27. Tan viva
Sé que hace frío en esta casa. Debo tener el cuerpo cortado.
Esteban no va a parar hasta que tire abajo la puerta.
Saludo a la mujer que me observa desde el otro lado del espejo. Tan rebosante de sentimientos como yo.
Tan viva.
La melena rojiza hace juego con las aureolas que se le encienden en sendos cachetes.
Puedo despeinarla. Revolver su cabello mientras desmadejo el mío.
Sé que la mujer del espejo, esa que se parece tanto a mí, hará lo que yo haga.
Es mi marioneta. Extiendo mis rígidos dedos y los introduzco entre las hebras de azafrán.
Así puedo detenerme en la piel alrededor de mi ceja. Así puedo verla.
Una cicatriz con aspecto de sanguijuela empachada de sangre. Fea y desagradable.
Ahora quedaría bien decir que no es la primera. Que tengo muchas más. Que no se pueden ver. Que están dentro. Muy dentro. Que mi alma está plagada de ellas. El alma, o como coño se llame eso que nos contamina desde el interior.
Un calcetín mil veces remendado.
Si alguien me preguntara por esas cicatrices, podría decir que me convertí en asesina en el mismo momento en que nací.
Que mamá muriera en el paritorio quise apuntármelo como mi primer logro.
Como la primera sangre. El siguiente llegaría algo más tarde.
Cocinado sin prisa, a fuego lento, el parásito que se deleita devorando a su víctima, mordisco a mordisco.
El contador de víctimas aumentaría el día en que papá amaneció con el cuello roto, colgado de una viga, sofocado por las sudadas sábanas de la cama.
Golpes en la puerta. Silencio. Golpes en la puerta. El silencio extendido en el tiempo. Golpes en la puerta. Un silencio aún mayor.
La primera víctima había sido cuestión de física.
La segunda, puro desgaste. Para la tercera le cedí las riendas a la venganza.
Brindo por ella. Por mi tío. Por todos esos días en los que visitaba a su hermano.
Por todas esas noches en las que visitaba mi cama.
Por todos los escalones sobre los que rebotó su torpe cuerpo.
Por todos los pequeños y jugosos trocitos de sesos que se desparramaron por el suelo tras salir disparados del enorme agujero abierto en el cráneo.
Y aun así tuvo tiempo para lanzar un estertor de muerte en el que proclamaba que yo era el mismísimo demonio.
¿Que si hubo cuarta víctima?
La hubo.
¿Que quién fue?
Yo, por supuesto. Yo, el demonio. ¿Quién si no?
Como si fuera poca cosa vivir con tal telaraña de traumas. Esa en la que los sueños se quedaban atrapados.
Si alguien me preguntara.
Si alguien me preguntara podría actuar. Sacarme de la manga una vida cubierta de azufre, interpretar el clásico papel impostado que satura las redes sociales con sus penas un día y otro y otro y otro más.
Pero no tengo esa necesidad. Porque nadie pregunta.
Y porque todo lo que acabo de contar es cierto.
Hace tiempo que los golpes han cesado. Algo me hace cosquillas en el culo.
El móvil. Lo saco del bolsillo y me asalta una plétora de notificaciones.
Hay un mensaje de Gloria. Hago como que no lo he visto.
Hay más de veinte avisos de otra persona.
Deprofundis. El pirado que investiga las sectas.
Pregunta por mí. De múltiples maneras. Diría que está preocupado y todo.
Qué mono. Voy a llamarlo. Qué mejor momento que este.
Me acomodo en el duro suelo de mármol. La espalda recostada contra la puerta, ahora en calma.
Primer tono de llamada. A ver qué me encuentro. Dudo que me sorprenda.
Segundo tono. En esta trama donde todos los hilos se retuercen hasta encontrarse, ¿a quién podría extrañarle que el pirado estuviera a las órdenes de Esteban?
Tercer tono de llamada. Otra marioneta más al servicio de un desequilibrado que haría cualquier cosa para alimentar sus historias.
Cuarto tono. Cualquier cosa.
Quinto tono de llamada. Su ego. A ese sí que lo alimenta sin parar. A su puto ego. No hay nada más importante.
Sexto tono. Venga, Deprofundis, maldita sea. Cógelo ya.
Descuelgan.
Suena el murmullo de un aliento infestado de halitosis. El murmullo y nada más. No me jodas, Deprofundis. Eres de los que espera a que el otro hable primero.
—No me jodas, Deprofundis.
—Hola. —Voz atiplada, tímida. Cojonudo—. Estás en peligro.
—No me jodas —repito—. Cuéntame algo nuevo, amigo.
Toses al otro lado del móvil. Deprofundis se está aclarando la voz. Debe de tener una bola de nervios atascada en la garganta.
—La secta de los adoradores del alimoche.
Unos perturbados que llevan años ocultándose en diversos pueblos del país.
