22. Un corazón que rumia su propio infarto
Hace rato que dejamos atrás la plaza del pueblo.
Tiempo suficiente para que se me fuera el susto del cuerpo.
Pero no es así. El susto sigue ahí, a gusto, incrustado hasta el fondo.
No sé muy bien qué ha ocurrido. Gloria dice que me encontró sola, en medio de la calle, mirando absorta el atardecer.
Desconectada del mundo. Perdida. En mi cabeza, el eco de extrañas advertencias que me hablaban de Él.
No quiero pensar que esté volviéndome completamente tarada. Pero ¿cómo se explica entonces?
—Vamos, Lucía.
¿Cómo coño se explica?
—¿Te pesa el culo o qué? —insiste Gloria a modo de entrenador personal—. A este paso nos vamos a encontrar el pinsapar cerrado.
—El pinsapar. Conque así se llama. Y no me jodas que hay un horario y todo. ¿Es un bosque o un centro comercial?
—Cómo se nota que eres guiri, joía. Pues claro que tiene horario. Y un guarda forestal que nunca está, pero que cobra igualmente. Es colega, no te preocupes. Si nos lo encontramos, nos dejará pasar.
Refunfuño. Solo un poco. Acabamos de llegar a las puertas del bosque. Siguen abiertas, de momento. Ni rastro del guarda. Los únicos que vigilan son los árboles centinelas. Parecen más severos que nunca. Por nada del mundo me metería ahí dentro. Y menos si es de noche.
Gloria dice:
—El señor Valero tiene una casa en mitad del pinsapar. Solo admite visitas cuando se despierta. Y, al contrario que todos los demás, duerme de día. Tiene cerca de cien años, o eso dice él. Y no. No es un vampiro.
Por nada del mundo me metería ahí dentro.
—Ya. O eso dice él.
—Oye, que aún estamos a tiempo de abortar la operación. ¿Seguimos o no?
Por nada del mundo.
—Seguimos, Gloria. Claro que seguimos.
Atravesamos la linde del bosque. El cortejo de bienvenida lo forman todos los vientos de la sierra, peleándose a puñetazo limpio.
Y nosotras vamos directas hacia el puto ojo del huracán.
Pero la cosa se tranquiliza tras avanzar unos pocos metros.
En el interior no existen corrientes de aire.
Todo parece en calma. Los sonidos de los animales llegan amortiguados, como si alguien apretara una lámina de plástico contra los picos de las aves y los hocicos de las bestias.
Huele a hierba húmeda, a madera recién cortada, a tierra que ha sido removida mil veces.
Gloria va bien pertrechada. Sostiene una enorme linterna en la mano derecha. Me cede otra similar para que yo también ilumine la senda. Aunque, por sorprendente que parezca, en el corazón del bosque se puede ver a varios palmos de distancia.
El pinsapo es un tipo de abeto, la especie dominante en la sierra.
Digo yo que de ahí vendrá lo del pinsapar.
Las hojas son gruesas y punzantes. Retazos de luz verdosa se filtran a través de las frondosas copas.
Luz de luna, supongo. No puedo ver el cielo, pero ya debe de estar oscuro ahí fuera.
A pesar de todo, en esta gigantesca trampa de ramas y hojas flota un ambiente más acogedor que en el resto del pueblo.
O será que el bosque aún no me tiene calada.
—¿Estás bien, Lucía? Una mijita nerviosa, ¿no?
Me arrepiento de haberle dicho mi nombre. Seguro que acaba gastándomelo.
—Eso parece.
—Venga ya. —Se detiene para recargar fuerzas.
Saca un mechero con el símbolo de una hoja de marihuana y una pitillera con porros.
Escoge un par. Un canuto para ella. Otro para mí.
Qué generosa. Diría que disfruta avivando mis vicios—.
Anda, pégale un par de caladas. —Obedezco.
El efecto es inmediato. La vida tiembla, se difumina tras sábanas de humo.
Todo entra mejor. Mucho mejor—. Y ahora, dime, ¿a qué le tienes miedo, joía?
¿En serio, Gloria? ¿Te hago una lista?
—Me debato entre el miedo a una casa embrujada, a un escritor psicópata, a una turba de vecinos poseídos que zumban como moscas, a siniestras pesadillas con un seboso enmascarado, a un vejestorio al que le gusta trasnochar y a un buitre que la tiene tomada conmigo. Hay para elegir.
—Anda que no —contesta Gloria con cierto tono de guasa—. Pues, de todo ese compendio de horrores que has enumerado, yo diría que el último es el menos peligroso.
—No me jodas. ¿También montas rutas sobre pajarracos?
—No, pero no es mala idea. El buitre negro es una especie autóctona de la región. Esos bichos imponen mucho, lo sé, pero al fin y al cabo solo buscan carroña. Ya has aprendido que es peligroso meter tus zarpas en su comida. Por lo demás, estás a salvo. A no ser que te mueras, claro.
—Qué alivio. ¿Cuánto queda para alcanzar la guarida del vampiro?
—Aún falta un buen trecho por subir. Cuando lleguemos vas a flipar con las vistas.
Continuamos hasta que me doy cuenta de que el paisaje ha cambiado.
El pinsapar parece comprimirse como un corazón que rumia su propio infarto.
Caminos estrechos. Una plétora de brazos de madera que dificulta el paso.
