La casa hueca 20. Una ráfaga de aire tibio
49%

20. Una ráfaga de aire tibio

—Gracias, Gloria.

—¿Gracias? ¿A cuento de qué?

Aún noto la lengua pastosa. El regusto amargo del despertar. El dulce mareo de la náusea. Las palabras que se filtran a través de un colador atascado.

—Pues a cuento de que acabas de salvarme de una asquerosa pesadilla.

—¿En serio? —Tras la pregunta se cuela una ráfaga de aire tibio a través del auricular del teléfono.

Y meciéndose en esa ráfaga, el sonido magnético, el reclamo del encantamiento que encierra la risa de Gloria—.

Hay que ver lo joía que eres. Apenas me conoces y ya te has dado cuenta de que no puedes vivir sin mí.

Es una engreída. Y me encanta.

—Eres una engreída. Y lo detesto.

—Pues debe de ser cierto, porque no eres la primera que me lo dice. Oye, cambiando de tema, ¿qué te parece si continuamos el tour de bebidas espirituosas del otro día?

—Gloria…

—Qué.

—Necesito tu ayuda.

Da igual que no la tenga delante. Puedo ver perfectamente cómo aprieta los labios, uno contra otro, como si echaran un pulso.

—Veo que sigues obsesionada con toda esa mierda de la Casa Hueca.

—No es solo la casa, Gloria. Hay más. Hay mucho más.

—Escucha…

—No —interrumpo—. Escúchame tú. El niño del que te hablé, ¿recuerdas? El que me llevó a la linde del bosque el primer día. Ese chaval es el mismo que se perdió aquí hace unos años.

—Ya. Pobrecillo. Y dices que sigue siendo un niño.

—Claro.

—Entonces, ¿qué hace aún por aquí dando vueltas?

—Gloria chasquea la lengua. El sonido se vuelve metálico a través del auricular—.

Supongamos que ha sobrevivido durante todos estos años.

Que se ha dedicado a observar a los habitantes del pueblo desde las sombras mientras crecía en la más absoluta soledad.

Todo muy rollo gótico y tal. Pero, de ser así, estaría bastante crecidito, ¿no?

—No.

—¿Y por qué no?

Joder, Gloria. Me vas a hacer decirlo. ¡Si es evidente!

—Porque es un fantasma.

—Oh, claro. ¡Cómo no había caído antes en eso!

—Por no hablar de que he empezado a tener sueños acojonantes. Yo, que tengo afantasia.

—¿Que tienes qué?

—Ya. Es normal que no te suene de nada. ¿Y a quién sí?

A veces me pregunto si soy la única persona en el mundo con esta enfermedad.

Gracias a ella, mi mente es incapaz de generar sueños.

Bueno, eso era antes. Ahora resulta que me he curado.

Milagro. Desde hace unos días he empezado a soñar.

Auténticas mierdas, tengo que añadir. Para eso, mejor haberme quedado como estaba.

Pobrecilla. Debe de estar alucinando con todo esto. Obviamente no se cree nada de lo que le estoy contando. Pensará que estoy zumbada. Pero me da igual. Voy a ir directa al grano.

—Mira, Gloria. Aquí está pasando algo muy raro.

Y me he propuesto averiguar lo que es. He buscado en internet.

No hay nada. Es como si hubieran borrado todo rastro de aquel incidente.

Y la hemeroteca del pueblo salió ardiendo.

Eso seguro que lo sabías. —Conjuro un breve silencio únicamente para oír su respiración.

Me pone. Lo confieso—. Necesito respuestas, Gloria.

Y resulta que, por lo que sea, tú eres la única de aquí que no me mira como si quisiera clavarme un hacha en la cabeza.

Hay un largo rato en el que no escucho nada. Tal vez se lo esté pensando. O tal vez esté reprimiendo sus ganas de colgarme. Decido insistir:

—Por favor.

Un largo resoplido. Y su voz, al fin:

—Conozco a alguien que podría darte alguna pista sobre lo que quieres averiguar.

—¡Gloria! Eres la hostia, joder.

—Qué joía. —Otro resoplido. Esa risa que es como un punzón de hielo picando la nuca—. Tranquila, mujer que no se llama Gloria. Ya me lo cobraré. Nos vemos en una hora en la plaza principal.

—Allí te veo —contesto para nada. La llamada se corta antes de que Gloria pueda escuchar esas tres palabras. Me incorporo y noto cómo mis pantalones están casi adheridos a la silla. Apesto a sudor. Necesito una ducha.

Antes de abandonar la biblioteca, no me resisto a echar otro vistazo a los libros. Nada. El estuche de las fotos sigue sin aparecer. De pronto, tengo la sensación de que uno de mis zapatos se queda pegado al suelo.

He pisado algo. Algo viscoso, blanquecino, medio reseco. Sé lo que es.

Sé de quién es.