35. Recuerdo la sangre
Hay aparcamiento de sobra en la puerta del ambulatorio.
Era imposible llegar hasta aquí con Gloria en brazos.
Ya me costó horrores cargar con ella al regresar por el laberinto de la Casa Hueca.
En varias ocasiones creí escuchar ese asqueroso zumbido de mosca pisándonos los talones.
Solo nos sentimos a salvo al cruzar de nuevo el espejo.
Tras bajar las escaleras, se me ocurrió una idea.
Decidí robar las llaves del coche de Esteban antes de abandonar la casa.
Verás cuando se entere. Espero que lo incluya en su maldita novela.
Si es que no lo ha hecho ya.
Gloria.
Durante el trayecto parece haber vuelto en sí.
Aunque apenas balbucea palabras sin sentido.
Se queja de que la luz le hace daño. Y eso que la tarde está a punto de morir y las tinieblas de la noche ya afilan sus dientes.
Me he quitado el jersey y le he cubierto el rostro con él. Creo que está gimiendo.
Gloria, joder.
—La veo. No puedo dejar de verla.
Eso es lo único que dice. Y aunque sea una pregunta retórica, digo:
—¿A quién ves?
Pero ella no contesta. Se limita a apretar el jersey contra el rostro, a mancharlo de sangre, a esparcir el terror que no deja de germinar en mis venas.
Y a repetir ese terrible salmo:
—La veo. No puedo dejar de verla.
Apago el motor. Se encienden las luces del interior del coche.
Me da pánico descubrir las facciones de Gloria.
Lo hago. Dios. Veo sus ojos. Sus ojos me ven.
Carecen de párpados. Rezuman sangre. Hay un abismo de confusión en su mirada.
Es como un recuerdo borroso. El negativo de una fotografía maldita.
El café de sus pupilas se evapora a raudales.
Qué es lo que han hecho esas lunáticas. Gloria se derrite entre sollozos.
Me implora, me ruega y me suplica que apague esa luz.
Cúbrete los ojos. La luz la está matando.
Cúbrete los ojos. Ya me lo advirtieron. Cúbrete.
Los. Putos. Ojos. Pero yo no advertí a Gloria. Tampoco pude impedir que la apresaran.
Joder.
Salgo del coche y lo rodeo para coger a Gloria en brazos y llevarla al interior del ambulatorio.
Tal vez saque algo bueno de todo esto. Acabaré poniéndome en forma.
Solo tengo que sobrevivir. Poca cosa. Ella quiere caminar esta vez.
Se apoya en mi hombro. El rostro tapado con el jersey.
Paso a paso me convierto en su lazarillo. Y entramos.
La sala de espera se encuentra atestada de vecinos. Un molesto murmullo lo inunda todo. La última vez se palpaba una quietud de camposanto. Ahora estamos en el primer día de las rebajas de enero.
Qué rabia. Estoy que muerdo. Y ya no es por la gente del pueblo en particular, que también. Son las multitudes, que terminan por ponerme de mala leche. Primera lección del autoconocimiento: liarte a hostias con tus fobias.
—¿Hola? —pregunto a nadie en particular—. ¿Quién atiende aquí?
Los pacientes siguen conversando entre sí como si nada. No hay reacción. Es como si fuera muda o invisible. ¿Y dónde está el celador del bigote cuando se le necesita? Me toca levantar la voz, ¿verdad?
Pues vamos allá.
—¡Eh! ¡Cabrones! ¡Mi amiga está herida! ¿No va a ayudarme nadie en este maldito lugar?
Algunos levantan la mirada. Dos o tres, no más. Otros susurran, ríen por lo bajo o resoplan. La mayoría sigue ignorándome como si no le importáramos lo más mínimo.
Ojalá fuera como Bárbara, la aprendiz de psicópata.
Sacaría el cuchillo de mi bota, su habitual escondite.
Luego, me abalanzaría sobre uno de ellos.
Cualquiera. Y rajaría de lado a lado su garganta.
Mientras el paleto de turno tomara consciencia de que va a morir desangrado como un cerdo, yo saltaría al siguiente. Y luego otro, y otro, y otro más.
Ojalá fuera como Bárbara. La aprendiz de psicópata. La que acabó con su maestra. Recuerdo que me tomé muy en serio aquella escena.
Recuerdo la sangre.
No fue aposta. Solo un accidente. Un pequeño error de cálculo.
Pero tampoco fue para tanto. El cuchillo era de mentira. No era más que cine, joder. Es cierto que lo apreté con demasiada fuerza. Y que la garganta de la actriz terminó abriéndose por la presión. Es cierto, terriblemente cierto, que no volvió a hablar después de aquello. Pero ya está. No murió.
No murió.
Hay quien me acusó de ser un auténtico demonio. Tampoco fue para tanto.
El celador sale de su escondrijo. Por fin. Me dedica una mirada atiborrada de desprecio. Luego, armado con su indolencia acostumbrada y un toque de acidez, dice:
—Vaya. ¿Otro accidente de circulación? Pues ya es mala suerte. Juraría que apenas se ven coches circulando por el pueblo.
—Cállese. A mi amiga le han arrancado los párpados y no deja de sangrar.
—Oh. Entonces no ha sido conduciendo.
—He dicho que cierre la puta boca.
—Seguro que ha sido la secta del alimoche. Son peligrosos, ¿sabe?
Maldito pueblo de mierda. Están todos compinchados. Y Gloria, apoyada contra mi hombro, sigue quejándose. Como no la atiendan pronto, perderá la vista. O algo peor.
—Lléveme a la enfermería. Y avise a la doctora y…
Mierda, Lucía. Eres un auténtico desastre. ¿Es que no te acuerdas de lo mal que acabó la Rottenmeier la última vez que la viste?
—La doctora. —El celador del bigote se encoge de hombros—. Claro. Acaba de llegar hace un rato. Le atenderá con gusto. Venga conmigo.
No me jodas.
¿Y si lo que ocurrió en la iglesia fue todo producto de mi imaginación?
Quien dice imaginación, dice mezcla letal de porros y pastillas.
El celador me hace señas para que lo siga.
Camina a paso lento hacia el pasillo de paredes blancas.
Lo sigo. Siento cómo una multitud de pares de miradas se me clavan por todo el cuerpo.
Me encararía de nuevo con ellos, pero prefiero guardar fuerzas. No ando sobrada de ellas.
—Vamos, Gloria —musito con toda la positividad que soy capaz de rescatar—. Ya estamos ahí. Y tenemos suerte. Parece que la señorita Rottenmeier va a poder atenderte.
La sala al final del pasillo. Ahí es donde me lleva el celador. El mismo sitio en el que la doctora me quitó los puntos. La puerta está entornada. Gloria y yo rebasamos al hombre del bigote. Lo despacho con un leve gesto de agradecimiento. Luego, agarro el pomo y empujo hacia dentro.
Que la luz esté apagada no es buena señal.