22. Un corazón que rumia su propio infarto #2
En pocos segundos, un fogonazo cubre de naranja todo el salón.
Las facciones del señor Valero quedan al descubierto.
Lo primero que se me viene a la cabeza es que puedo añadir su rostro a la lista de cosas que me dan miedo.
Me da la impresión que le pone cachondo eso de dar órdenes a los demás. Dice:
—A ver si se nos va a resfriar tu amiga, Gloria. Que toavía os queda un trecho de vuelta y ahí fuera está cayendo una humedad de tres pares de cojones.
En la cara del viejo se entremezclan bolsas y ojeras con arrugas y cicatrices.
Ojos medio salidos de las órbitas, mirada suspendida sobre la nada, pupilas de brillo artificial.
Las llamas proyectan sombras de manera caprichosa.
Tengo la sensación de que su rostro está zurcido a base de retales.
Que si lograse encontrar el hilo del que tirar podría descoserlo por completo hasta dejar al descubierto músculos, cartílagos y humores apestosos.
—Bueno, al lío, al lío, Lucía —dice él—. Ese es tu nombre, ¿no es así?
Asiento. La habitación va calentándose poco a poco.
—Cojonudo. Gloria me ha comentao que te gustaría saber más sobre la historia de este pueblo.
Y hablando de historia, sé que estás durmiendo bajo el techo de la casa de tu maromo.
—Vuelvo a asentir—. No es una casa cualquiera, ya lo sabes.
Seguro que ya te han pasao cosas raras. Aunque deberías estar acostumbrada, teniendo a un escritor de novelas de miedo a tu lado.
Me resulta llamativo que el viejo haya usado prácticamente las mismas palabras que yo enuncié en su día mientras discutía con Esteban.
Tras asumir mi silencio, farfulla:
—También me ha chivao un pajarito que eres actriz. Qué honor que tengamos por aquí a una famosa.
No sé a dónde quiere llegar el tipo este. Y me da mala espina. Seguramente sea debido a esa cara de sapo que tiene.
—La fama y yo nos llevamos a matar, señor Valero. Muy poca gente ha visto mis películas. Por no hablar del tiempo que hace desde mi última actuación. —Ya basta de rodeos—. Acerca de la Casa Hueca y del niño que allí se perdió, ¿qué puede contarme?
La mirada de ojos saltones desciende hacia un invisible abismo situado entre los pies. Ese tipo de abismo que, tras mirarlo, te devuelve la misma mirada, despojada de cualquier hálito de esperanza.
—Leyendas —susurra, como si hablara para sí.
Se rasca la barbilla antes de continuar—.
Hay tantas leyendas en este pueblo… He perdío la cuenta, hija.
A la gente le encanta inventar cuentos siniestros, narrárselos a otros y que estos otros los transmitan a su vez a más y más personas hasta que, un buen día, ese mismo cuento regresa a ti envuelto entre palabras completamente distintas a las que utilizaste la primera vez.
Así se crean las leyendas. Así se entretienen aquí.
Tú hazme caso, guiri. Los del pueblo se aburren mucho.
No les quea más remedio que buscarse cosas nuevas para animar sus miserables vidas.
Vaya rollo que acaba de encasquetarme el viejo. Empiezo a creer que disfruta siendo el centro de todas las miradas. Y que está tratando de generar expectativas antes de soltarme la gran revelación.
—Todo eso está muy bien, señor Valero. Y mi amiga Gloria lo sabe de primera mano, que para eso les suelta sus milongas a los alemanes.
Pero estoy segura de que usted sabe algo sobre esa casa, y que tú —aprieto la mano de la guía con más fuerza—, Gloria, tú me has traído aquí porque cuentas con que el abuelo suelte su propio cuento. Y sabes que lo hará.
Por unos instantes apenas se escucha el crepitar de las llamas en la chimenea, el dulce suspiro de Gloria y al señor Valero sorbiendo por la nariz como si pudiese aspirar nuestros pensamientos.
