La casa hueca 19. Pegajosos pedazos
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19. Pegajosos pedazos

Me escuecen los ojos. Buscar en Internet no es lo mío.

Otra vez la puta desazón. Sus asquerosos tentáculos se me ensartan en los pulmones.

¿Es que no hay nada que se me dé bien? Siento los músculos agarrotados de estar sentada en esta silla.

¿Cómo lo hacen los escritores para pasarse horas y horas aquí, clavados a este potro de tortura?

Si al menos ganaran dinero a raudales, lo comprendería.

Pero no. La mayoría no sacan más que un puñado de euros al año.

Al año. Y, aun así, con el yugo de la precariedad aplastando las cervicales, se dejan la vista frente al procesador de texto.

Es entonces cuando lo escucho. Esteban. Ha regresado.

Está detrás de mí. Junto a las estanterías.

El rasgar de las páginas pasando entre los dedos.

Eso es lo que percibo. Debe estar rebuscando entre los libros, Dios sabe para qué.

Dios o el diablo. Tanto me da. El caso es que no sé qué hace ahí, tan callado y nocivo como una enfermedad degenerativa.

Yo mantengo la vista enfocada en la pantalla de mi Mac.

Podría girarme. O no hacerlo. O salir corriendo.

O levantarme y enfrentarme a él. Podría hacer muchas cosas.

No puedo hacer ninguna de ellas.

Todo mi cuerpo está apresado por gruesos eslabones de una cadena que huele a orín, herrumbre y sangre olvidada. Trato de liberarme aun sabiendo lo inútil que resulta. Tanto como exclamar:

—Si este es otro de tus trucos, Esteban, te puedes ir a tomar por el culo.

Apenas soy capaz de doblar los tobillos. De puntillas, trato de arrastrar las ruedas de la silla. No se mueven. Deben de estar bloqueadas. Lo único que consigo es girarme. Así puedo mirarlo de frente.

No es Esteban.

Es el hombre de la máscara de buitre.

El vello le inunda el pecho. La barriga. Tal vez sean la misma persona.

Está desnudo. Otra vez. Se toca. Se ríe y se toca y sigue masturbándose durante un rato. Los hilillos de baba espesa rezuman bajo la máscara mientras se ríe. Otra vez.

La arcada me sobreviene con tanta fuerza que parece que me han dado un puñetazo en el estómago.

El espasmo desencadena un tremendo latigazo en el cuello.

Al tenerlo inmovilizado, no puedo impedir que el vómito se desparrame sobre mi barbilla, baje al pecho y acabe encontrando hueco en mi regazo. Respiro. Respiro.

Se ríe y se toca.

Durante un rato.

Bajo la máscara.

Noto una sequedad insoportable en los ojos. Querría cerrarlos para siempre. Así no tendría que ver al hombre de la máscara cada vez más excitado. Para siempre. Ojalá pudiera. No tengo párpados.

Sigue masturbándose. Se ríe. Aumenta el ritmo hasta eyacular con un grito que parece venir del rincón donde se guardan todos los horrores del mundo. El suelo se mancha.

Baba espesa.

Se ríe. El vómito. Se toca. Mi regazo.

La misma persona.

Otra vez.

Siento que me van a estallar los globos oculares. Trato de llorar en busca de una pizca de humedad. Pero nunca fui de lágrima fácil. Mala suerte.

Mi teléfono está vibrando. Sobresale de uno de los bolsillos de mi pantalón. Sigo aprisionada. No puedo cogerlo. El hombre de la máscara decide hablarme. Como no veo su rostro, no tengo ni idea de si mueve los labios o si la voz me llega desde una oscura esquina de mi cerebro. Sus palabras son:

—Me perteneces, Lucía. Solo a mí. No lo olvides nunca.

Estiro los músculos del cuello para alcanzar a divisar la pantalla de mi móvil. Aún con la vista borrosa por la falta de lubricación, logro ver quién está llamando. Es en ese momento cuando el sueño se rompe en miles de pegajosos pedazos.