39. Yo solo escribo
Estoy flipando.
Hay algo ahí, entre jirones de niebla. Algo que reconozco a la perfección.
La habitación de escritura de la Casa Hueca.
Esteban, acomodado en el respaldo de una silla mugrienta, machaca las teclas de la vieja máquina de escribir.
Danzan llamas sobre velas sobre candelabros sobre el escritorio sobre el crujiente suelo de madera sobre los cimientos del lugar donde todo empezó.
Todo lo malo.
Me apoyo en el asfalto para incorporarme. Esquirlas de cristal taladran la piel de mis manos. Un relámpago de advertencia atraviesa mi cerebro. Rechino los dientes. Duele, estoy segura de que duele, pero mi sistema nervioso tiene otras prioridades. «Guarden el orden en la cola».
Observo la sala rectangular como si estuviera abierta. La cuarta pared no existe. Alguien la ha roto. Apaleada hasta la muerte, destruida sin remisión para que el escritor mire hacia afuera y para que el lector sea el abismo perplejo que le devuelve la mirada.
El escritor. Mira hacia afuera. Y me hace señas. Quiere que vaya. Ni de coña. No estoy tan loca. No pienso dirigirme hacia allí.
Me dirijo hacia allí.
Es imposible que el muro brumoso permita el acceso a la casa. O lo sería si esto fuera la vida real. No lo es. Esto no es más que la fantasía húmeda de un puto escritor de historias de terror. Y yo soy su fetiche.
Entro en la sala.
Esteban no deja de escribir. Se hace insoportable el martilleo de teclas. Preferiría escuchar en un bucle infinito el ruido de las balas retumbando tras el lienzo del cuadro de los fusilamientos de Goya.
—Bienvenida de nuevo, Lucía. Vaya, iba a echarte en cara lo de destrozarme el coche después de habérmelo robado, pero te veo fatal. Has tenido días mejores, ¿verdad?
Admiro su capacidad de soltar frases de mierda sin apartar la atención del folio al que viola a base de tinta y golpes de metal.
—Si estás escribiendo el final, hijo de puta, al menos intenta que sea más original que el resto.
—Hago lo que puedo. Estoy desangrándome, ya sabes. —Falsea una sonrisa de profesor ante un examen plagado de trampas—. Y tengo que confesarte algo.
No me lo puedo creer. Un arrebato de sinceridad. A buenas horas.
Esta habitación me acojona. Las esquinas son pequeñas ventanas hacia el misterio del cosmos. Tengo la certeza de que algo terrible se oculta tras la maldita geometría. No quiero saber el qué.
—¿Y bien?
—Tenías razón. Eres la protagonista de mi última novela.
—Oh, y por eso no querías que la leyera. Qué sorpresa.
—No solo tú. También aparece el niño que se perdió, la doctora, los buitres de la sierra, la guía turística, el…
—Gloria. —Aprieto los puños hasta el crujido. Hasta saborear la amargura del dolor de los huesos de la mano—. Se llamaba Gloria. Y la has matado.
—Espera, no… Yo no soy un asesino, Lucía. Yo solo escribo.
Esteban deposita sus gruesos dedos sobre la máquina. Sombras grises se arremolinan en torno a su figura como si se equipara con una armadura hecha de telas de araña. Qué honor. Va a dedicarme toda su atención. Suelta un bostezo que destila el hedor de las malas noticias.
—Todo escritor necesita un lugar donde conjurar a las musas.
—Ya está bien, Esteban. —Me acerco hasta tocar con las manos el respaldo de la roñosa silla.
Mis manos. Cristales clavados en la piel.
El chute de dolor corriendo por las venas como una droga sintética.
Más. Me acerco aún más. Quiero hablarle directamente al oído.
Y no va a ser en plan romántico—. Guárdate tus asquerosas frases para tus fans.
Las he escuchado más veces de las que puedo aguantar.
Sé que te refugiabas aquí, en la verdadera Casa Hueca.
