23. Una ducha y un exorcismo
El ojo. El viejo lo atrapa al vuelo. Y se lo vuelve a colocar como el que enrosca una bombilla.
Con soltura y estilo. Tan natural que pareciera estar ensayado.
¿Y si todo lo estuviera? Juraría que nada de lo que ocurre aquí sucede por primera vez.
Toda esta escena no es más que una rutina.
Un lunes que no se cansa de joderte la semana.
Un guion repetido en el tiempo escrito por algún hijo de puta.
Gloria es la que se encarga de alimentar al viejo con películas y carne fresca a la que contemplar.
Contemplar con ojos de cristal.
¿Para qué diablos quiere que nos enrollemos si no puede vernos?
—Disculpadme. A veces se salen con el calor.
No pasa nada. Prefiero sudar un poco si así estáis a gusto.
—Se encoge de hombros—. Sé lo que estás pensando, guiri.
Pero déjame decirte algo. No me hace falta ver para disfrutar del espectáculo.
Aún conservo los otros sentidos. Me conformo con escuchar cómo suenan los gemíos y percibir el olor de la piel húmeda y caliente.
Creo que ya he aguantado bastante. Me largo.
Al despegarme de Gloria noto cómo dejo de arder.
Otra vez se ha llevado el calor consigo.
Le ordeno que nos vayamos de allí con una simple mirada.
Hay un reguero de deseo rezumando por sus labios.
La decepción deforma tanto sus facciones que ya no se parece a ella.
Pero lo sigue siendo. Ella es mi guía en la visita al gabinete de curiosidades emponzoñadas que es este pueblo.
Ella. Gloria. Maldita seas. Maldita tu sonrisa de súcubo. Y maldita yo.
El viejo se remueve en el sillón. No necesita ver para darse cuenta de que la fiesta acaba antes de tiempo. Lo escucho paladear, tragar saliva, engrasar esa tubería recubierta de amianto que es su garganta. Y dice:
—No me creo que te vayas a marchar sin conocer el secreto de la Casa Hueca, guiri.
Nadie hace nada sin interés de por medio. Nadie.
Yo tampoco, por supuesto.
—Ya me las apañaré para averiguarlo yo solita. Y usted, póngase alguna porno para terminar la faena. Con el volumen al máximo.
El señor Valero se refugia por unos instantes en su eterno cortinaje de tinieblas. Todo para acabar diciendo:
—Suerte, entonces.
Me encamino hacia la salida. A cada paso que doy, más espeso se me antoja el aire que allí se concentra.
Daría media vida por una ducha y por un exorcismo.
Un dos por uno. Esta vez es Gloria quien me sigue, la cabeza agachada como una niña que es consciente de lo mal que se ha portado en clase.
A mi espalda escucho por última vez el asqueroso ruido del viejo, sorbiendo, aferrándose a los vestigios de nuestros hedores corporales.
Abro la puerta. Sonrío ante el frescor del bosque haciéndome cosquillas en el rostro.
Antes de cerrar, la voz del señor Valero formula una cuestión de esas que no esperan respuesta:
—Ya has soñao con Él, ¿verdad?
Claro que sí.
Cada vez que sueño, aparece el hombre de la máscara de buitre.
Y la próxima vez que ocurra, pienso quitársela a hostias.