25. El arquitecto del dolor
Aquello que me dijo el señor Valero.
Mastico sus palabras sin descanso durante el camino de vuelta. Gloria me acompaña, aunque es como si no estuviera. Lleva todo el recorrido sin abrir la boca. Yo solo he pronunciado una frase:
—No me avergüenzo de lo que ha pasado. Espero que tú tampoco lo hagas.
Ella ha mantenido la cabeza agachada y los brazos cruzados por toda respuesta.
Hace unos minutos exploraba sus profundidades.
Ahora ni siquiera rozamos nuestras superficies.
Podría insistir. Preguntarle a Gloria qué siente.
Qué padece. Podría arrancarme a jirones la piel donde aún relucen sus húmedas huellas. Podría, pero ahora estoy a otra cosa.
Aquello que me dijo el señor Valero.
Pulsos eléctricos bullen entre la maraña de cables que es mi mente. Trato de cruzarlos para forzar la chispa. Reanimar el cadáver que ha sido mi cuerpo en los últimos tiempos.
El señor Valero. Mastico sus palabras sin descanso.
Sus rasposas palabras:
«Escúchame, guiri. Haz memoria. Madame X. Lo que buscas se parece a aquello que se escondía tras sus pruebas».
Madame X y la aprendiz de psicópata. ¿Cómo puede conocer esa película? Seguro que la ha visto en el televisor de juguete. Joder. Y ya no es que fuera mala. Por supuesto que lo era. Una basura de serie B producida con dos duros. Tan difícil de encontrar que ni yo misma creo conservar ninguna copia.
La ha visto. Y más de una vez, quizás. Se ha empapado de su argumento hasta tal punto que ha mencionado el desenlace.
Un momento.
«Ahora tendré que buscar en Internet esa película para comprobarlo».
La conversación con Gloria en la cafetería.
Su sonrisa cuando le hablé de mi papel en Madame X.
Gloria buscándola por toda la red, por todos los torrents prohibidos, en cualquier operador e incluso por la Deep Web.
Descargándola. Haciéndose un dedo mientras la ve.
Grabando el fichero en un DVD virgen para pasárselo al viejo.
El viejo disfrutando la peli en el televisor rodeado de sombras que apestan a hongos y semen reseco.
El viejo empapándose de su argumento.
El viejo empapándose.
«Aquello que se escondía tras sus pruebas».
Vale. Hay algo en esas pruebas que se parece a lo que busco. ¿Y qué coño es lo que busco? Me dan ganas de ponerme filosófica. De confesar que, en realidad, mi búsqueda no es otra cosa que encontrarme a mí misma. Pero no quiero ponerme trascendental. No me pega.
La solución al enigma de Esteban, su Casa Hueca, la secta, los buitres y toda la mierda que se oculta en este pueblo.
Eso es lo que busco. ¿Entonces? ¿Qué significado tenían las pruebas de Madame X?
No eran más que asesinatos a sangre fría que Bárbara, mi personaje, debía cometer para ganarse el beneplácito de su maestra.
«Me has liberado de la carga más pesada. La carga de la sangre».
Las víctimas. Las fotos que había en la carpeta.
En todas ellas aparecía mi maestra. La maestra de Bárbara, la aprendiz de psicópata.
Las víctimas tenían algo en común: Madame X.
Eran sus familiares. Sin saberlo, Bárbara había acabado con la sangre de su maestra.
Un simple truco de artificio. En eso consistía el giro argumental que se desvelaba al final de la película.
¿Qué se podía esperar? Un guion mediocre para una película barata.
Algo en común.
«Son tu familia».
Madame X.
¿Qué es lo que une a todas las historias de este pueblo?
Maldita sea. Igual estoy dándole vueltas a algo que no tiene sentido. No me extrañaría que el señor Valero me hubiera vacilado. Se vino muy arriba tras el atracón que se dio en el bosque mientras escuchaba cómo nos metíamos mano.
El bosque.
Acabamos de atravesar las puertas de viento y hojas. Y me doy cuenta de que Gloria ya no está. Se ha esfumado mientras me enredaba en mi propia paranoia.
¿Es que no hay nadie medio normal en este pueblo?
Rebusco en mis vaqueros manchados de tierra. El móvil. Le bajo el volumen. La luna tiene el brillo al máximo. Así compruebo que sigo sin tener cobertura. Oh. Sorpresa. Tengo una notificación. Debo haber pillado conexión en algún momento. Es de la red social. Un mensaje nuevo:
Sé quiénes son esos encapuchados. Ten cuidado, son peligrosos. Prefiero no hablar por aquí. Te dejo mi teléfono. Llámame. Deprofundis.
P.D.: Cúbrete los ojos.
El que faltaba. El pirado que investiga los misterios de la España rural. Que lo llame. Vale. Lo intentaré desde casa. Se ve que es el único sitio donde hay cobertura en condiciones. No sé si es buena idea ponerme en contacto con alguien así.