—Vaya por Dios. Po sí que es lista la guiri.
Está bien. Claro que sé lo que ocurrió en la Casa Hueca.
Llevo muchos años viviendo aquí, amparao por el bosque.
Y aunque estoy alejado de todo, me entero de cualquier mierda que ocurra en el pueblo.
—Sonríe. La dentadura de piano usado queda al descubierto—.
Pobre niño. Como se suele decir, se metió en el lugar equivocao.
O, mejor dicho, en la historia equivocá.
Una nueva pausa. Valero respira hondo. Otra vez.
Me acojona cada vez que lo hace. En el rostro a parches, los globos oculares parecen agigantarse a cada segundo que transcurre.
Es como si quisieran escapar del cráneo que los aloja.
O será que mi imaginación está contaminada de forma irreversible.
Y es mi imaginación y no otra cosa la que construye la siguiente frase que suelto:
—Creo que la secta de las amortajadas tiene algo que ver en todo esto. Y que, al igual que sabe lo del niño y lo de la Casa Hueca, usted también debe estar al tanto de eso.
El viejo se pasa una mano sudorosa por las arrugas de la frente. Alza un poco el rostro y conecta sus extraños ojos con los míos.
—Y yo creo que te estás metiendo en temas muy peligrosos, guiri. —Calla, inspira, sorbe, espira, agita la cabeza, tose, escupe y habla de nuevo, esta vez dirigiéndose a la guía—. Ay, Gloria. Yo sé por qué la has traío, a pesar de todo. Me conoces tan bien, mi niña.
Gloria se arrima hasta que todo su cuerpo entra en contacto con el mío. Tengo la impresión de que mi mano ha absorbido todo su calor. La suya está fría como el tacto de la soga de un ahorcado.
—Dígaselo, señor —dice Gloria, o implora más bien—. Está deseando.
No sé qué traman estos dos, pero me huele tan cerrado como el pesado ambiente que oprime mi pecho. Quiero desentrañar este misterio y hacerme valer. Claro que quiero. Pero no a costa de cualquier cosa.
—Escúchame, guiri. Hay una película que vi hace muchos años, muy popular.
Seguro que te suena. Una muchacha que es detective necesita ayuda de un peligroso criminal.
El criminal está enjaulao, lejos de ella.
Y, aun así, él puede olerla a través de los orificios de su celda.
Entonces, cuando la muchacha le pregunta por algo que necesita saber, el criminal suelta una frase en latín.
—Ya vale —le corto—. Dígame qué es lo que quiere a cambio, abuelo.
—Está bien, guiri. Está bien. Se me olvidaba que eras bien espabilá. Así que no debería ser complicao que adivines eso que quiero.
El susurro de serpiente de Gloria chorreando por mi oído. La expresión irreal del señor Valero. El fuego, el fuego, el fuego consumiéndose en su propio deseo en el interior de la chimenea. La sangre en mis venas, mareada de circular a toda leche. Qué demonios ocurre aquí.
El señor Valero.
Su expresión irreal.
Los ojos, tan salidos como él mismo, siempre abiertos, siempre. Y los párpados. ¿Y los párpados?
No tiene. Igual que en mi puto sueño.
—Tenías razón, Gloria —dice—. Lo estoy deseando. Y vosotras también. Vamos, poneos cómodas.
El viejo se echa mano a la entrepierna. Apuntilla una frase que parece darle sentido a esta abominación:
—No seas tímida, guiri. Solo tienes que hacer lo de siempre. Actuar.
No quiero. Que te den, cabrón. Eso es lo que estoy a punto de gritar.
Debería hacerlo. Arrojar miles de frías lanzas desde mi garganta metálica.
Empalar al viejo contra la piel de su roñoso sillón.
Ardo. La saliva caliente de Gloria resbala por mi nuca.
Hay mil volcanes a punto de abrirse por todo mi cuerpo.
Gotas de ardiente lava a punto de correrse.
Hielo y fuego.
Es en ese momento cuando al señor Valero se le cae un ojo.