La casa hueca 30. Un alambre de espinos
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30. Un alambre de espinos

La biblioteca del escritor. Un escaparate donde se marchitan olvidados todos los libros que ha logrado publicar.

Una residencia para mayores a los que sus nietos han dejado de lado.

Un garaje de coches usados que reserva una plaza de aparcamiento para su próxima novela.

Esa que lo catapultará de una maldita vez al estrellato.

La que será calificada como su mejor obra.

La mejor, al menos, hasta que el escritor vuelva a repetir este burdo proceso de autoengaño.

Ordeno a Gloria que seleccione un ejemplar de cada obra de Esteban. Ella se comporta de forma servicial. Sumisa. Una vez estuve a punto de interpretar a una dominatrix. Creo que conservo aún el látigo y la fusta. Lástima que le dieran el papel a otra. Lo habría bordado.

Disponemos los libros sobre la mesa del escritorio. Al ordenarlos de manera cronológica puedo trazar una línea imaginaria que los atraviesa. Recorro esa línea mentalmente y un alambre de espinos va abriendo surcos a mi paso.

Las obras de Esteban son estaciones de servicio en una autopista a medio asfaltar.

Recuerdo que nos conocimos mientras él escribía Conductor psicópata.

La idea de crear a un frío asesino al volante de un Talbot Horizon me hacía sonreír.

Sonreír, menudo milagro. Aquellos primeros meses de ilusión, de labios nuevos y sexo redefinido.

Solía recogerlo en un coche que se caía a pedazos.

Siempre traía la misma ropa. Vaqueros gastados.

Camiseta negra con una frase que decía: Cualquier cosa que digas podrá aparecer en mi próxima novela.

El típico aspecto de alguien que cree que se va a comer el mundo a tinta y papel.

Siempre que se sentaba a mi lado, en el asiento del copiloto, soltaba las mismas palabras: «Cuando te pones al volante eres todo un peligro público».

Yo me enfadaba. Y luego, al rato, nos reconciliábamos en la parte de atrás del coche.

Hace tanto de aquello que apostaría a que estoy viviendo en otra realidad diferente.

Luego llegaría En las fauces de la demencia.

Ahí se vino arriba. En cada presentación, Esteban no dudaba en jactarse de las horas invertidas en documentarse.

Visitó numerosas ciudades, se entrevistó con gente que chupaba del bote del misterio, se hizo con decenas de revistas de segunda mano.

Creo que fueron un par de años, más o menos.

A mí me coincidió con varios rodajes, encadenados uno tras otro.

Nos veíamos poco. Y el tiempo que invertíamos juntos se volvía espeso como la melaza.

El alambre de espinos. Las heridas que brotaban. El escozor. El escozor intenso, estremecedor, más y más y más con cada noche consumida.

Más tarde salió En otra piel, o, mejor dicho, volvió a salir.

Esa en la que dos mujeres se pasan todo el rato follando.

Su primera historia publicada. Vio la luz años antes gracias a una editorial devorada por ese depredador que es la maquinaria literaria.

Nadie conocía a Esteban por aquel entonces.

Y muy pocos la leyeron. Lógico. Yo no soy ninguna experta.

Todo lo que sé me lo contó el propio Esteban.

Le llovieron las malas críticas. Puntos de giro absurdos, lenguaje enrevesado, personajes poco creíbles.

En pocas palabras, era tan mala como todas las primeras novelas.

Sin embargo, gracias al relativo éxito de las obras que le sucedieron, tuvo la suerte (o la desgracia) de que se la volvieran a publicar, esta vez en una editorial de verdad, de esas que te colocan en las estaciones de tren y, dos días después, te abandonan allí sin un mísero billete de vuelta.

No quise meterme en sus cosas. Tan solo le advertí de que la estaba cagando. Nada más. Lo hice trescientas cincuenta y dos veces.

Nada menos.

Y la cagó. Con todas las de la ley. Aquella novela era el anciano que descubren en su piso debido al hedor que despide tras llevar meses muerto.

