36. Una calabaza a la que se le saca la pulpa
Soñar. Me he tirado media vida fantaseando con lo que debe de sentirse al hacerlo.
Generar imágenes que no existen. Pulsar el botón de encendido de la máquina para dar comienzo al proceso.
Acomodarse en una butaca onírica. Ver una película de guion imprevisible con un reparto que mezcle a personas conocidas y ficticias.
Degustar la barra libre de porros con maría de calidad. Por la mismísima cara.
Una noche llegó el hombre de la máscara de buitre. Y ocurrió el milagro. Empecé a soñar. Fueron tres ocasiones. Todas imposibles de olvidar.
Lo que se adivina entre la tiniebla de la sala del ambulatorio podría pertenecer a otro sueño. No estoy segura de que sea así.
La linterna del móvil dibuja los contornos de la doctora, recostada sobre una silla, operándose a sí misma.
Retuerce los brazos en ángulos imposibles, como si todos los huesos estuvieran rotos por innumerables partes.
Hay un cráter en la parte superior de su cráneo.
Una ventana tras la que se vislumbran las palpitaciones del cerebro, removiéndose inquieto en el interior de esa maceta de piel y hueso.
Manos ensangrentadas hurgan en la abertura.
Con decisión. Como si supieran perfectamente lo que hacen.
Y aunque no soy capaz de distinguirlo, diría que sus dedos recorren las circunvoluciones como si quisieran trazar la ruta de salida de un laberinto demencial.
Eso es lo que se adivina entre la tiniebla. Podría pertenecer a otro sueño. Claro que sí. Pero dudo que la mente humana sea capaz de parir algo tan obsceno, tan doloroso, tan enfermo.
—La veo.
¿Y si mi mente fuera capaz?
—No dejo de verla.
Gloria repite su frase favorita. Sé que se refiere a la muerte. Dudo que esa extraña entidad que solo ella es capaz de ver supere en horror a lo que se dibuja en la habitación.
Mientras tanto, la doctora ya ha reparado en nuestra presencia.
Debo haberla deslumbrado con el chorro de luz del móvil.
Ella decide poner en pausa su intervención quirúrgica.
Con un gesto me pide que oriente hacia otro lado la linterna.
Le hago caso. Por deferencia. Ya debe de estar sufriendo bastante. Es entonces cuando comienza a hablar.
—Lo encontró, ¿verdad? El cadáver de mi niño. Estaba allí, en la Casa Hueca, escondido durante tanto tiempo. Sabía que lo lograría, Lucía Jara.
Su voz cavernosa no consigue ocultar el espantoso chapoteo que suena cada vez que hurga entre sus sesos.
—Ahora sé que Pedro puede descansar tranquilo. Me alegro de que sea así, por mucho que hayan pasado tantos años de sufrimiento, de vagar entre limbos, de luces fantasmagóricas, de madrugadas insomnes.
Trato de hablar. Querría cortar ese discurso frío de lápida mortuoria.
Decirle cuatro cosas. Que con el estado tan lamentable que presenta no debería invertir tanta saliva en piropos.
Que no lo hice por ella. Ni por el niño.
Que lo convertí en algo personal. Un desafío.
Una forma de demostrarme cosas a mí misma.
Y al final, ¿para qué? Para acabar desgraciando a mi nueva amante.
Si es que toda esa gente estaba en lo cierto. Soy un demonio.
Querría decir de una puta vez todo lo que pienso.
Y nada más abrir la boca, me saltan todas las alarmas. Distingo un brillo velado entre sus manos.
—Ha logrado salvar a Pedro —musita—. Pero yo no tengo salvación, Lucía Jara. Le dije que aquí, en este pueblo, nada caía en el olvido. Nada.
La luz del móvil confirma mis sospechas. La doctora empuña un bisturí.
—No se hace una idea de lo harta que estoy de masticar recuerdos.
Alza el brazo sobre su propia cabeza.
—Esta es la única manera que se me ocurre de acabar con ellos.
Y lo deja caer con violencia.
El bisturí se cuela por el hueco del cráneo y se hunde en el cerebro con facilidad.
Vuelve a alzar el brazo. Vuelan salpicaduras del color de la desgracia.
Y repite la operación. Así es como la doctora extirpa su dolorosa memoria.
Así es como mi mente materializa la imagen de una calabaza a la que se le saca la pulpa.
Así es como caigo de rodillas y me doblo hasta romper en vómitos.