La casa hueca 34. Gris
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34. Gris

Corro y atravieso pasillos que se empeñan en retorcerse como bocas rechinantes de puro sufrimiento y no dejo de toser cual fumador consumido por un cáncer de pulmón y bajo escaleras y subo peldaños y sigo corriendo y mis pies pisan el mismo suelo que ya han pisado minutos atrás, o tal vez horas, y caigo en la cuenta de que al emprender la desesperada búsqueda de mi compañera he mordido el mismo anzuelo de ponzoña que ya mordiera Pico y sé lo que eso significa, joder, por supuesto que lo sé.

Y corro.

Y no dejo de toser.

Y atravieso pasillos.

Y subo escaleras.

Y bajo peldaños.

Hasta que doy con la habitación. ¿Cómo la describía Esteban en la novela? Una bolsa para cadáveres. Eso era. Una sala en la que apenas se veía nada más que la propia oscuridad.

Activo la linterna del móvil. El chorro de luz deslumbra a los diminutos caminantes.

A ese ejército de hormigas pertrechado con antenas y corazas que entra y sale de una peculiar fortaleza en ruinas.

Fortaleza que no es más que una osamenta humana.

Los restos de un niño. Ese niño de alma gris, uñas grises, ojos grises y una boca rosada que perdió su color en cuanto esta maldita casa le arrancó la lengua, dejándole entre los labios un tenebroso abismo gris.

Aquí, en esta Casa Hueca, todo se antoja gris.

Me arrodillo junto al esqueleto de Pedro. Algunas hormigas quieren escalar por mis muslos. No me molestan. Que se diviertan un poco. Aprieto los labios, fuerte, muy fuerte, y ese gesto mágico hace que aparezca aquel que tiene el don de hacerlo cuando debe.

El espíritu del niño sin lengua también es gris, claro.

De qué color iba a ser. Tras repasar la suciedad de sus dedos, admira durante varios segundos los restos de lo que fue su cuerpo.

Asiente, o eso creo percibir. Camina entonces, uno, dos, tres dubitativos pasos hacia mí.

Para abrazarme. Para darme las gracias, supongo.

Lo siento, niño. Ya sabes que lo sé. Los fantasmas no tienen carne. Los fantasmas no existen. La carne se palpa, se acaricia, se golpea, se viola, se humedece. Eso es la existencia. Y tú no. Tú no existes. Ya no.

Así que no me abraces. Ni siquiera lo intentes. Es inútil. Y ya tienes lo que querías. Ahora, ayúdame tú. Dime dónde está Gloria.

Dónde coño está.

No te encojas de hombros. Borra esa sonrisa de pillo. Devuélveme el favor. Haz algo, joder. Ayúdame. Aunque no existas.

Extiende el brazo hacia mí. El niño que ahueca las manos en torno a los labios en forma de pico, el espíritu descarnado de Pedro quiere que le coja de la mano como la primera vez que me llevó a las puertas del bosque.

Ya te he dicho que es inútil. No puedo agarrarte después de saber lo que eres. Tan solo guíame. Camina y yo te seguiré.

Pico avanza. Lo sigo de cerca. Recorro el laberinto durante tanto tiempo que las guerras arrasan el mundo, el ser humano vuelve a descubrir el fuego, las constelaciones mutan y Adán y Eva se reencarnan únicamente para echar un polvo de reconciliación. Y justo después de todo eso, lo encuentro.

Encuentro lo que buscaba.

Estoy en una sala amplia. Se me antoja muy parecida a la biblioteca de la casa gemela. Pero aquí no hay estanterías ni libros. Y el color que impera no es el blanco.

Aquí, en esta Casa Hueca, todo se antoja gris.

Gris congoja, gris pérdida, gris resaca.

El gris de las cenizas de la hoguera donde se consumen los anhelos de este mundo.

Las paredes son grises, al igual que el techo, y de este cuelga la cuerda gris que aprisiona los pies de la pareja de mujeres muertas, ladronas de nuestros propios rostros.

Grises, casi negras, son también las túnicas de la secta del alimoche.

Sus miembros se disponen en el otro extremo de la sala.

Forman un círculo perfecto en torno a una mesa de madera gris donde se retuerce el cuerpo de Gloria, con brazos y piernas inmovilizados.

Y con el corazón embistiendo contra la cárcel de costillas, loco por escapar. Futuro gris el suyo. Muy gris.

La mesa posee una especie de cabecero al que se aferran las garras de un imponente buitre.

Apuesto a que es mi amigo. El del bosque de pinsapos.

Mientras contemplo la escena, vuelve a ocurrir.

El mazo del dolor percute. Trata de abrirse paso por la bonita grieta que circunda mi ceja.

Y ya no me queda pastilla alguna que llevarme a la boca.

Las vomité todas. Ni siquiera tengo a mano uno de esos porritos milagrosos de Gloria.

Maldito alimoche. ¿Será verdad eso que cuentan?

¿Tendrá ese pajarraco la llave que abre las puertas de la muerte?

