La casa hueca 29. El infierno
72%

29. El infierno

Invierto la energía que tanto me cuesta recuperar para volcarla contra Gloria. La que me ha salvado. Una vez más. Así soy. Desagradecida. Y desconfiada.

Así hay que malquererme.

La guía se queja. Lo entiendo. Pero ahora le toca a ella entrar en razón. Porque tengo tantas preguntas que podría reservar una tarde entera en la sala de honor de interrogatorios de Guantánamo.

Cómo te has colado en la casa, Gloria. Cómo has hecho saltar el pestillo para irrumpir en el baño. Cómo has esquivado a Esteban, al arquitecto del dolor, al hijo de puta que lleva pergeñando todo este tinglado desde vete tú a saber cuándo.

Cómo quieres que confíe en ti, Gloria. Si en el fondo no eres más que otro peón en esta partida amañada de ajedrez.

—Pues confiando, joía —dice ella con voz de abeja reina—. Así de fácil. ¿O es que has visto por aquí a alguien más dispuesto a echarte un cable? No, ¿verdad? Pues ya sabes que no te queda otra.

¿Qué no me queda otra?

Anda que no.

Me queda partirte las piernas. Reventarte el alma. Darte una patada en el pecho, apuntando al corazón. Me queda escupirte desde arriba mientras te revuelves, gimiendo, agonizando en mitad de un charco espeso de desesperación.

Pero no. Yo sé que no, ella sabe que no y todos sabemos que no. Que lo que me queda, ay, lo que en realidad me queda no es otra cosa que decirle, ay, cuánto la he echado de menos.

Así es como me besa. Así es como compruebo que el gusto a porro resulta más agradable que el del jengibre aliñado con bilis.

—No hay tiempo para arrumacos. —También se me da de lujo eso de cortar el rollo. Soy un dechado de virtudes. Un regalito—. No sé dónde andará Esteban, pero no me apetece que nos pille aquí con las manos en la masa. Y menos con lo violento que anda últimamente.

—La verdad es que no me he cruzado con él.

Ni rastro. Yo venía aquí, a la Casa Hueca.

A buscarte. También te echaba de menos, ¿sabes?

Al llegar me percaté de que el portón de la casa estaba abierto.

Te envié un mensaje para avisarte. Al ver que no respondías, decidí entrar.

Accedí al salón. Y lo escuché. Porque el ruido de los golpes llegaba hasta allí.

Procedían de la planta superior, así que busqué las escaleras.

Corrí todo lo que pude. El dormitorio estaba vacío.

Entonces me llegaron tus gemidos desde el otro lado de la puerta del baño.

Pensé que te estabas tocando. Así que me puse celosa.

—Qué hija de puta que eres. Venga, salgamos de aquí.

—¿Y adónde vamos?

—¿Recuerdas cuando te dije que tenía que averiguar qué era lo que estaba pasando con este pueblo?

Gloria se pinza el puente de la nariz. Dice:

—Como para no hacerlo. Vaya coñazo que me diste.

—Ya. Pues tu amiguito, el viejo salido, me dio la clave después de refregarnos en el bosque. Nuestro destino se encuentra abajo.

—¿Abajo? ¿Y qué hay allí? ¿El infierno?

—Mucho peor. La colección completa de libros publicados por Esteban.