28. Los trámites del suicidio
Regresa el dolor de la cicatriz. La sanguijuela rechoncha enciende otra vela más en este lúgubre entierro.
Escarba bajo el parche de piel con dedos purulentos.
Conjura la punta de un destornillador. Lo gira.
Lo gira con saña. Como si fuera el último tornillo de una estantería Billy.
Me incorporo. Al hacerlo emito, sin querer, un quejido.
Ay. La alarma de la edad. La que te recuerda que ya rebasaste los cuarenta hace tiempo.
Me dejo caer sobre el pequeño armario del baño, junto al espejo.
Las pastillas recetadas por la doctora. Eso busco.
Cada golpe en la puerta es como si Esteban me lo propinara a mí. En toda la cara. En la ceja izquierda, para ser exactos.
Recupero el bote y lo desenrosco con tal torpeza que desparramo medio contenido en el lavabo.
Decenas de cápsulas rojas y amarillas que se reparten de forma caprichosa.
Que encajan como un extraño Tetris en el que el premio por hacer líneas no puede ser otro que un colocón de la hostia.
Tomo un par y las emparejo dentro de mi boca.
Me inclino bajo el grifo para beber a morro.
Por el rabillo del ojo distingo algo que no cuadra.
Es el espejo. Es la mujer pelirroja del otro lado.
Es mi marioneta, que se rebela tras años de sometimiento.
Ya no imita mis movimientos. Ahora va por libre.
En lugar de observarme como un pasmarote, justo lo que yo estoy haciendo pero al revés, decide ahuecar ambas manos y recoger un buen puñado de pastillas del lavabo.
De su lavabo. A todo ello le siguen una sonrisa pícara, un ahora verás, perra, y un acto de locura ciertamente peligroso.
Porque se las traga todas. De golpe. Como si le fuera la muerte en ello.
Acto seguido me saca la lengua y levanta el dedo corazón.
Menuda puntería tienes, querida. Ya podrías haber escogido otro momento para ponerte en huelga.
Si la tortilla de analgésicos que se dirige a su estómago refleja el efecto en mí, la llevo clara.
Así que actúo. No me queda otra que provocar mi propio vómito.
Aunque no haya sido yo la que haya iniciado los trámites del suicidio.
Aunque se hallen lejanos los tiempos de borracheras y tormentas de alcohol barato entre relámpagos de fatiga.
Creo recordar la receta. Primer paso, tome con una mano su cabello, recogiéndolo para que no estorbe. Segundo paso, utilice la mano que le queda libre para penetrar el orificio bucal.
Y repita hasta la náusea.
Entonces la veo. A través del espejo. La puerta del baño.
Está abriéndose. No. Aquí no. Aquí, en mi realidad, permanece cerrada.
Siguen sonando los puñetazos sobre ella.
La chica que es mi reflejo, la rebelde sin causa, se gira para recibir al intruso que acaba de traspasar el otro umbral.
Se funden en un abrazo. Se meten mano. Yo noto un malestar digno del peor día de regla.
El dolor de cien dentelladas de caníbales recién despiertos de la siesta.
Tengo que vomitar esta mierda como sea. El intruso, el que abraza a mi reflejo, decide mirar a cámara, como si quisiera hacerse un selfi.
Y la cámara soy yo. Así descubro que no es un intruso.
Es Gloria.
Maldito espejo.
Soy supersticiosa, pero esto ya pasa de castaño oscuro.
Recupero del bolsillo la piedra que tal vez era una lengua.
La arrojo. La arrojo con fuerza. La arrojo con fuerza, ganas y toda la mala leche que atesoro, que no es poca cosa.
Crash. A tomar por culo el cristal. Nota mental: encargar por Amazon un cargamento de patas de conejo.
Necesitaré contrarrestar la mala suerte. Si es que logro vivir siete años más.
Sin espejo, la rebelde ya no puede verme.
Qué mala suerte. Porque el espectáculo es digno de ovación.
Ahí estoy, retorciéndome sobre mi propio estómago.
Perdiendo la verticalidad. Cayendo hacia lo profundo.
Al menos ya no me duele la cicatriz. A cambio, un agujero negro supermasivo absorbe mis vísceras desde dentro.
Un golpe certero hace que se abra la puerta del baño.
De este baño. Mi estómago se niega a devolver lo que me envenena.
Oigo una voz. La voz de una mujer. Eso descarta a Esteban.
Yo estoy ya a cuatro patas. Preparada para que me revienten por detrás.
No consigo forzar el vómito. Ya se acerca.
Escucho sus pisadas rápidas de cazador. Las pisadas de ella, quien quiera que sea.
¿Será la parca?
¿Será Gloria?
Ella, quien quiera que sea, en lugar de reventarme por detrás, me toma entre los brazos, voltea mi cuerpo como si fuera un colchón viejo. Tira de mi melena. Fuerte, introduce dos dedos dentro de mí. Fuerte. Fuerte, al igual que en el bosque.
Fuerte.
Hasta llegar al éxtasis.
Al igual que en el bosque.
Porque expulsar la ponzoña que me estaba consumiendo es orgásmico.
Con el gesto descuajaringado y el sudor corriéndome a chorros por la piel, logro balbucear:
—Tenías razón, puta engreída. No puedo vivir sin ti.
Y aunque esta frase valga para ambas, apostaría a que mi salvadora es, una vez más, Gloria.
A no ser que la parca también apeste a porros.