso ella sí existió?

Porque, al igual que los otros, ella no deja de ser uno de sus personajes.

El más importante, tal vez. La tejedora de esa red de pesadillas en la que lleva meses atrapado.

Cuántas veces lo ha visitado de noche entre sábanas de sudor y temblores febriles.

Traspasando el umbral de los sueños. La encarnación femenina del terror nocturno.

La quimera al alcance de la yema de los dedos.

Lucía.

Un personaje de novela. Sin más. Como Gloria. Como el señor Valero. Como la doctora y su hijo fantasma. Personajes. Esqueletos de papel recubiertos por piel de tinta. No son más que eso.

¿O tal vez sí lo son?

Lucía.

Su imagen distorsionada en el espejo. El espejo representando la sangre que se precipita desde las cuencas vacías del rostro.

Un rostro terrorífico como resultado de todas las putadas que le aguardaban en la novela.

La novela perpetrada por el escritor. El escritor, dando pasos cada vez más firmes hacia el abismo de la locura absoluta.

Suficiente. E. Rey se da cuenta de que es hora de centrarse en la realidad.

Se incorpora y camina hacia la cocina. Escudriña el interior del frigorífico en busca de una lata de cerveza.

Rescata la última que queda. La abre y se toma la mitad de un solo trago.

La penumbra es la dueña del apartamento.

Está acostumbrado a ella. Apenas se relaciona con la luz.

En eso se parece mucho a la guarida del señor Valero.

Eso sí, aún conserva los globos oculares intactos.

Por suerte, a este lado del mundo no existen sectarios que pretendan hacerte ver la muerte a costa de perder primero los párpados y luego la propia vista.

Al regresar, su habitación emite un eco suave, embriagador, como si allí le aguardase un harén de sirenas deseosas de reunirse con un humano al que encantar para luego despellejarlo a gusto.

E. Rey no cede al embrujo. Está decidido a seguir exprimiéndose ante el teclado.

Se sienta frente a la pantalla. Cruje los dedos.

Pero no logra concentrarse. De los numerosos cacharros que se reparten por su lugar de trabajo, hay uno que le llama la atención.

La máscara de buitre.

El punto de origen. Esta historia empezó con ella.

Con el instante en que la encontró en el mercadillo de los domingos.

Se la compró a ese viejo por un par de euros.

Ni siquiera regateó. Había algo en la máscara que parecía vibrar en un tono muy particular.

Era de esa clase de objetos que, fuera por la razón que fuese, acababa dejando huella en la persona que lo poseyera.

Un catalizador capaz de desencadenar un cambio.

Cualquier tipo de cambio. Un soplo de buena suerte o la más cruel de las maldiciones.

Un nuevo rumbo. Una nueva novela.

Con una sonrisa, se pone de pie para desnudarse con parsimonia. Luego, toma la máscara de buitre entre las manos y se la coloca sobre el rostro.

Ahora sí. Ahora está preparado para seguir corrigiendo su historia de terror. Pasarse el videojuego. Modo difícil. Pero la partida apenas se prolonga un par de minutos. Cae sobre el teclado como un narcoléptico agudo.

Hasta que alguien lo despierta.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta él, acelerado—. No eres real.

—Los personajes de novela somos tan reales como las personas que nos crean. —E. Rey reacciona abriendo mucho los ojos. Tras la máscara compone un gesto de sorpresa—. Parece mentira que no lo sepas. Yo lo aprendí tras vivir una temporada junto a un autor de terror. Vi muchas cosas extrañas.

—Lucía…

—No me interrumpas. Seguro que en alguna de tus muchas entrevistas has soltado alguna vez esa frase.

«A veces, los personajes toman su propio camino.

Deciden rebelarse contra nosotros y empiezan a tomar decisiones que no teníamos previstas».

Y, aunque al pronunciarla estabas convencido de que era otra de esas múltiples maneras que tenéis los escritores de engañar al público, en esa ocasión decías la verdad.

—Se señala a sí misma—. Yo soy la prueba.

—Pero tú me perteneces.

—Lo sé, joder. Y adivina qué. También funciona a la inversa. Como las buenas historias de amor.

E. Rey fracasa, aquí también, a la hora de esquivar las insondables simas que se abren en el rostro de su personaje.

Hay algo hipnótico en esa ausencia de órganos oculares.

Algo que solo los amantes del género de terror saben valorar.

El gesto del escritor, aunando fascinación y repugnancia, queda oculto tras la máscara. Pregunta:

—¿Y ahora qué vas a hacer?

—Terminar lo que he empezado. Ya sabes que…

—…odias que te dejen a medias.

Ella sonríe y duda entre poner en práctica una vez más sus dotes de dominatrix, aplicar lo aprendido junto a Madame X, su antigua maestra, o celebrar los rituales de la infame secta del alimoche junto a su creador.