37. Se nos ha hecho de noche
Huimos de aquel quirófano de pesadilla. Percibo por última vez el olor a desinfección. Al pasar entre la gente de la sala de espera ocurre algo surrealista. Se ponen de acuerdo. Aplauden. Todos a una. Como si aquello formara parte de una función.
Va a ser que nos dirigimos hacia el último acto.
Ayudo a Gloria a volver al automóvil. Esta vez lleva el rostro al descubierto.
Se nos ha hecho de noche. La luna anda de vacaciones.
Su mirada de gasolinera, abierta veinticuatro horas, está a salvo de luces afiladas.
Y, aun así, la veo sufrir. No me hago una idea de cuánto deben dolerle los ojos, resecos como pasas.
Es una niña pequeña, aterida por culpa de ese frío seco que solo el horror sabe conjurar. Es una anciana que tiembla de arriba abajo y ya no puede valerse por sí misma. Es ambas cosas a la vez. Son tan parecidas.
—Voy a sacarte de aquí, Gloria. Confía en mí, joder.
Tras soltar la enésima frase de coach barato que no sirve para nada, enciendo el navegador del móvil.
Busco hospitales cercanos. Pero el GPS no funciona.
Imposible conseguir datos para acceder a la red.
Está claro que no hay conexión más allá de los dominios de Esteban.
Y por allí no voy a volver. Apuesto todo, una vez más, a mi orientación de boy scout novata.
Doy unas cuantas vueltas por el pueblo hasta que encuentro una bendita indicación.
Vaya por aquí si quiere salir. O entrar.
Solo hay una vía de acceso. Una única manera de escapar.
Con vida, me refiero. Estoy deseando dejar atrás este lugar de pesadilla e iniciar el descenso de la montaña.
Cuando tenga conexión de nuevo buscaré un sitio donde puedan curar a Gloria.
Espero que no sea demasiado tarde para ella. Que no lo sea para mí.
Ya distingo el cartel. El típico letrero con el nombre del pueblo tachado con una línea roja.
Solo que no hay nombre. ¿Por qué nunca me he preguntado cómo se llama el maldito pueblo?
¿Es que acaso no existe? Llevo tanto tiempo haciéndome preguntas sin respuesta que, a estas alturas, me resbala por completo.
Tomamos la carretera nacional. El sudario oscuro de la madrugada nos envuelve. No puedo conducir todo lo rápido que quisiera. Las cuestas son pronunciadas y deben de llevar años sin recibir cariño. No hay ni una sola farola en todo el recorrido. Demasiado hago con tratar de no despeñarnos.
—La veo.
A tomar por culo el pueblo.
—No dejo de verla.
A tomar por culo todo.
—Lucía.
—Qué.
—Sabes que no podremos salir nunca de aquí, ¿verdad?
Observo de reojo el espanto esculpido sobre el rostro de Gloria.
Ese estado de alerta permanente. Ese póster de película de miedo ochentera.
Y comprendo sus palabras. No tendría sentido que Esteban hubiera previsto la posibilidad de rematar con un final feliz.
¡Feliz! ¿Cómo podría serlo? Esto es una novela de terror.
Su novela. La que lleva escribiendo desde hace semanas.
Esa que componía bajo telarañas y manchas de humedad.
Engendrada, mil veces abortada y finalmente parida dentro de ese útero de sombras que es la Casa Hueca.
Final feliz. Venga ya.
Si ahora lográsemos alejarnos de su maligno influjo, su vástago no sería digno de un matrimonio tan infernal. Pues yo lo siento por él, pero no pienso regresar a la sierra maldita. Voy a llevar a Gloria a que la atiendan. Y nadie me lo va a impedir.
Ni siquiera esa marea de niebla que, de súbito, se levanta ante nosotras como una muralla imposible de escalar.
Piso el pedal de freno. Con mesura, no a fondo. No soy tan estúpida. Que voy pendiente abajo. Que el velocímetro pasa de los cien kilómetros. Que basta un pequeño desliz para que el coche pierda el control y nos traguen los abismos de la nada.
«Cuando te pones al volante eres todo un peligro público».
Que no, Esteban. Puedes tragarte tus putas palabras. No voy a estrellarme. Por mucho que lo intentes.
Un fulgor blanco aparece en el retrovisor del salpicadero. El espejo se me antoja una pantalla donde se proyecta una película experimental. Un vehículo se acerca a toda velocidad. Luces largas. Me va a deslumbrar. Aparto la vista del retrovisor. Le pido a Gloria que se cubra los ojos.
«Cúbrete los ojos».
La niebla sigue creciendo en intensidad. Muta rápidamente. Se hace más fuerte, más densa, más grande. Y el coche se acerca y se acerca. Tanto que se pone a mi altura. No sé de dónde habrá salido. Lo que sí sé es la marca y el modelo. Son inconfundibles.
Un Talbot Horizon de color blanco.
Quien quiera que vaya al volante preserva su identidad tras un velo impenetrable. Conduce en paralelo a nosotras. No tiene problemas en mantener la misma velocidad que mi vehículo. Ni problemas ni vergüenza. Tragamos unos cuantos metros de asfalto bacheado.
