32. La habitación prohibida
Subimos las escaleras hacia la habitación prohibida.
Sigo los pasos de Pico. Gloria copia los míos.
Bajo nuestros pies se extiende un caótico reguero de hormigas.
Parecen seguir el rastro del niño como un insólito cortejo.
Así devoramos los escalones. Un fantasma, centenares de insectos y dos investigadoras de pacotilla que están a punto de meterse en la guarida del asesino.
Porque Esteban no es que tenga gato encerrado, es que él es el puto gato.
Me lo imagino sentado en el escritorio, la mirada colgada de la pantalla, dándole de hostias al teclado mecánico mientras la hoja en blanco le devuelve los golpes.
Se acaricia la barba en otro de esos gestos inútiles de escritor, escucha cómo nos aproximamos a su escondrijo y se prepara para girar la silla en cuanto entremos como el típico malo de película que pretende revelar su truco final a la audiencia.
Aunque todo eso ocurrirá solo si logramos abrir la puerta.
A Pico eso se la suda. Para eso es un fantasma. Se detiene ante el umbral y me lanza una última mirada. Acto seguido, decide atravesar la madera sin despeinarse. Ya lo alcanzaremos.
Yo agarro el pomo. Lo giro con cuidado. Primero en el sentido de las agujas del reloj, luego en el contrario. Como si tratase de reventar la combinación de una caja fuerte. Pretendo jugar el papel de ratera con el cartel de novata colgado y bien visible.
—Ábrela. ¿A qué esperas?
La voz que acaba de erizarme la nuca debería pertenecer a Gloria. Pero hay algo inusual en su tono. No sé. Suena diferente. Por no hablar de que, al volverme por un momento para observarla, compruebo que está detenida, absorta, leyendo uno de los libros de Esteban.
—Abre de una vez, joía.
Vale. Ahora sí que lo he visto todo. No ha abierto la boca. No puede ser ella. Y sin embargo, es ella. ¿Quién si no diría eso?
A no ser que me lo haya imaginado.
A no ser que las pastillas, los porros, la cicatriz, la casa, la puta casa.
A no ser.
—¡Abre!
Está bien. Voy a hacerte caso con tal de que te calles. Seas quien seas. Total, debería haber hecho esto mucho antes. Compréndelo. No es lo mismo plantarse aquí y desafiar tú sola a un autor descerebrado en plena ebullición creativa que hacerlo acompañada.
Las hormigas van y vienen. Se cuelan por la rendija bajo la puerta.
Algunas se detienen ante mi burdo intento de allanamiento.
Tal vez conjuran el sarcasmo con el aplauso silencioso de las antenas.
Aplasto un puñado de ellas con el pie. Vengativa.
Vengativa como nueva incorporación a mi larga lista de virtudes.
Pico estaría orgulloso de mí. Me enfrento otra vez a mi labor.
Suelto el aire por la nariz antes de girar del todo el pomo y empujar.
Y la puerta se abre.
Señoras y caballeros, este es el cubil del escritor.
O debería serlo.
Porque todo está tal y como recuerdo. Y eso no tiene ningún sentido.
Esteban suele ser ordenado, sí. Pero también es un tipo que cada día se exprime el cerebro y escribe horas y horas en el mismo lugar.
Esto debería ser la tiranía del caos. Esperaba ver hojas sueltas aquí y allá, vasos sucios y olvidados con fósiles negros de café en su interior, rescoldos calientes de cada batalla librada entre estas paredes.
Nada. No hay nada de eso. La sala está nueva, a estrenar, para entrar a vivir, grandes calidades. Por no haber, no hay ni rastro de Esteban. Tampoco veo a Pico. Ni en cuerpo ni en alma ni en osamenta roída por dientes de gusano.
Veo un reguero de hormigas. El rastro se pierde bajo el gigantesco espejo que adorna una de las paredes.
Observo mi reflejo con el temor de encontrarme de nuevo a la suicida pelirroja que tanto se parece a mí.
Pero no. No está. Solo estoy yo. Es un espejo normal y corriente.
Enorme, eso sí. Tanto como para dibujar mi figura al completo.
Pero corriente. Y siendo así, o pareciéndolo, resulta obvio que algo debe ocultar.
No. Esta vez no. No pienso romper otro. Siete más siete sumarían catorce años de mal fario. Así que voy a confiar de nuevo en mi compañera y devolverle algo que le tenía guardado desde hace tiempo.
—Gloria… Déjame proponerte algo. Una adivinanza. Allá va. —Pausa dramática—. Todo lo que ves al mirarme es tuyo. ¿Qué soy?
No contesta.
—¿Gloria? —insisto.
Pero obtengo la misma respuesta. La nada absoluta. Me giro hacia ella. La descubro con la cara sumergida en el libro. La Casa Hueca. Ni siquiera me ha escuchado.
—Maldita sea. Si lo llego a saber, no te digo nada. Esa novela… Dios. Debe ser algo único. Una especie de telaraña que acaba atrapándote por mucho que te resistas. En eso tengo que reconocerle el mérito a Esteban.
—…
—¡Gloria! ¡Te estoy hablando, joder!
Es entonces cuando ella se transforma en un autómata armado con pilas recargadas. Así la imagino, un esqueleto de cables y circuitos con un brillante culo metálico, la cadencia monocorde al leer en voz alta.
Lo hace en el momento justo y en el lugar adecuado. Gloria es otra actriz que se olvidó el alma en los camerinos. Un peón más al servicio del jugador de ajedrez.
Del arquitecto del dolor.