La casa hueca 18. La medida del tiempo
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18. La medida del tiempo

En la sala de los libros hay una antigua mesa apolillada.

Sobre ella, una máquina de escribir a la que le faltan algunas teclas junto a un flexo cubierto de óxido.

Uno de los pocos vestigios de la antigua Casa Hueca.

Seguro que el padre de Esteban exprimió aquí su escaso ingenio durante largas tardes.

Cuántas historias nacieron para no llegar a ninguna parte.

Cuántas fueron abortadas a mitad de gestación.

Qué absurdo se me antoja el escritor que desgasta su vida a cambio de unas monedas o de un simple elogio.

Las sobras de un público que no lo escoge.

Que desprecia su torpe trabajo. Que prefiere otra lectura, otro entretenimiento.

Que lo convierte en invisible a ojos de la sociedad.

Unas monedas.

Un simple elogio.

Debe ser muy triste no llegar ni siquiera a recibir tales migajas.

He regresado a la biblioteca de la Casa Hueca. Hace unas horas que salí huyendo de aquí. Quien dice horas, dice días. Este maldito pueblo hace que pierda la medida del tiempo una y otra vez.

El niño. Por eso he vuelto. Por su fantasma, más bien.

Desapareció ante mí como un nombre muerto arrojado a una fosa común.

Quiero hacer algo por él. Lavar su memoria.

Devolverle la voz perdida. Eso me repito.

Así urdo el engaño. Porque todo lo que acabo de enumerar es mentira.

Que le den. Que le den mil veces al niño, a su fantasma y a su asquerosa boca plagada de gusanos.

He vuelto porque estoy hastiada de ser la tinta con la que se dibujan los ceros a la izquierda.

El burdo recipiente de una vida de la que nada se puede contar.

El icono de la mierda en un mensaje de WhatsApp.

Ya es hora de cambiar eso. De hacerme valer.

Hay un misterio ante mis ojos. Un hilo que une todas las cosas extrañas que he ido presenciando desde que llegué aquí.

¿Y si pudiera enlazarlo todo? ¿Y si me demostrara a mí misma que soy capaz?

Ser capaz.

Eso es lo que me apetece ahora mismo.

Y si la maldición de la casa, en el caso de que exista, acaba derrumbándose sobre mí, pues mala suerte. Títulos de crédito. Fin de la partida. Prefiero arriesgarme. Hacerle caso a esto que siento, sea lo que sea.

He vuelto porque sí. Porque quiero. Y porque me sale del coño.

Sobre la vieja mesa, mi Mac traza una pirueta tecnológica de decenas de años. Busco información acerca de este pueblo. De la casa maldita. De la historia de una desaparición. De los buitres. De psicópatas embozados en túnicas negras que ocultan sus facciones tras una horrible máscara.

Nada.

Ni rastro de noticias que guarden relación con nada remotamente similar.

El acceso a la red de hemerotecas de la provincia resulta del todo inútil.

Solo me queda la biblioteca municipal. Busco la dirección en el navegador.

Tal vez me dé tiempo a acercarme ahora. Con algo de suerte dará servicio por la tarde.

Digo yo que estos paletos también necesitarán cultivarse de vez en cuando.

Vaya. Qué conveniente. Según Google, está cerrada hasta nueva orden. Doy con una noticia relacionada en el buscador.

«Hace dos años. Un incendio acaba con todo el fondo de hemeroteca de la biblioteca municipal».

De puta madre. El fuego quemando los rastros del pasado.

Pudo ser fortuito, claro que sí, pero no puedo dejar de pensar en que alguien estaba muy interesado en borrar ciertas huellas.

Menudas conspiraciones me monto en la cabeza.

Es lo que tiene haber estado tanto tiempo bajo la influencia de alguien como Esteban.

En fin. Hora de dar marcha atrás en este callejón sin salida.

Voy a seguir otra dirección. Una que me lleve por los senderos del aficionado.

Navego por vídeos de leyendas contadas por millenials con demasiado tiempo libre.

Blogs donde la gente narra testimonios febriles, crudas demostraciones de que las drogas y el alcohol conducen al delirio más absoluto.

Grabaciones que podrían archivarse con una etiqueta donde figurase el nombre científico de algún que otro trastorno mental.

Me enredo en un mar de tinieblas digitales.

Busco. Busco un destello de luz, una chispa de calor.

Una señal. Busco algo. Necesito algo. Debe existir. En algún lugar. En algún momento.

Suena el teléfono. En la pantalla, un número conocido. Mi agente. Cuánto tiempo llevo aguardando tu llamada, hijo de puta. ¿Sabes qué? Ahora vas a ser tú el que desespere.

Paso del móvil. Retomo la búsqueda. Y lo encuentro. Algo.

Una red social. Una de esas que brotaron como setas en cuanto Twitter se fue a la mierda.

La cuenta de un pirado que se hace llamar Deprofundis.

Tiene decenas de miles de mensajes. Se afana en recopilar casos inexplicables procedentes de esa realidad alternativa que es la España rural.

Y tiene especial apetencia por las sectas.

Lo sabía. Sabía que tenía que haber alguien así.

Hay gente para todo. Estudio las publicaciones una por una hasta dar con la que me interesa.

El pirado habla de un culto ancestral. Encapuchados oscuros adorando a un dios pájaro.

Una especie de Santa Compaña de carne y hueso que juguetea con los límites de la muerte.

Cuenta que este culto se celebra en lugares cuyo nombre se esconde tras candados infestados de óxido, sangre y semen.

Sitios remotos, olvidados, de espaldas al trasiego de la vida moderna.

Deprofundis. Voy a dejarle un mensaje. Puede que no haya revelado todo lo que sabe.

Información clasificada que solo comparte con gente afín.

Le adjunto un par de fotos de las que tomé en la iglesia.

Imágenes de las amortajadas rezando. No se me ocurre mejor estrategia para despertar su interés.

A tipos así les encanta encontrar pruebas gráficas de lo oscuro y lo morboso.

Hablando de pruebas gráficas. Las fotos Polaroid.

Se me habían olvidado por completo. Necesito verlas una vez más. Puede que haya alguna pista en ellas.

Joder. No están. Ha desaparecido el libro falso que las contenía. Habrá sido él. Seguro que está detrás de toda esta mierda. ¿Quién eres, Esteban? ¿Con quién he estado compartiendo tanto tiempo?

Tiempo. Medida.

¿Cuánto tiempo hace que estamos juntos?

¿Cuánto tiempo llevo aquí?