Esteban y sus editores quisieron maquillarlo, vestirlo con ropas nuevas y darle un baño de perfume cuando lo que había que hacer era enterrarlo para siempre.

Lo único bueno de aquello fue la rapidez con la que completó el proceso de reescritura.

Fueron apenas un par de meses. Aún conservo el mensaje de texto donde me decía que había vuelto a llegar a la palabra fin de su manuscrito.

No lo guardo por eso. Claro que no. Lo hago porque coincidió con el momento en el que me tocó enterrar a mi padre. Recién ahorcado.

«Cojonudo. Igual que mi papá».

Ese fue mi mensaje de respuesta.

Al igual que Esteban con su novela y mi padre con su propia vida, nuestra relación también se acercaba al fin. Y apestaba como el pobre abuelete pudriéndose en el sofá del salón mientras el gato se alimentaba de la carne muerta.

Vivir junto a un escritor sale caro. Pagas el peaje de quedar a la sombra de sus historias.

De ser reducida a una escueta línea en la página de agradecimientos.

Nadie me advirtió de tan alto precio. Me lo entregaron sin manual de instrucciones.

Aun así, la culpa es mía. Lo hubiera visto venir de haber estado más atenta.

—Lucía, tienes que leer esto —dice Gloria—. ¿Recuerdas a las amortajadas que nos rodearon en el bosque?

Esteban robaba las premisas para sus libros de la puñetera realidad. Eso también debería haberlo adivinado antes.

Debería.

Gloria se pasa una lengua picante por los labios mientras relame su propia impaciencia.

Anhela mi atención. No se la doy, aún no.

Que si recuerdo a las amortajadas, dice.

Como si las movidas que están ocurriendo aquí se pudieran olvidar fácilmente.

Ella traga saliva antes de comenzar a leer la novela que sostiene entre las manos como un oscuro catecismo:

—«El periodista no tenía ni idea de adónde lo habían llevado.

La gruesa venda le hacía daño en los párpados.

Llevaba media hora desorientado, perdido, a merced de sus captores.

Tal vez más. Cuando le dejaron ver de nuevo, deseó no haberlo hecho.

La sala era angosta. Los techos, demasiado bajos.

Las paredes, decoradas con cuadros grotescos.

Una veintena de encapuchados se disponía en torno a su temblorosa figura, negándole el oxígeno y la esperanza.

Nadie hablaba. Solo emitían un extraño zumbido que hacía pensar en una reunión atropellada de insectos discutiendo entre sí.

Supo quiénes eran en cuanto distinguió las figuras que se adivinaban en los siniestros retratos de buitres que colgaban de los muros.

La secta del alimoche se había hecho realidad.

Y aquello, definitivamente, no era una falacia plasmada en un artículo de revista barata».

De la novela En las fauces de la demencia.

«Aquello que se escondía tras sus pruebas». La revelación del señor Valero. «Sus pruebas». Madame X. Matar a su propia familia. A la sangre de su sangre.

—Espabila, Lucía. —Gloria apremia como si se hubiera iniciado una cuenta atrás imposible de parar—. No tengo ni la más ligera idea de cómo pudo hacerlo, pero parece que el joío de tu novio sabía muchas de las cosas que iban a ocurrir en este pueblo.

«El escritor se desangra con cada libro que escribe». Una de tantas frases de mierda firmadas por Esteban. Todas sus historias salen de una misma pluma cuajada de arterias que no cesan de bombear sangre.

Todas son sangre de su sangre.

—La Casa Hueca —digo, al fin—. Ahí debe estar la clave. Tenemos que encontrar alguna pista que nos lleve al cadáver del niño.

El niño. El niño sin lengua. Pico. Pedro. Quién se acuerda ya de él. Quién sabe dónde habitan los gusanos que se comieron sus sesos. Ni que a mí me importara ni una pizca. Es a otra persona a la que le importa.

—¿Y por qué pones tanto empeño en encontrarlo, joía?

Se lo prometí a la señorita Rottenmeier. Y me arrepiento de haberlo hecho.

—Se lo prometí a la doctora. Y odio que las cosas se queden a medias.