Todo empezó a raíz de un artículo que salió publicado allá por los ochenta en una revista de misterio.
En una de esas donde más de la mitad de cosas que contaban no eran más que patrañas.
—Ya. Y yo tengo que confiar en la palabra de un tío al que no conozco de nada—.
El punto de partida era un clásico: el típico periodista, la típica investigación y el típico rollo ocultista.
Un extraño grupo que rendía culto al sagrado buitre egipcio, vamos, al alimoche.
En el artículo no faltaba de nada: gente encapuchada, rituales sangrientos, sacrificios de animales y una obsesión malsana por la muerte.
Vamos, el estándar de la secta de aquella época.
El periodista escogió un título llamativo para el artículo.
Algo así como Los adoradores del alimoche y el culto a la muerte. Entonces…
—Espera, espera. Para el carro. ¿Me estás diciendo que las amortajadas del pueblo surgieron a raíz de un panfleto magufo?
Deprofundis resopla. Se ve que a él tampoco le gusta eso de quedarse a medias.
—Es lo que intento contarte, joder. El artículo era una mentira.
Pura invención. Como casi todo lo que se contaba en aquel tiempo.
Pero en este mundo siempre ha habido gente mal de la cabeza.
Aquel reportaje se hizo viral, o todo lo viral que podía llegar a ser en los ochenta.
La información se propagó como la peste.
El revuelo tuvo consecuencias. Pronto comenzaron a florecer pequeñas sectas, aquí y allá, que tomaban a pies juntillas lo que allí decía.
Se llegó a rumorear incluso que el periodista, el que se había inventado todo el rollo del alimoche, fue capturado por uno de esos grupos.
Me atrevería a jurar sobre el cuello roto de mi padre que algo me resulta demasiado familiar en toda esta historia. Familiar, extraño y apestoso. Y cuando estos tres adjetivos confluyen, Esteban suele andar de por medio.
—Menudo farsante —continúa Deprofundis, al borde de la emoción a tenor de sus resoplidos—. ¡Acabó saliéndole el tiro por la culata!
—Vale, supongamos que el cuento ocurrió como dices.
Repito, supongamos. —Poner en duda las palabras del pirado tiene su riesgo, pero no puedo evitarlo.
Diría que soy capaz de oler su indignación desde el otro lado del teléfono—.
De todas esas sectas que brotaron como hongos salvajes hace unas cuantas décadas, es factible que algunas hayan sobrevivido al paso del tiempo.
—Claro que sí. ¿No has prestado atención a todo lo que he dicho? No sabes la cantidad de zumbados que hay repartidos por este país. Y si ya hablamos de pueblos, échate a temblar. De hecho, para concretar aún más, los adoradores del alimoche surgieron en pueblos donde…
—…donde el buitre era autóctono.
—Sí. —Más toses. Más resoplidos. Más indignación—. ¡Sí, me cago en todo! ¡Pero déjame hablar a mí, hostias! ¡Soy yo quien se ha currado todo esto! ¡El primero que lo ha estudiado!
Dios mío. Además de pirado, es otro ególatra que se cree que ha descubierto la piedra filosofal.
—Vale, chaval, tranquilidad. Entonces, dime, ¿a santo de qué me contó Gloria que las amortajadas llevaban un traje típico de la tierra? ¿Qué tiene eso que ver con el ritual de adoración de buitres?
—¿Gloria? ¿Quién coño es Gloria?
Una joía que curra de guía turística.
—Una joía que curra de… Venga ya, Deprofundis, qué más da quién sea. El caso es que controla del tema del folklore y las tradiciones. Me dijo que no me montara paranoias, que simplemente eran mujeres que se vestían de vez en cuando así.
—Ya. —Creo adivinar una risita de malvado barato—. Entonces es que está con ellos.
—¿Con quién?
—Con los del alimoche. Mira, no sé en qué puto pueblo estás, pero eso es lo de menos. Sal de ahí. Sal antes de que te…
—Escucha. —Otra vez lo dejo a medias. Este tío me va a coger manía para toda la vida. Igual se conforma con bloquearme en las redes—. Cúbrete los ojos. Explícame eso.
Deprofundis calla. Suelta bocanadas de aire como si le hiciera daño mantenerlo en los pulmones. Lo he llevado al límite. Una de las especialidades de la casa. Y lo peor de todo es que me va a colgar.
—¿Estás ahí? —pregunto.
Él resopla. Lo he cabreado. Me va a colgar. Es definitivo. Game over. No hay marcha atrás. Me va a colgar, joder.
—Que me cuentes qué quieres decir con lo de cubrirse los ojos.
Resopla. Tose. Resuella. Masca un rosario de maldiciones. Habla, Deprofundis. Habla, puto pirado.
El puto pirado habla:
—Lo sabrás cuando te atrapen y te hagan mirar a la muerte.
Me cuelga.
Esteban vuelve a golpear la puerta.