La casa hueca 33. El espejo es la respuesta
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33. El espejo es la respuesta

Gloria cierra el libro. El gesto artificial se difumina. Vuelve a ser ella. Y dice:

—Por cierto. Tu adivinanza. Creías que no te escuchaba, ¿eh, joía? Ya te vale. —Ya me vale—. Todo lo que ves al mirarme es tuyo. ¡Está chupada! El espejo. El espejo es la respuesta. ¿Qué te apuestas a que tiene relación con lo que acabo de leer?

Venga ya.

Conque he estado equivocada todo el tiempo. Esta no es la Casa Hueca. No fue aquí donde el pobre Pico se perdió para siempre.

El espejo.

—Está bien, Lucía. Lo pillo. Ya voy yo.

El espejo es la respuesta.

—¿Sabes lo que ocurre cuando, día tras día, le cuentas a los guiris las mismas leyendas y los mismos misterios de mierda? Que terminas por aborrecerlos. Ya no me creo nada.

No te creas ni una palabra de un escritor.

—Así que este espejo, mágico, lo que se dice mágico, no creo que sea. Seguro que si pruebo a palparlo acabo encontrando algún tipo de…

Clic.

Gloria logra activar el mecanismo. Suena un leve chirrido. La hoja de cristal se desplaza sobre un par de bisagras incrustadas en el marco del espejo. Tras ella se deja ver un hueco atiborrado de negros temores. La Casa Hueca, la de verdad, nos espera tras el umbral.

Susurro:

—Tú primero, Alicia. Yo te cubriré.

—Si yo soy Alicia, ¿tú quién eres?

—¿Yo? Siempre me gustó el papel del sombrerero.

—Cómo no. —Gloria agita la cabeza. Dibuja una negación en el aire, pero en realidad es un sí—. Estás tan loca como él.

Un sí rotundo.

—Claro que estoy loca. Loca del coño. Por ti. Y por tu culpa.

Antes de cruzar el espejo, la guía se apoya sobre el marco para regalarme una sonrisa.

No sé por qué, pero ese gesto inicia una serie de latidos a contratiempo en mi corazón.

De repente me invade una corriente eléctrica a la que llamaré miedo.

Y no hablo del miedo a las mujeres colgadas de un pie que golpean una y otra vez la pared, o a la posibilidad de que Esteban aparezca en cualquier momento, armado, por decir algo, con un hacha.

Es el miedo a perder lo que nunca creí que volvería a sentir.

Es, cómo decirlo, una putada muy gorda.

—Menudo asco —suelta Gloria desde el otro lado—. No sé si tu novio será un psicópata, pero lo que está claro es que muy escrupuloso no debe ser.

Voy. Me encojo mientras aguanto la respiración.

Es poner un pie en la Casa Hueca y sentir el primer escalofrío.

De un tirón. Y no lo provoca ninguna presencia diabólica.

No. Es la humedad. La peste a cerrado. La conquista de los hongos.

Me froto los brazos como si así pudiera deshacerme de esa repulsiva pátina que ansía adherirse a mi piel.

Esta sí.

Esta es la guarida del escritor.

—Dios mío, Lucía. Esto se parece a lo que imaginabas, ¿verdad?

Telarañas llenas de cadáveres de insectos como cortinas de diseño.

Pelusas polvorientas cosidas unas a otras como alfombra persa de baratillo.

Una mesa que sirve de alimento a ejércitos de carcoma.

Una máquina de escribir idéntica a la que luce como objeto decorativo en la biblioteca.

Una bombilla mugrienta colgando del techo cuya única finalidad es alumbrar todo tipo de atrocidades.

Claro que se parece a lo que imaginaba.

—Por eso quería venir aquí —explico mientras me afano en respirar lo justo y necesario para no desencadenar una tormenta de toses—.

Esteban debe de estar convencido de que no existe otro lugar en el mundo donde conjurar la inspiración.

Cada mañana, tras encerrarse en su despacho, lo que hacía en realidad era cruzar el espejo y sentarse a escribir en esta apestosa sala.

Espera, ¿qué es esto?

Hay unas láminas desparramadas por el suelo, rodeando el escritorio de Esteban.

Me agacho para recogerlas. No pretendo derrotar a la poderosa anarquía que domina la escena.

Es simple curiosidad. Hay algunas hojas escritas a lápiz.

Notas tomadas por Esteban cuya letra de médico borracho me cuesta comprender.

Engranajes de su maquiavélico plan para volver al estrellato de la literatura de terror.

Entre ellas, una página convertida en un gurruño, toda arrugada, como si la hubieran desechado.

Al extender el papel compruebo que hay un par de párrafos mecanografiados:

El escritor descargó una tormenta de puñetazos sobre la puerta. Podía oler el miedo que destilaba la mujer al otro lado. Había cometido un error, pero no estaba dispuesto a que descubrieran su plan. Tenía que acabar esta farsa como fuera.

Golpeó y golpeó, pero ella seguía resistiendo en el improvisado refugio, como si fuera el más inteligente de los Tres Cerditos.

Con los nudillos en carne viva, el hombre decidió sacar bandera blanca por el momento.

Escupió de pura rabia y dio media vuelta.

Se echaría a las calles del pueblo en busca de un bar de mala muerte donde ahogar su frustración.

Ya se encargaría de la mujer. No tardaría en hacerlo.

Trago saliva. Sabía que a Esteban no le iban los finales felices. Y se ve que a mí me tiene reservado el peor de todos.

Acabo de descubrir otro tipo de material entre el desorden. Papel grueso, brillante. Imágenes impresas. Terribles. Son las fotografías Polaroid que encontré la primera vez que entré en la biblioteca, mil siglos atrás, siglo arriba, siglo abajo.

Es al revisarlas cuando me doy cuenta de dos cosas. Terribles también.

La primera es que algo ha cambiado en la foto de las dos señoras muertas. Sus rostros. No son los que recuerdo. Me resultan más familiares. Tanto que ahora tienen nuestras caras. Ahora son, somos, Gloria y yo.

Gloria.

Esa es la segunda cosa terrible.

Puesto que ella ya no está en la habitación.