No sé cuál fue la última buena idea que tuve.
Deprofundis. Menudo nombre.
¿Y por qué quiere que me cubra los ojos?
Retomo la marcha, no se me vaya a hacer temprano.
Ya recorro las desgastadas cuestas del pueblo.
Hay una bruma espectral que revolotea alrededor de las farolas.
Sombras danzantes, inquietas ante el paso de la madrugada.
Miles de recovecos que se postulan como vórtices de energía.
A mí no me afectan. ¿Energía? Estoy tan agotada que sería capaz de dejarme extirpar todos los órganos con tal de aliviar mi propio peso.
Aún le doy vueltas a lo de esta tarde. Me perdí por el entramado de calles del pueblo.
Y eso que, por mucha desorientación que tenga, ya me las sé de memoria.
Allí, el camino hacia el bosque de pinsapos.
Aquí, la plaza del pueblo. Más allá, la iglesia.
La misma en la que me colé para cortarle el rollo a las señoras que rezaban y zumbaban.
La iglesia. Veo luces. Luces de las velas prendidas desde la calle. El portón está entreabierto. Pero no. No pienso entrar. Esta vez no voy a cometer el mismo error de siempre. Ya he cubierto el cupo por hoy. Quizá mañana, con el contador de gilipolleces reiniciado de nuevo.
O eso pienso justo antes de escuchar una extraña voz:
Lucía Jara Colomer.
Lucía Jara Colomer.
Lucía Jara Colomer.
Aquella letanía me recuerda a cuando tengo cita en Hacienda y me hago la remolona al llegar mi turno.
Lucía Jara Colomer.
Lucía Jara Colomer.
Lucía Jara Colomer.
Proviene, cómo no, de la iglesia. Alguien quiere que caiga en la trampa. No estoy dispuesta. Dadme un puto minuto de respiro, por el amor de Dios.
Lucía Jara Colomer.
Lucía Jara Colomer.
Lucía Jara Colomer.
Quiero alejarme de este sitio. Y lo habría hecho de no ser por la señorita Rottenmeier.
Aparece de improviso como una multa de tráfico.
Me coge de la pechera y me arrastra hacia el interior.
Trato de resistirme. Lo único que consigo es acabar besando el sacrosanto suelo de la iglesia.
Dichosa doctora. Empiezo a pensar que la tiene tomada conmigo.
Nada, una ligera sospecha. El suelo está frío. Mármol, diría.
—La casa, Lucía Jara. —La señorita Rottenmeier tiene una voz profunda, grave. Desagradable. Desde aquí abajo puedo ver su papada, las gafas de cristal redondo haciendo equilibrios sobre el puente de la ganchuda nariz.
—¿Qué está diciendo? —protesto.
—La maldita casa se lo llevó.
—¿A quién?
Me suelta una patada dirigida al costado que apenas puedo amortiguar con las manos. La realidad se arruga a través de mis ojos, el folio de una página a medio escribir que va camino a la papelera.
—No se haga la estúpida conmigo. Sé que conoce la historia de Pedro. —La doctora hurga entre sus propios rincones y saca una hoja de papel perfectamente doblada. Me pregunto dónde coño la guardaba—. Se olvidó esto en mi consulta el otro día.
Despliega la hoja para que vea su contenido. Es el dibujo que me regaló Pico, o Pedro, o como lo bautizara la madre que lo parió. Pero es imposible. Lo escondí en el cajón de mi mesita de noche.
—¿Y cómo sabe que ese dibujo es del chaval?
No. No es el mismo. Se le parece, pero este no tiene la tinta corrida. Yo misma la extendí con temblorosos dedos. Pico debía de estar muy aburrido para dedicarse a dibujar en su cuaderno como si fuera un artista pordiosero de los que mendigan en la calle.
—¡Necia! Cualquier mujer reconocería la obra de su hijo.
Vaya. Hablando de la madre que lo parió.
Voy a incorporarme. Sin perderla de vista. Temo que me suelte otra patada de las suyas. No ocurre. Cuando consigo ponerme de pie, la doctora vuelve a adoptar una pose hostil. Levanto los brazos en señal de rendición. Vale. Creo que he logrado que se lo piense por un instante. ¿Qué hago ahora?
Vamos, Lucía.
Saca de la chistera otra de tus buenas ideas.
—Puedo ayudarla, señora. Puedo encontrarlo por usted.
Ella escucha mis palabras. Las procesa. O eso creo.
No mueve ni un músculo. Yo tampoco. Ni siquiera tiemblan las llamas de los cirios.
El cristo sin máscara de buitre. Los santos.
La extraña figura de la santa que porta dos globos oculares sobre una bandeja.
El mármol bajo nuestros pies. Todo está congelado.
La escena al completo es una fotografía.
Una captura de pantalla. Sé que es temporal.
Que todo se ha detenido únicamente para tomar impulso y reanudar la marcha de esta historia tan cabrona, lisérgica, absurda.
