La Casa Hueca. Epílogo
El tiempo transcurrió con la lentitud de las alimañas que recorren, reptando, los límites del mundo.
Poco a poco, la gente del pueblo fue arrinconando aquella historia en los recovecos perdidos de la memoria.
Estaban cansados de que el temor atenazara sus débiles mentes.
Pensaron que era preferible desterrar tan diabólicas imágenes, no fuera que cobraran vida en cualquier noche helada.
Escogieron lavar sus propios cerebros antes que tener corazón y enarbolar en su interior la imagen del niño perdido.
El escritor desapareció sin dejar rastro. Lo hizo llevándose consigo a su tímido hijo. La Casa Hueca quedó cerrada. Pero no para siempre.
Treinta años después de la desgracia, el hijo regresó al pueblo, a esa calle de pesadilla donde ya no quedaban vivas ni las sombras.
Bajo la luz de un teléfono móvil sacó un llavero oxidado del bolsillo.
Le costó un mundo atinar con el ojo de la cerradura.
Cuando lo hizo, un crujido de advertencia fue el recibimiento más cálido de cuantos se encontró.
El abandono y la dejadez se habían acomodado entre aquellas paredes.
Desalojarlos no sería tarea fácil. Pertrechado con la linterna del teléfono, el niño que ya era adulto caminó durante un tiempo indeterminado por los pasillos cuajados de polvo y olvido hasta dar con la abertura que conectaba el edificio con la casa contigua.
Al asomarse por el hueco creyó vislumbrar una selección de sus pesadillas más recurrentes.
Aun así, traspasó el umbral. No tardaría en notar los fríos tentáculos de las tinieblas.
Sus zapatos pisaban el suelo prohibido, la mitad oscura, allí donde todo ocurrió en realidad.
Recorrió entonces el angosto laberinto de pasillos.
Lo hizo derrochando ansiedad, con prisas, como si fuera al reencuentro de alguien a quien había pasado mucho tiempo sin ver.
Y, en efecto, así era. Tras el chirrido de la puerta de un armario atestado de telarañas, aparecieron los huesos de Pedro, su viejo amigo.
Allí, junto a los restos del niño perdido, dejó que los minutos caminaran en silencio. Minutos que podrían llenar vidas enteras.
Días después, el hijo del escritor decidió tapar el hueco que comunicaba con la casa vecina y emprender una profunda remodelación en la principal. Acababa de tener una estupenda idea para obtener dinero e inspiración a partes iguales.
Estupenda, al menos, sobre el retorcido escenario de su mente trastornada.