La casa hueca 26. Una mirada que es todas las miradas
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26. Una mirada que es todas las miradas

Y, sin embargo, algo no encaja.

Entré en el despacho de Esteban el primer día que llegamos a la Casa Hueca. Desde entonces no he vuelto a cruzar la puerta. No me lo permite. Y será así hasta que el muy desgraciado termine de escribir su novela. Pero yo lo recuerdo. Recuerdo cómo era el despacho. Qué aspecto tenía.

Al final de la escalera se abre una pequeña buhardilla.

Un techo bajo donde se cruzan vigas de madera.

A eso huele. A madera, a hierba húmeda y también a un leve rastro de sudor, pero no al sudor seco y contaminado de ciudad, sino a uno fresco, verde, puro.

Hay paredes amenazantes que estrechan el espacio y comprimen el aire.

Un espejo de cuerpo entero tan inútil como enorme en el que nadie se mira.

Una silla de Ikea con un firme respaldo donde gimen las castigadas vértebras del escritor.

Vestigios circulares de café sobre el escritorio.

Monitor, teclado y ratón. Tras el monitor, una ventana a la sierra de Grazalema que hace las veces de fondo de pantalla.

El despacho no tiene nada de especial. Eso sí, permanece cerrado bajo llave cuando Esteban alquila la casa. Él es el que accede al interior. Él y solo él.

Y yo, que acabo de colarme.

Y, sin embargo, algo no encaja.

Miento. Descarto el singular. Hay muchos elementos que difieren de la imagen almacenada en mi memoria.

El más alarmante proviene del fondo del despacho.

La ventana. Ahí afuera está amaneciendo.

Ejércitos de farolas que aún se mantienen vigilantes.

Un edificio de unas quince plantas se limpia las legañas antes de afrontar un nuevo día en la ciudad.

Puedo escuchar el ronroneo monótono de los coches que pasan por la avenida.

No hay rastro de montañas ni de pinsapos ni de buitres ni de pueblerinos.

Y aunque las paredes de la habitación ejercen presión con severidad y el techo continúa siendo un refugio de sombras, no hay ni rastro del olor a madera.

Apesta, aquí sí, a sudor de piel oxidada por la polución.

Y a jengibre. Al picante del jengibre, maldito sea, y al rastro del humo de los porros.

Sobre el escritorio, junto al cenicero en el que dormitan los restos de decenas de caladas, una máscara.

«Me perteneces, Lucía».

La máscara de buitre.

«Solo a mí».

Me encojo sobre mí misma. Duele. No sabría decir qué.

Pero duele. Dios, es insoportable. Ah, sí.

Los ojos. Miles de cuchillas me arañan los ojos.

No. No son cuchillas. Son mis propias uñas, con las que me hago daño tratando de arrancar aquello que no sé lo que es pero que se me pega a los párpados.

Ojalá no los tuviera. Ojalá fuera como el señor Valero.

Ojalá no hubiera dos estúpidas esferas incrustadas en mi cráneo.

Empeñadas en engañarme. Ojalá fueran de quita y pon.

Ojalá supiera por qué he saltado de dimensión al entrar en el despacho de Esteban.

«Cúbrete los ojos».

Los tengo cubiertos. Mis párpados los custodian. Aún los conservo. Los párpados. Ojos cerrados. Es hora de abrirlos. Así es como logro ver.

Veo agujas de luz. La persiana atascada. El blanco de nieve recién caída de las paredes. Veo el dormitorio de la Casa Hueca. Sábanas huecas cubriendo un colchón desierto en una cama en la que no hay nadie más, una cama que es como si estuviera vacía, tan vacía como yo.

Maldigo con fuerza al dios cachondo que me concedió el don de soñar. De un día para otro.

La persiana. A medio cerrar. Ya me ha tocado el coño demasiadas mañanas.

Me incorporo y acto seguido me embalo hacia la ventana.

Quiero poder dormir sin que los gusanos de luz escarben en mi cerebro.

Quiero algo tan básico como cerrar esa persiana por completo.

Y lo voy a conseguir aunque sea lo último que haga.

Agarro con ambas manos la cinta y tiro hacia mí todo lo que se puede.

La dejo caer. ¡Crac! ¿Qué es eso? Repito la operación.

Suelto. Y ¡crac! Eso que cruje es lo que impide que cierre del todo.

Deslizo el cristal de la ventana. Un puñetazo de aire congelado me hace retroceder un par de pasos.

Vuelvo a la carga. Alargo un brazo hacia el alféizar.

A tientas me dispongo a buscar lo que sea que se esté interponiendo en el camino de la persiana.

Nada. Alguna cagada seca de pájaro y para de contar.

Eso solo significa una cosa. El cuerpo extraño, sea lo que sea, debe estar pegado a la propia persiana.

Es así como lo descubro. Con la palma de mis manos.

Con el roce de mi piel contra ese objeto húmedo, rugoso, duro.

Con la frialdad del médico que informa de un cáncer a un paciente.

Con la extraña lógica de lo absurdo, al comprobar que es un órgano lo que obstaculizaba el paso.

Un pequeño órgano cortado de la pequeña boca de un pequeño chico.

La lengua, la pequeña y cenicienta lengua de Pedro, de Pico, de aquel que se perdió en la Casa Hueca, del viejo amigo del escritor, Esteban, Esteban, Esteban, tú, hijo de puta.

¿Esteban?

¿Eres tú?

—¿Puedes estarte quietecita de una maldita vez? Al final te vas a cargar la persiana del todo.

Ahí estás. El cabello medio despeinado, la barba demasiado larga, las lentes empañadas, de cristal gordo, tan gordo como tú.

—Debo ser la primera que se queja de la persiana, ¿no?

—¿La primera? —pregunta él con esa cara de alelado—. ¿La primera de qué?