Cada vez cuesta más ganarse unas buenas moléculas de oxígeno.
La tierra se empina y se empina para dejar bien claro que la naturaleza se construye sus fortalezas como le sale del coño.
Esto ya no me parece tan acogedor. A pesar de la compañía. A pesar de la droga. La compañía de este porro a punto de consumirse. La droga impregnada en la piel de Gloria. El bosque está de uñas. Será que, al fin, alguien le ha chivado quién soy.
Cuando estoy a punto de preguntar por enésima vez si falta mucho, Gloria me hace señas con la cabeza.
A un puñado de pasos se abre un pequeño claro que los árboles han respetado.
Y, en mitad de este, la cabaña. No sé si será tan vieja como la persona que la habita, pero no le vendría mal un lavado de cara.
Los tablones de madera de la fachada se cruzan unos con otros para unir fuerzas e impedir que todo se venga abajo.
El tejado luce algún que otro desconchón.
Hay una chimenea que sobresale de la parte central.
Aquí no tengo dudas. Esta es la típica casa donde aguarda el psicópata de turno.
Seguro que está frotándose las manos ante nuestra llegada.
Quiero preguntar a Gloria si de verdad está segura de meterse ahí dentro. Aunque tampoco me apetece quedar como una cagona. Si el señor Valero acaba siendo un psicópata, un vampiro o la combinación de ambas cosas, joder, que sea él quien se ande con ojo.
—¿Entramos o qué?
Soy yo la que ha preguntado. A lo que Gloria, tras encogerse de hombros, responde:
—Creo que será mejor que entre yo primero. El señor Valero es un hombre peculiar. Prefiero ponerle en situación antes de que una desconocida se presente en su casa sin avisar.
Vaya. La voz de la prudencia. Sé que tiene todo el sentido, pero el ansia por conocer al viejo me está poniendo de los nervios.
Gloria pasa sin llamar y me deja a solas con el bosque y sus vistas.
Tengo que reconocer que son brutales. Es como presenciar una miniatura a escala del pueblo incrustado en la montaña.
Pero apenas tengo tiempo de recrearme. Mi compañera regresa al cabo de un par de minutos.
—Entremos. El señor Valero también tiene ganas de conocerte.
La penumbra nos acoge en su negro regazo.
Hay un destello pálido al fondo del salón, como arrinconado por el exceso de tinieblas.
Proviene de un televisor. Ante él se recorta una silueta inmóvil que debe pertenecer a nuestro anfitrión.
Curioso. Había mucha más luz afuera. La cabaña huele a cerrado.
Apesta. A saber desde cuándo no se ventila.
La silueta, sin quitar ojo del televisor, saluda con voz cavernosa:
—Hola, niña. Tú eres la amiga de Gloria, ¿verdad?
Tose un par de veces. Hasta juraría que escupe, pero no soy capaz de asegurarlo. Mejor así. Detengo mi atención en las imágenes que proyecta el aparato. Es una de las múltiples películas donde el protagonista es Drácula. Diría que es Bela Lugosi quien lo encarna. No podría ser más apropiado.
—Buenas noches, señor. —Devuelvo el saludo. Al fin alguien educado—. ¿Cómo está usted?
—Tirando, niña. Tirando.
—Pues yo le veo magnífico para la edad que tiene.
Mentira. Más que nada porque apenas puedo ver si está como un roble o pidiendo turno para la extremaunción. Además, Lucía, ¿qué pretendías haciéndole bromas a un tipo de cien años?
—¡Niña! No me jodas con lo de la edad.
El señor Valero apaga el aparato. Ya lo he cabreado. La oscuridad sonríe con la boca desdentada y planta una bandera negra en mitad del salón. El viejo se gira hacia nosotras. Dice:
—Te voy a decir una cosita. Al lado de este bosque en el que vivo podría decirse que estoy hecho un chavá. Todo depende de con qué se compare uno. Ese es el gran secreto de esta vida. A ver, Gloria, hija, ¿me has traído alguna película nueva? Que la del vampiro ya me la conozco de memoria.
Así que estos dos se montan un trapicheo curioso de DVDs. Me pregunto qué le dará a cambio el señor Valero.
—Hoy no tengo películas nuevas, señor. Pero, en su lugar, le traigo a Lucía, la guiri.
—Bueno, bueno. —El viejo comienza a inhalar de forma ostentosa, con ahínco. Puedo escuchar cómo el aire hediondo y cargado de humedad entra por sus fosas nasales—. Eso lo compensa todo, ¿no es así?
Ella me toma de la mano. Hierve. Gloria hierve.
No como yo, que podría ser de cera. Hacemos contacto, piel con piel.
Hielo y fuego. Qué épico. Gloria me presenta como su amiga guiri.
Será cabrona. El viejo le sigue la corriente.
Su garganta suena idéntica a un motor de tractor que lleva meses gripado.
Estornudo. He intentado reprimirlo un par de veces.
A la tercera fue la vencida. Hace un frío de muerte aquí dentro.
El señor Valero se da cuenta y emite una orden firme, casi marcial.
Gloria la acata sin rechistar. Se dirige a la chimenea para encenderla.
Diría que no es la primera vez que lo hace.
Es más, debe de ser ya costumbre. Tal vez el viejo esté impedido, o le cueste trabajo andar.