La casa hueca 31. Qué joía eres
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31. Qué joía eres

¡Bum!

Qué casualidad. Nada más abrir la novela de marras, un golpe en la pared.

Al primero le siguen varios más. Forman una secuencia que se repite como un péndulo cuyo único objetivo es oscilar, chocar contra un punto muy concreto, rebotar y recorrer el sentido inverso hasta comenzar de nuevo el proceso.

¡Bum!

—Esos golpes provienen de la casa de al lado, Lucía.

—¿La casa de al lado? Eso no tiene sentido. Tú conoces este pueblo mucho mejor que yo. Sabes que en esta calle ya no queda nadie. Está plagada de edificios en ruinas. Esta jaula de paredes blancas donde estamos es lo único que sobrevive.

¡Bum!

—Que no me vaciles, joía. Que hay alguien aporreando el muro desde la otra casa. Y me da igual que esté deshabitada, abandonada o sea un retiro para monjas demoníacas, joder. Te digo que ahí dentro hay alguien con ganas de dar por saco.

Los golpes. Rítmicos. La casa de al lado. El péndulo. El péndulo de carne. ¿Y si…?

—Gloria.

—Qué.

¡Bum!

—Lee el prólogo de la novela.

—¿De La Casa Hueca?

¡Bum!

—De la puñetera —mil veces— Casa Hueca.

Gloria repasa la triste historia de Pedro, de cómo sus amigos lo abandonaron, de los pasos que siguió hasta perderse en las miserias del retorcido laberinto, de la horrenda visión de las dos mujeres colgadas del techo por los pies, golpeando con los cuerpos las paredes.

Mientras ella lee y yo trago saliva para quitarme el mal sabor de boca y cambiarlo por uno aún peor, el ruido, el insoportable ruido que proviene de la casa de al lado se deja escuchar, al menos, diez veces más.

Y cuando el prólogo acaba ella, mi guía, mi compañera, mi amante bandida, solo puede pronunciar tres palabras:

—Dios mío, Lucía.

Que traducidas resultan:

—¿Y si nos hemos equivocado de casa?

¡Bum!

Cada persona tiene un don. Sí. Uno solo. No es cuestión de abusar. Yo tengo el don de comportarme como una capulla sin ningún tipo de remordimiento. Soy un auténtico demonio. El don de Esteban es la capacidad de vender su obra como si fuera algo divino. El sueño de cualquier escritor.

¿Y el de Gloria? Claro que conozco su don. Y me lo pienso llevar a la tumba, no sea que alguien se entere y quiera follársela también.

Es entonces cuando se presenta Pico. Su don, obvio, es aparecer siempre en el momento justo y necesario.

—El niño —anuncio—. Nos está haciendo señas desde el umbral de la biblioteca.

—¿Qué niño?

—El niño muerto.

—¿Qué niño muerto ni…? Oh, ya. Se me olvidaba que eras familia del repelente de El Sexto Sentido. Vale, ¿y qué dice?

—No dice nada. No puede hablar, Gloria. No tiene lengua, ¿recuerdas?

Pico nos hace señas con las manos. Insiste una y otra vez.

—Quiere que vayamos con él —apunto.

—¿Y crees que es buena idea?

¡Bum!

—Si algo he aprendido durante estos días es que aquí nada ocurre por casualidad. Seguro que nos lleva al lugar que estamos buscando.

—Vale. Y ese lugar es…

—Joder, Gloria. Ya te lo dije. Pico es un fantasma. Su madre, la Rottenmeier…

—¿La qué?

—¡La doctora de los cojones!

—¿La doctora es su madre? ¡Qué dices! ¡Pero si tiene más años que el hilo negro! En todo caso será la abuela que…

¡Bum!

Incluso en aquellas ocasiones en las que Gloria me saca de quicio no puedo evitar que las ganas se me derramen sobre su boca. Le pregunto:

—¿Vas a acompañarme o no?

Y ella, a su vez, dice con ironía:

—¿Tendría que fiarme de alguien que se acaba de meter cuarenta pastillas de golpe y que asegura ver a niños muertos como si nada?

A lo que yo replico:

—¿Tendría que fiarme yo de alguien que le lleva mujeres atractivas al viejo baboso del bosque?

La guía esperaba esa respuesta. Sabe que donde las dan, las toman. Lo sabe de sobra. A pesar de ello, la veo tambalearse por momentos. Así que aprovecho para rematar:

—También tienes la opción de regresar al bar del pueblo. Seguro que allí te están esperando treinta alemanes con la cara colorada tras haber tomado demasiado el sol, dispuestos a descubrir los secretos más ocultos de la sierra.

Gloria sonríe.

¡Bum!

Agita la cabeza dibujando un no que en realidad es un sí a todo.

—Qué joía eres —dice.

—Eso por no hablar de aquello de que no puedo vivir sin ti.

—Cállate la boca y vámonos. No se vaya a aburrir el chaval de tanto esperar.

—Ahora que lo dices, Pico acaba de ponerse en marcha. Adivina hacia dónde se dirige.