La casa hueca 38. Esa página en blanco
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38. Esa página en blanco

El calor líquido lame mi frente. Voy a poner perdido de sangre el salpicadero.

Nunca pensé que hundir la cabeza en un airbag doliera tanto.

Por no hablar de esa puñalada que pretende atravesarme el pecho al respirar.

Igual tengo alguna costilla rota. No es mal negocio.

El abrazo asfixiante del cinturón de seguridad a cambio de seguir con vida.

A mi lado no hay nadie. Siento un escalofrío. Es el aire congelado de la noche atravesando el parabrisas. Se cuela sin tregua por el hueco abierto en el cristal.

El hueco tiene la forma de Gloria.

Salgo del coche. Doy unos cuantos pasos hacia atrás. Quiero tomar perspectiva. Así puedo observar con claridad la escena del accidente. Así puede observarme el accidente a mí. Y así, me temo, hay ahora mismo una, dos, mil personas que contemplan todo esto desde la calidez de sus hogares.

Observan. Leen.

Gloria.

Localizo su cuerpo inerte a unos pocos metros de aquí. Me acerco de puntillas, sin hacer ruido, como si estuviera durmiendo. Como si no quisiera despertarla.

Como si no quisiera despertarte. Me imagino que sigues viéndola.

Ahora, incluso, más cerca. Arrodillada ante la madeja de miembros en la que te has convertido, me concedo abrazarte sin pedir permiso.

Así detengo las manecillas del reloj. Me baño en tu olor dulce por última vez.

Barnizando con él mis recuerdos más húmedos, como si de esa manera pudiera preservarlos para siempre cual mosquito atrapado en una burbuja de ámbar.

También rebusco en los bolsillos de tu pantalón.

Localizo tus pertenencias más preciadas.

Ya no las vas a necesitar. Abro el estuche, tomo un porro, el último que quedaba.

Me lo llevo a la boca. La chispa del mechero es una bengala de socorro que incendia la noche.

Es la última vez que me invitas a fumar. Es la primera vez que me coloco mientras sangro. Mientras lloro como un cachorro sin madre.

Gracias por todo, Gloria. Si en el más allá te entra el mono, pídele a la muerte que te convide.

Me despido con un beso. Pienso en tus labios.

En todos ellos. Tomo otra calada mientras me incorporo.

El frío de la sierra abre surcos en mis mejillas.

Diviso una columna de humo a unos cuantos metros.

Voy a ver cómo está el otro accidentado.

Este pueblo es un hervidero de sucesos.

El olor a gasolina engrasa mis pulmones. Veo las luces de posición traseras del Talbot Horizon.

Que ahora es, a secas, un Horizon. La parte del Talbot y el conductor psicópata se han comprimido como un acordeón tras el golpe.

El golpe con la nada.

Porque eso es lo que hay más allá. Nada. La frontera con el vacío, un final abrupto, un «hasta aquí hemos llegado». Es como si el mundo acabara aquí. Como si más allá de la niebla no hubiera nada escrito.

Como esa página en blanco con la que Esteban tantas veces se ha peleado.

Estoy agotada. Decido sentarme sobre el asfalto, junto a los restos del accidente. Las piernas cruzadas. Los puños cerrados. El corazón haciendo cardio. Mis labios succionando. Apurando a maría antes de que termine de correrse.

Menudo colocón. Miro a mi alrededor. Quiero encontrar un asidero al que agarrarme para no caer de un mundo que solo sabe dar vueltas y vueltas.

Deslizo la palma de las manos por la pegajosa piel de mi frente.

La sangre. La sangre manchándome los dedos.

Mi sangre. Aunque ya no. Ya no es mía. Ha escapado de mi cuerpo. Ya no responde ante nadie.

Suena el móvil. ¿Ha vuelto la cobertura? A buenas horas. Me pregunto quién será. Sea quien sea, llega tarde. Saco el teléfono del bolsillo. Apenas puedo enfocar la vista. Todo está borroso. Así deben ver la realidad los miopes.

Descuelgo.

Quiero preguntar quién es. Solo sale un borboteo.

Es lo único que mis labios consiguen emitir.

Del otro lado del auricular llega una voz de hombre.

Me pregunta dónde estoy. Mataría por conjurar unas cuantas palabras malsonantes.

Para variar. Finalmente, invirtiendo un puñado de fuerzas que recupero de algún negro abismo, le susurro:

—Dónde voy a estar, Esteban. Aquí, atrapada en el final de tu puta novela.

Arrojo el móvil contra el duro suelo. Suena a roto. Tropas de tinieblas lo celebran. Danzan de puro júbilo. La pantalla del teléfono parpadea un par de veces antes de expirar sin despedirse de mí.

Yo tampoco me despido de nadie. No tengo de quién hacerlo. No hay luces. No hay viento. No hay ruido.

Todo parece apagarse.

El engranaje del tiempo chirría de puro hastío mientras gira, gira y gira.

Y gira hasta que se detiene con un bufido de vapor. Entonces se enciende.

Un destello anaranjado. Una corriente de aire. Un sonido que me resulta familiar.

Procede del muro de niebla.