Tic, tac.
Vuelvo a percibir el tremolar de las velas. Las sombras se agitan, proyectan sus deformes siluetas sobre las figuras eclesiásticas. La función prosigue. Alguien acaba de decidirlo.
La doctora se abalanza sobre mí. Sus manos me agarran del cuello. Retrocedo y estoy a punto de caer de nuevo. Intento desembarazarme de su presa. No va a resultar fácil. Menuda energía tiene. Me pregunto qué es lo que comen en la sierra. Todos están tan fuertes como el vinagre.
—Lo sé —dice sin dejar de apretar—. Sé que puede verlo, Lucía Jara.
Sé que Pedro está aquí atrapado, en algún lugar.
Que lleva años así. A veces… a veces lo escucho llorar por las noches.
Es como si se acercara a mi almohada y vertiera allí sus lágrimas.
Al amanecer me la encuentro empapada. Mi niño.
Quiero responder. Apenas me deja resuello.
Sus brazos son de cemento. Los míos, puro trapo.
Ahora me doy cuenta de que me he equivocado.
La doctora no es la señorita Rottenmeier.
Es la puta Sarah Connor. Cómo echo de menos las peleas de mentira de los rodajes.
Ojalá fuera como Bárbara. La aprendiz de psicópata.
La que no vacilaba en abrir en canal a sus enemigos.
Bárbara no tendría la impresión de que la vida se le estuviera escapando con pasos de gigante.
Cambio de estrategia. Menos fuerza. Más cerebro.
Me llevo una mano a la boca y ahueco los dedos.
Pico. Así es como se presentaba el niño.
Más vale que eso signifique algo para la doctora.
Funciona.
Una raja de luz se abre en sus pupilas. Algo que pugna por salir al exterior, harto de respirar aire contaminado. Sus manos se aflojan. Ahora se posan en mi pecho, como si quisiera auscultarme. O meterme mano. ¿Caerá la doctora también? Menuda racha llevo.
El gesto pétreo se ablanda como una pasta de arcilla con exceso de humedad. Mientras recupero la respiración, ella empieza a hablar con una voz prestada, como de locutora de programa nocturno radiofónico.
—Esta rebelión me costará cara, pero ya estoy harta de jugar mi papel. Soy como usted, una mera actriz. O, mejor dicho, una esclava. Todos lo somos aquí, Lucía Jara, aunque usted no lo sepa. Aún no. Quizás sea eso lo que le permite jugar con los límites de esta realidad.
Me pregunto a qué viene este diálogo tan críptico e impostado.
—Que somos esclavos, dice. Vale. —Y ahora, la pregunta del millón de dólares—. Pero ¿de quién?
Ella resopla. Niega con la cabeza. Me da por perdida. La comprendo.
—Se lo dije en la consulta. De Él.
—¿Y quién es Él? —Gracias por nada, Perales.
—Él es quien diseña el mundo. El arquitecto del dolor. Un dios con cuernos y rabo que apesta a azufre.
Vale. Ahora sí que me queda mucho más claro.
—Él es lo que todas las historias tienen en común —concluyo con una sonrisa de ganadora de concurso de sobremesa. Como si no hubiera quedado claro hace eones.
La doctora dice:
—Encuéntrelo. —Y más que una orden es un ruego.
—¿A Él?
—No. Encuentre a Pedro. Encuentre a mi niño.
—¿A su fantasma?
—No, maldita sea. A su cadáver. Está en algún rincón de la Casa Hueca. Por favor, hágalo. Es la única manera de que pueda olvidar.
La doctora apenas puede terminar la frase antes de sufrir una brutal convulsión.
Se retuerce sobre sí misma en una danza imposible.
Tomo distancia. Hilos invisibles tiran de sus miembros en direcciones aleatorias.
Esto se pone feo. Una bofetada de viento apestoso arremete contra nuestros cuerpos.
Ya no queda viva ninguna de las luces de la iglesia.
Negar el sentido de la vista permite que los cuatro restantes se acrecienten.
Paladeo el regusto amargo del miedo. Alargo una mano hacia la doctora y compruebo que su carne tiembla como la de un niño ante un médico armado con jeringuilla.
Percibo el hedor de un esfínter superado por los acontecimientos.
No veo. Pero escucho. Dios mío, eso que oigo…
¿Hay algo más espeluznante que el sonido de un hueso quebrándose?
Hay, mejor dicho, debe de haber un amasijo humano delante de mis ojos que solo puedo imaginar.
Creo que intenta articular algo en mitad de una marea de agonía.
Obviamente no son sílabas lo que salen de sus labios.
Apenas un puñado de borboteos sin ningún significado.
Puro vacío. Es hora de huir de allí. No vaya a ser que a Él le dé por pensar que soy cómplice de la pobre Sarah Connor.
Él. Mayúsculo. Inevitable.
El punto en común de todas las historias.
El arquitecto del dolor.