Y que, de alguna manera, no me importa cómo, has encontrado la mágica receta para hacer realidad cualquier cosa que escribieras.
Me dibujaste en tu novela y me diste acceso al mundo de los sueños únicamente para aparecerte en ellos con esa maldita máscara de buitre.
Me has amenazado, empujado y acosado. Has creado un pueblo sin nombre, un viejo salido sin párpados, sectas extrañas, ídolos de pico y plumas.
Has usado el nombre de tu padre en vano y jugado con el espíritu de un niño que a saber si fue o no tu amigo, porque no me creo nada de lo que sale de la boca de un escritor.
Has maltratado de todas las maneras posibles a la doctora, provocaste el accidente en el que murió mi querida Gloria…
—Hago una pausa para tomar aire. Esteban permanece inmóvil, la estatua de piedra que algún día le gustaría contemplar, erigida a su propia figura—.
Y, por encima de todo, has hecho que sirvan un café asqueroso en el bar.
Estoy temblando.
Yo, la insensible, la que detesta a (casi) todo el mundo.
Esa a la que llaman el demonio.
Estoy temblando junto a la persona que va a acabar con mi vida. Tal vez sea lo justo. Porque es la misma que me la dio. Aunque no lo tengo muy claro aún. Cómo coño va a alumbrar un desgraciado así a un personaje de novela como yo.
El escritor sigue sin reaccionar. Es mi oportunidad. Podría apretarle el cuello con mis manos hasta negarle la respiración. No. Se resistiría. Es mucho más fuerte. Debería buscar otra manera. Algo más rápido.
Esteban revive. Mueve de nuevo las manos sobre la máquina. Y comienza a hablar.
—Yo solo escribo, Lucía. Ya te lo he dicho. Te estás equivocando de villano.
—Ni siquiera ahora vas a reconocerlo, ¿verdad? Hay tantas pruebas que…
—¡No soy un asesino! —interrumpe mientras hablo.
Odio que me dejen a medias. El sonido de las teclas retumba en mis oídos. Es un ritmo tribal. Un canto que invoca a viejos dioses. La banda sonora del adiós. Esteban escribe. Y a la vez que escribe, pronuncia en voz alta cada frase.
Y cada frase se cumple al instante.
—Lucía se sabe al límite de sus fuerzas.
Se asoma al precipicio al que la han abocado las pastillas, los porros, la deriva de su propia vida de mierda y el shock de haberse dado cuenta de que tal vez, solo tal vez, podría llegar a querer a alguien.
Examina la palma de sus manos. Aparecen ajadas, cubiertas de sangre.
Hay un trozo de cristal clavado justo en el centro de la mano derecha.
Suspira antes de arrancarlo con firmeza.
Un chorro de sangre, como una poderosa eyaculación, salpica al escritor, que se afana en la tarea de terminar la novela que tantos quebraderos de cabeza le ha dado.
No me lo puedo creer. Va a escribir justo lo que estoy pensando. Y yo no voy a negarme a ejecutar sus órdenes.
—Es el momento de que Lucía vuelva a disfrazarse de aprendiz de psicópata como en aquella basura de película, a la postre, su mayor logro.
Es el momento de que Esteban ponga el punto y final con tinta escarlata.
Es el momento de que el demonio grite de una vez por todas que odia que la dejen a medias.
Lucía sopla su pesado aliento sobre la nuca del escritor.
Su brazo se extiende hasta alcanzar la desnuda garganta.
Entonces, aprieta. Y arrastra. Lucía dibuja un tajo tan certero que abre la ardiente gruta de un dragón recién despertado de una siesta de cien años. Así…
Esteban deja de pronunciar palabras. No es su culpa. Nadie podría hacerlo con la garganta convertida en un surtidor de sangre. Así que se conforma con expulsar horribles borboteos. Y a pesar de todo, antes de caer inerte sobre la vieja máquina de escribir, logra terminar las dos últimas frases:
«Así es como acaba la historia. Así se desangra el escritor. Solo falta que el demonio se dé cuenta de quién es en realidad».