21. Ese es mi nombre
Chándal. Zapatillas. Inspirar, espirar. El aire convertido en vaho al escapar entre mis labios.
Calles blancas. Oscuros presagios. Inspirar.
Me dirijo a la plaza del pueblo. Espirar.
El teléfono vuelve a sonar. Serás impaciente, Gloria.
Estoy en camino. No me pidas que vaya más rápido.
Porque me encantaría hacerlo. Pero las agujetas dicen que no.
Acabo de ducharme y ya estoy empapada de nuevo.
El móvil sigue sonando. Miro la pantalla. Y no es Gloria.
Es mi agente.
Inspirar.
Esta vez sí que descuelgo.
Espirar.
Resulta increíble la cantidad de palabras malsonantes que pueden hilarse en un minuto.
De esto no tengo dudas, fíjate. Acordarme de toda la estirpe de alguien que lo merece se me da de puta madre.
Ni siquiera le doy el turno de réplica. Apenas escucho un par de conatos de contestación que cerceno con la destreza de una guillotina recién afilada.
Voy a colgar, pero la llamada se corta justo en el momento en que lo estoy mandando tan lejos que no creo que vuelva a por otra.
Este pueblo me agria el carácter. Yo no era tan así. Tan demonio.
Este pueblo.
¿Dónde estoy?
Me he desorientado por un momento. Es lo que tiene andar sin fijarte por dónde lo haces. Trato de volver sobre mis pasos. Nada más llegar al primer cruce de caminos me ocurre lo de otras veces. Todas las calles parecen iguales. No sé en qué dirección he venido. Yo y mi nula orientación.
Inspirar.
Cojo el móvil y abro Google Maps. Bendito GPS. En cuanto le ordene que busque la plaza principal me salvará el culo.
Rectifico. Me lo salvaría si funcionara.
Porque la flecha del navegador no hace más que dar vueltas y vueltas como si estuviera poseída.
Miro la cobertura. Apenas una rayita. Se me acaba de joder el invento.
Trato de llamar a Gloria para avisarla de que voy tarde.
Nada. No hay señal. El GPS sigue estresado.
Pidiendo que el árbitro pite el final del partido.
Mientras tanto, el tiempo no ha dejado de sacarle arrugas al mundo y a quienes lo habitamos. Como siempre.
Espirar.
Prenden las luces en las farolas más puntuales.
El blanco de las calles se tiñe de naranja.
A la tarde solo le resta que alguien cierre la tapa del ataúd y ya estará lista para su entierro.
La partida del sol acrecienta la sensación de hostilidad de este pueblo y a mí no me queda otra que encomendarme a sus habitantes.
—Señor, por favor, ¿podría indicarme cómo llegar a la plaza principal?
La pregunta va dirigida al primer ser racional que aparece en la escena. Es un hombre de mediana edad, con la cantidad de cabello inversamente proporcional a las marcas de sol que tatúan la piel de su rostro. Inesperadamente, un gesto afable acompaña a su concisa respuesta:
—Por ahí.
Me encojo de hombros y me adentro en la calle hacia la que su dedo apunta. Estoy a punto de chocar con una adolescente abstraída por la música de los cascos. Interrumpo su concentración para volver a preguntar. Ella contesta:
—Por ahí.
Inspirar.
Esta vez insisto. Vale, por ahí, pero, ¿a cuánto queda la plaza? ¿Sigo recto? ¿Debo cambiar de dirección en algún momento?
—Por ahí —repite antes de continuar la marcha.
Espirar.
Estoy a punto de encomendarme de nuevo a mi vieja amiga, la orientación, cuando me doy de bruces con una sombra corpórea.
La fragancia de jengibre y efluvios propios de la vejez me abofetea sin piedad.
Hola, señora amortajada. Cuánto tiempo. No sabrá usted, por casualidad, cómo llegar a la plaza.
Écheme una mano y deje de joderme. La raja que se abre en el negro embozado deja entrever una pupila demasiado dilatada.
Levanta el brazo entre temblores. Una mano decrépita apunta hacia el fondo de la calle.
Antes de que pueda pronunciar ni media palabra ya sé lo que va a decir:
—Por ahí.
Le hago caso. La calle es una pendiente empedrada que termina en un brutal fogonazo.
Entrecierro los párpados. Suerte que aún los conservo.
Los últimos destellos del atardecer agonizan al final del camino.
A duras penas distingo una silueta que se interpone entre el semicírculo dorado y mis deslumbradas pupilas. Entonces, la vieja dice algo diferente:
—Él. Él viene por ahí. Te está buscando.
Otras voces se suman a la causa. Aparecen como de la nada. Se unen a la vieja para agruparse y señalar al unísono. Dicen:
—Por ahí. Él viene por ahí.
Y el zumbido, el enjambre de moscas invisibles, el murmullo de una marisma infecta. Y la silueta que se acerca, que les da la razón, que se dirige hacia donde yo me he quedado clavada como un crucificado aguardando la lanzada que ponga fin a la agonía. Y las voces, joder, las voces:
—Por ahí.
—Él.
—Por ahí.
—Él viene por ahí.
—Por ahí.
—Viene.
—Por ahí.
—Te está buscando.
—Él.
Suerte que una mano salvadora me agarra del brazo y tira de mí. Hacia otra dirección. No importa cuál. Extirpa mi presencia de la escena como si fuera un tumor. Tal vez lo sea. Tal vez soy yo la que no encaja en este organismo vivo que no para de emitir señales de rechazo.
Nos alejamos.
Aún escucho el zumbido y las voces tras de mí cuando, ya fuera de peligro, agradezco a mi salvadora que me haya mostrado el camino correcto. Ella responde:
—Guiar es mi trabajo, mujer que no se llama Gloria.
Inspirar.
—Lucía.
—¿Lucía?
Espirar.
—Ese es mi nombre.