Hasta que el conductor decide hacer algo distinto.
Con un suave giro de volante se abalanza contra mí.
El chirrido de las carrocerías rozándose una con otra me recuerda a dos cuerpos puliendo sus pieles de tanto frotarse.
Contrarresto como puedo la inercia del coche para no salirme de la carretera.
Maldita sea, Esteban. Estás empeñado en poner a prueba mis habilidades de conducción.
No hay nada peor que un escritor con buena memoria.
Da igual que el tiempo devore la realidad.
Acabará plasmando en algún texto aquello que compartió contigo.
Cualquier cosa que digas podrá aparecer en mi próxima novela.
Puta camiseta.
Debía haberlo previsto. Ya habíamos recorrido el alambre de espinos que conectaba todas las historias de Esteban.
El extraño embrujo de La Casa Hueca. La secta del alimoche de En las fauces de la demencia.
La pasión desenfrenada entre dos mujeres de En otra piel.
Solo quedaba una por aparecer. El loco que conduce el Talbot Horizon en Conductor psicópata se ha hecho esperar. Pero ahí está.
Estuvo desde siempre.
Apuesto a que era el encargado de alimentar al ambulatorio del pueblo con tullidos accidentados. Y ahora tiene una última misión. Acabar con el fuego que ha surgido entre Gloria y yo.
¿Lo he dejado atrás?
He pisado a fondo durante unos cuantos metros. Ya no aparece en el retrovisor. Con suerte se habrá salido en alguna de las curvas asesinas. Estoy harta de esta especie de intestino que recorre la pétrea piel de la montaña. No debería quedar mucho para dejarla atrás.
Y de repente, la niebla es un monstruo que se agiganta y lo cubre todo. A mí no me queda otra que aminorar. La pendiente se hace más pronunciada. Va hacia abajo. Hacia esa nada que soy incapaz de ver.
—La veo —Gloria. Otra vez.
—Pues dile de mi parte que no me espere despierta.
—¿No quieres verla, Lucía?
Joder, Gloria. Menudo escalofrío. Me ha atravesado de punta a punta.
Y cada vez tengo que ir más despacio. No se ve nada.
Nada. Reduzco. El velocímetro apenas rebasa los veinte kilómetros por hora.
Reduzco. Hasta las sombras me adelantan, me escupen al pasar y me sacan el dedo por la ventanilla. Reduzco.
Y aparece.
Aparece de nuevo.
El Talbot Horizon viene embalado. A toda pastilla.
Su destello luminoso devora la carretera.
Es una bala de cañón con un objetivo muy claro.
Partirnos en mil pedazos. No quiero acelerar.
Quién sabe lo que me espera más adelante.
No sé cuánto le queda a esta recta que ya dura demasiado tiempo sin curvarse.
Tampoco puedo mantener esta velocidad. Así que decido virar el coche unos noventa grados y pisar el freno con suavidad hasta detenerme. Y eso me hace feliz.
—La veo.
Qué importa que sea una mala decisión.
—No dejo de verla.
La peor decisión, tal vez, de cuantas se hayan tomado desde que alguien le puso nombre a este cruel mundo.
—La veo.
Pero es mía. Decido yo. Yo y nadie más. ¿Te enteras, Esteban? Soy libre.
—No dejo de verla.
Cuando apenas restan un puñado de segundos para el impacto, piso el acelerador a fondo. El chirrido empequeñecería a una manada de lobos aullando a una luna de sangre. Apesta a neumático quemado. El coche retrocede por un instante, únicamente para salir poco después disparado hacia delante.
—Ya viene, Lucía. Ya está aquí. Y quiero irme con ella.
El Talbot llega tan rápido que no tiene tiempo material para rectificar. Pasa de largo. Siluetas de humo gris escapan por el tubo de escape. Anuncian su gran error. Entonces lo escucho.
Clic.
No. No, no, no. Gloria, qué coño haces.
Tengo que frenar. A fondo. Esta vez sí. Y, a pesar de ello, me empotraré contra el talud de montaña.
No hay tiempo ni distancia para evitarlo.
Rezo porque el cinturón del coche haga su trabajo.
El mismo que Gloria acaba de desabrocharse.
Extiendo el brazo hacia su asiento para tratar de agarrarlo.
No atino. Mi propio cinturón me lo impide.
Estás completamente loca, joía.
Segundos antes de que choquemos, el Talbot Horizon se estrella.
Dirijo la mirada hacia mi izquierda. A través del cristal compruebo fugazmente que el vehículo infernal de Conductor psicópata se ha convertido en un amasijo de metal.
El impacto ha debido de ser terrible. ¿Impacto contra qué?
¿Contra quién? Es como si el banco de niebla se hubiera solidificado ante él.
Escucho la voz de Gloria. Dice:
—Auf wiedehersen, Frau, deren Name nicht Gloria ist.
Siempre he pensado que el alemán es un idioma en el que todas las frases suenan a insulto.
Ya es nuestro turno. La colisión es inminente. Cierro los ojos.
«Cúbrete los ojos».