¿O es todo una patraña, un cuento de misterio para no dormir, una de tantas mentiras que suelen contar los free tours en cada ciudad invadida por ese turismo ciego que lo arrasa todo?

Me gustaría pensar. Todo esto es acojonante.

Transito por un puñado de historias de miedo cuyo nexo no alcanzo a comprender.

Esteban sí. Esteban lo sabe. Sabe cómo unir los grises designios de una casa maldita, la podredumbre que infesta los huesos del niño que aquí se perdió, la misteriosa guía de este pueblo donde todo lo perverso confluye y un grupo de almas encapuchadas que ansía revelar los secretos de la muerte con la ayuda de un buitre autóctono de la sierra que echa de menos dedicarse a buscar carroña entre pinsapos y matojos.

Esteban sí.

Esteban las une a través de sus putos libros.

Me gustaría pensar, pero no tengo fuerzas ni tiempo. Y Gloria tiene aún menos tiempo que yo. Por suerte, nadie parece haber reparado en mi presencia.

Hasta que el timbre de mi teléfono móvil resuena con un eco atronador. Como si alguien le hubiera subido el volumen al máximo. Tan oportuno, tan previsible como todos los puntos de giro de una mala película.

O de una mala novela.

¿No eran esos los defectos que los críticos les sacaban a los libros de Esteban?

Al intentar apagar el dichoso móvil, mis dedos se convierten en gruesos y torpes sarmientos. Pulso el botón verde en lugar del rojo. Y eso conlleva que, quienquiera que sea el desgraciado que ha decidido llamarme en el peor de los momentos, tenga la oportunidad de decirme lo siguiente:

—Te has librado. Al final no serás tú la que mire a la muerte, sino tu amiga.

Deprofundis. Maldito seas tú también.

—Déjate de gilipolleces y échame un cable, joder —susurro sin perder de vista a los de la secta—. ¿Cómo saco a Gloria de ahí?

—¡Ja! Seguro que te las arreglas. Al fin y al cabo, llevas años al lado de un puto escritor de novelas de terror. Estás acostumbrada a las cosas extrañas.

Y cuelga.

Y Gloria, porque ese alarido que acaba de sonar es suyo, debe de estar ya saludando con dos besos a la parca.

Porque dudo mucho que haya podido cubrirse los ojos.

Debería ir a por ella. Arremeter contra las amortajadas.

Total, cuántas son. ¿Diez? ¿Quince? No es para tanto.

Si todo esto lo está escribiendo Esteban, estoy segura de que no sería la escena más descabellada de toda su obra.

Vale. Se me acaba de ocurrir una idea. Y tiene que ver con algo que guardo en mi bolsillo.

Lo agarro con fuerza para sacarlo de su escondrijo y depositarlo sobre la palma de mi mano derecha. Frío, rugoso, duro.

La lengua petrificada del niño.

Fría, rugosa, dura.

Juraría que no volví a recogerla cuando la arrojé contra el espejo del baño. Pero vamos a pensar que sí. Que lo hice. Que algo me dijo que la necesitaría en el futuro.

Ya es el futuro. Y Gloria sigue gritando como una descosida. Si esto va a servir de algo, que sea rápido.

Pico reaparece a mi lado. Rápido, muy rápido.

Me arrebata de la mano la lengua y se la mete en la boca.

Y le da vueltas. La enrosca en el orificio bucal como una bombilla.

Hileras de hormigas huyen despavoridas de entre los labios.

Observo el rostro del fantasma y en él distingo una sonrisa que precede a un grito.

Pico aúlla con la fuerza y la desesperación con la que se despierta de una pesadilla.

Como si sus cuerdas vocales se hubieran transformado en las de una guitarra a punto de desangrarse.

Las de la secta se giran hacia nosotros a la vez. En perfecta sincronía. Una gigantesca masa informe. El buitre alza el vuelo. Despliega las enormes alas para tomar impulso y planear en nuestra dirección. Las figuras amortajadas abandonan a Gloria. Ahora tienen un nuevo objetivo.

Ya vienen. Todos.

Es entonces cuando por primera y última vez escucho la voz del niño.

—Sálvala. Y tápate los oídos.

Dios mío. Ojalá no la hubiera escuchado. Ojalá pueda olvidarla algún día.

Le hago caso. Así que Pico vuelve a gritar. Y los de la secta se detienen en seco, ensordecidos por tan espantoso sonido. Hasta el buitre interrumpe su vuelo para caer redondo al suelo, muy cerca de nosotros.

Pero yo ya no estoy ahí. Llevo corriendo un par de segundos. Corro hacia ella. Ella está sola. Sobre la mesa. Una máscara de sangre espesa y oscura embadurna su rostro.

Hijos de puta.

Voy a decirle algo, pero Gloria no va a escucharme. Está inconsciente. Así que la cojo en brazos y recorro el camino inverso al que hice para llegar hasta aquí.

Y es en ese momento cuando decido maldecir mi propia estampa. He descubierto, casi al borde de la asfixia, que mi arsenal de insultos se queda corto, muy corto, porque, joder, sigo sin estar en forma.