24. Y el bosque observa en silencio
Estoy follando y el bosque observa en silencio.
Mi espalda siente la caricia fresca de la hierba. Sobre mí, Gloria, recubierta de sudor, se esmera en que la llama que me abrasa por dentro se convierta en hoguera, la hoguera en pira de sacrificios y la pira de sacrificios en la obra cumbre del sacerdote más pagano.
Sobre mí, Gloria.
Sobre Gloria, el techo de hojas, iluminado por ese irreal resplandor verde.
No recuerdo cómo he llegado hasta aquí. Y debería preocuparme. Pero no es así. No ahora.
Su saliva me hace cosquillas en el paladar. Oh, Gloria. ¿Tú también estás enganchada a las pastillas de la señorita Rottenmeier? ¿O es que me las he tomado sin darme cuenta y llevas su sabor impregnado en la boca?
Nuestras carnes se rozan hasta el hartazgo. Hasta llegar a conocerse una a la otra. Hasta lograr ser una sola.
Hay gemidos que se confunden con el murmullo de los animales. Que se entrelazan formando una sinfonía salvaje. Las ramas crepitan. Los pinsapos se estiran para desperezarse, tal vez extasiados, tal vez carcomidos por el horror de nuestro pecado.
Sé que me voy a correr. Es cuestión de segundos.
O de horas. Quizás sean días. Este maldito pueblo hace que pierda la medida del tiempo una y otra vez.
El caso es no quedarme a medias. Llegar a la cima.
Y, sin embargo, temo hacerlo. Cuando eso ocurra no podré evitar que mis párpados se aprieten de puro placer.
Y al volver a abrirlos, tal vez se haya acabado todo.
Porque no alcanzo a discernir si esto es un sueño.
Aún soy novata en esas lides. Lo peor de serlo es que habrá muchas posibilidades de volver a ver al monstruo de la máscara de buitre.
El tiempo pasa.
El tiempo no vuelve.
Estoy follando.
Alcanzo la cima y todo se precipita.
Ya no escucho los quejidos amortiguados de los animales.
No crujen las ramas, ni las raíces, ni las hojas.
Gloria ha dejado de gemir. A mí se me ha olvidado cómo utilizar la lengua para hablar.
El silencio es un dictador que se apodera de todo lo que existe.
Una vez escuché que esto es lo que ocurre cuando algo anómalo está por venir.
Todos callan ante lo inminente de la fatalidad.
Entonces las veo.
Sombras que se mueven a nuestro alrededor.
Portan el traje oscuro típico de estas tierras.
La mortaja. Rostros deformes que apenas se adivinan tras la fugaz hendidura de su indumentaria.
Nos rodean. Nos rodean poco a poco, arrastrando las sucias telas por la hierba.
Se mueven todas a la vez en perfecta sincronía.
Nosotras apretamos aún más nuestros cuerpos.
Nos cubrimos una con la piel de la otra.
No es pudor. Es un absurdo mecanismo de defensa.
Petrificadas como dos víctimas de Medusa.
No. En realidad somos una sola. Una contra decenas.
No sé cuántas amortajadas hay. Cada vez aparecen más.
Es como si se desdoblaran para reproducirse en una especie de mitosis aberrante.
Y todas se mueven. Perfecta sincronía. Es una gigantesca masa informe.
Ya están ahí. No ofrecen escapatoria. Ya están ahí.
El silencio claudica ante un espantoso coro de zumbidos.
Una de las sombras toma la iniciativa y se descuelga del grupo.
Una cojera terrible acompaña sus andares titubeantes.
Completa el camino hasta alcanzarnos. Entre las telas negras de su rostro creo distinguir facciones que me resultan familiares.
Es el señor Valero. Hay algo diferente desde la última vez que lo vi.
Esta vez no lleva los ojos de cristal. La sonrisa de satisfacción anuncia que ha logrado lo que pretendía.
Que lo ha disfrutado. Continúa moviéndose.
Lento, muy lento. Como si cada acción conllevara un sacrificio a los dioses.
El viejo se coloca de rodillas junto a nuestros cuerpos.
Vomita el dolor en forma de quejidos. Ahí viene.
Aproxima el rostro hasta que la piel flácida de sus mejillas me roza.
Casi puedo ver el interior de su cráneo a través del cráter donde antes se alojaba el ojo falso.
Noto su aliento cálido. Lleva consigo el hedor de su morada.
Algo húmedo se introduce en mi oreja. Su lengua.
Su puta lengua. El asco me inunda. El señor Valero decide verter sus rasposas palabras dentro de mí.
El murmullo es tan negro como el café que probé en el bar del pueblo.
Es puro veneno.