—De tus víctimas, Esteban. De qué va a ser.

Sonríe. Esteban, el escritor, mi pareja, el arquitecto del dolor, esboza una sonrisa apenas visible entre tanto vello marrón de tronco de pinsapo.

—¿Víctimas? Mira, Lucía, no sé dónde estuviste anoche.

Solo sé que me desperté y aún no habías regresado.

Seguro que te has vuelto a juntar con los del pueblo.

Te dije que no lo hicieras. Que esa gente iba a provocar que perdieras la puta cabeza.

En esta casa… —Deja de hablar para rascarse la barba en lo que es su gesto clásico de puro nerviosismo—.

En esta casa se ha alojado mucha gente. Huéspedes que, por cierto, acuden tras pagar religiosamente.

Como está mandado. Porque, por si no lo recuerdas, Lucía, suelo tener esta casa en alquiler.

Y de todas las personas que se han alojado aquí, nadie, ni una sola, se me ha quejado de la dichosa persiana. Solo tú.

—¿Y esto qué es? —Abro el puño derecho y extiendo la palma de la mano ante él de forma que pueda ver lo que contiene.

Sí, no he soltado la putrefacta lengua en todo este rato.

Pobre Pico. Casi me dio algo de ternura y todo.

Casi—. ¿Cómo explicas que haya encontrado esto aquí, tantos años después de que tu amigo se perdiera en esta casa?

Esteban se pinza el puente de la nariz con los dedos. Recoloca sus gafas y me dedica una mirada de tendero al que acusan de tener la fruta demasiado cara. Y dice, con aliento trufado de bilis:

—Eso es una piedra. Una simple piedra de la sierra de Grazalema.

Voy a responder, pero no sé qué decir. Porque Esteban tiene razón.

Es una piedra. Pero yo la he visto. Claro que la he visto.

He sentido entre las manos el contacto de algo muerto.

Del vestigio de una tragedia. Esa lengua era el rudimento de una maldición.

La maldición de la Casa Hueca. La misma que me chupa la cordura como un vampiro psíquico.

—¿Qué ocurre, Lucía? —Su voz es un punzón violando una pizarra—. ¿Te ha comido la lengua el gato?

Y encima tiene la gracia en el mismísimo culo.

—Cabrón.

—¿Eso es lo único que eres capaz de decir? —Me toma de la cintura. Entierra el rostro en mi cuello. Noto la irritación en la piel. Creo que estoy desarrollando alergia a los escritores—. Menuda decepción.

Se me ocurre algo. Mientras Esteban me acorrala contra la pared. Algo cuyo sentido suena tan absurdo como cualquiera de sus megalomanías. Tan odioso como todas sus ínfulas de dios supremo. De creador de historias que pretenden ser mejores que la propia realidad. Digo:

—Cuéntame cómo acaba la novela que estás escribiendo.

Por toda respuesta, el escritor aumenta la presión. Con los dedos, con la barbilla incrustada junto a mi carótida, con el aliento de aguardiente de marca blanca.

—Cuéntamelo, Esteban. Sé que yo soy la protagonista de la historia.

Una historia marcada por un buitre que trata de atacarme.

Donde el niño fantasma juega con el ejército de hormiguitas.

Bajo la mirada de una doctora estirada que me pide ayuda para hacer las paces con el cadáver de su propio hijo.

Donde un viejo ciego y misógino se masturba a mi costa.

Y una lesbiana que se pasa con los porros me guía hasta la puta boca del lobo.

Aprieta y aprieta. No deja de hacerlo y me hace daño. Grita:

—¡La doctora! Dichosa vieja amargada. Te ha metido esas ideas de mierda en la cabeza.

—Y todas encajan. Encajan por ser quién eres. Un puto escritor de terror. Suéltame, Esteban.

Me sumerjo en su mirada. Sus ojos parapetados tras gruesos cristales.

En este pueblo he visto miradas muertas.

Pico. También me he topado con miradas abismadas, tristes, como la de la señorita Rottenmeier.

He contemplado pupilas vivas, exultantes, tramposas y oscuras como los posos del café.

Gloria. Incluso he visto al señor Valero y sus ojos de mentira, comprados en alguna web china especializada en prótesis.

Pero ninguna de ellas posee el brillo tóxico que escupen los ojos de Esteban.

—Que me sueltes.

—Cuando termine la novela pienso mandar este infecto pueblo a la mierda.

—He dicho que me sueltes, hijo de puta.

—Y a ti también, Lucía.

—Suel…

—A ti también.

Me suelta.

Me lanza contra la pared.

Trastabillo desesperada con la intención de evitar el choque. Lo único que consigo es cambiar la pared por la puerta del cuarto baño.

El impacto es tan grande que se abre de golpe.

La puerta. Mi cabeza no, aunque está a punto de hacerlo.

Me invade un dolor de despertador que aúlla a las seis de la mañana de un lunes invernal e infernal.

Todo se vuelve borroso por momentos. Aun así, soy capaz de ver cómo la mole que es Esteban inicia la carrera hacia el baño.

Recompongo la figura lo mejor que puedo y cierro la puerta antes de que atraviese el umbral.

El pestillo, joder. El pestillo. Lo echo.

Comienzan los puñetazos. Uno, otro, otro más.

Esteban aporrea la puerta desde el dormitorio.

Ya va. Ya va. Enseguida te abro. En cuanto se te agriete la piel rugosa de los nudillos.

Me quedo aquí encerrada. El baño es mi refugio. La mujer al otro lado del espejo vuelve a hacerme compañía. Al encender la luz me fijo en su mirada. Imposible no estremecerse al evaluar su naturaleza.

Una mirada descolgada, muerta, oscura, falsa, tóxica.

Una mirada que es todas las miradas.