La casa hueca 17. Uñas sucias
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17. Uñas sucias

La foto de las gemelas. Dos mujeres idénticas, colgadas, muertas. El niño sin lengua. Esteban y su insoportable altivez.

Ya está bien.

Necesito tomar un poco de aire. Esta vez no me preocupo de colocar la novela en su sitio.

Dejo atrás la biblioteca de paredes blancas.

Me adentro en el largo pasillo de paredes aún más blancas.

Cómo ignorar ese absurdo pálpito de que algo malo me va a suceder.

La casa rumia su siguiente movimiento. Va a volverse en mi contra.

¿De qué manera? No sé. No tengo ni idea.

Pero lo hará. Estoy segura. Puede que elimine todas las puertas que conceden acceso al exterior.

Puede que su propia sombra crezca y crezca hasta convertirse en noche, tiniebla y ausencia de toda vida.

Puede que remueva estas tierras de montaña y desolación y que el hambre ancestral despierte y que unas fauces de piedra se abran de súbito y que un abismo inevitable me haga caer en el más doloroso de los olvidos.

Puede.

Pero no. No esta vez. Salgo a la calle. Necesito. Un poco. De aire. Cuesta respirar. Son unos cuantos metros los que corro y ya vuelvo a estar medio asfixiada. Al próximo al que le escuche decir que el clima de la montaña rejuvenece le cruzo la cara.

El sol de invierno reluce sobre un cielo congelado.

Sus rayos no transmiten calor. Estoy segura de que pierden toda su fuerza antes de llegar a rozar mi piel.

Encuentro de nuevo el aliento perdido. Decido girarme.

La calle es una sucesión de casas que se apoyan unas contra otras.

Es el típico grupo de colegas que apenas aguantan en pie tras una noche de borrachera.

Solo hay una que se mantiene sobria, incólume.

La Casa Hueca. La nívea fachada contrasta con la decrepitud que asola a sus compañeras.

Creo que es la primera vez que me detengo a observar el cuadro al completo.

Es en ese momento cuando lo veo.

Está ahí, junto a la puerta de la casa, tirado en el suelo de guijarros.

La caja de madera abierta. Las piedrecitas negras, colocadas en fila, configuran una caprichosa arquitectura.

Me pregunto si ese orden establecido sigue algún patrón.

Piedrecitas negras. Las manosea, las junta y las vuelve a separar y todo eso provoca que las uñas, las uñas sucias y rajadas, las uñas de muerto, se ennegrezcan cada vez más.

Pico.

Siempre acaba apareciendo. Quiere algo de mí. Estoy segura. Me aterra que, de algún modo, ocurra lo contrario. Que sea yo quien necesite su ayuda. Si fuera así, no creo que lograra entenderme. Jamás.

¿Y si yo también debo quedarme muda para hablar su lenguaje?

Me aproximo con pasos cortos. El niño sigue ordenando las piedrecitas negras. Que se mueven en dirección contraria a sus manos mugrientas. Porque no son piedrecitas.

Son hormigas.

Decenas de indefensas hormigas a las que rodea para darles caza. Disecciona sus diminutos cuerpos. Los rebaña, los desmenuza, los aplasta.

Y digo:

—Por eso llevas siempre las uñas sucias.

Y Pico, o Pedro, o como coño se llame el pequeño que un día perdiera la lengua y todo lo demás en el laberinto de la Casa Hueca, se encoge de hombros. Debo de haber dicho algo tan obvio como proclamar que necesitamos oxígeno para respirar.

¿Y los fantasmas? ¿También lo necesitan?

—Oye, chaval. —No sé en qué tono dirigirme a Pico.

Nunca tuve mano con los niños. Por eso nunca he querido ser madre.

Y por eso no entiendo la razón de que siga apareciéndose ante mis ojos—.

¿Recuerdas qué ocurrió en esta maldita casa?

¿Cuánto tiempo llevas vagando por este lugar?

¿Qué…? —Dilo, Lucía. Dilo de una puta vez—. ¿Qué es lo que puedo hacer por ti?

Mala jugada.

El niño se frota las palmas de las manos. Trocitos de cadáveres saltan por los aires. Guarda su ataúd de hormigas en un bolsillo del pantalón. Flexiona las rodillas y, de un salto, se pone en marcha para huir como huye la esperanza del cuerpo de un suicida.

Torpe, Lucía. Muy torpe. Demasiadas preguntas seguidas para un niño. Se ha agobiado. El castigo es tener que correr tras él. Otra vez. No tardo en perderlo de vista. Tampoco me importa. Sé hacia dónde lo llevan sus veloces pasos. Y el camino ya me lo conozco.

Alcanzo el descampado. Más allá, el monstruo de abrigo de hojas verdes que es el bosque. Suena la partitura del viento rozándose con las ramas. Es una melodía perversa, sensual, húmeda. La naturaleza también necesita desfogarse de cuando en cuando.

Pico me está esperando, en cuclillas, medio oculto por la maleza.

Esta película ya la he vivido. Me acerco y confirmo mis sospechas.

La trampa de dientes acerados tiene una nueva víctima.

Esta vez no es un conejo. El bulto es más grande.

Del tamaño de un perro mediano, algo así.

El pelaje anaranjado le otorga una extraordinaria belleza que ensombrecen las manchas oscuras de la sangre ya reseca.

No lucha. No se mueve. No hay nada que se pueda hacer por él.

Nunca había visto un zorro de cerca. A saber cuánto tiempo lleva ahí atrapado.

Me hace señas. Extiende el dedo índice y dibuja una media luna alrededor de su cuello. No lo entiendo. No te entiendo, chaval. El zorro está muerto.

Tan muerto como tú.

O no.

Creo escuchar un quedo lamento. Apenas perceptible.

No puede ser verdad. Ausculto su pecho con la mano y percibo cómo se mueve a una velocidad exasperante.

Decir que el animal está vivo sería pecar de generosa regalando adjetivos.

Mejor no imaginar lo terrible de su agonía durante las últimas horas.

De repente, Pico vuelve a señalar hacia el cielo, como la vez anterior.

Sé lo que está a punto de ocurrir. Todo se repite. O casi todo.

Yo ya no soy la misma.

Echo mano del bote de las pastillas. Un par de dosis. Las ingiero tan rápido que apenas percibo su extraño sabor picante. Al instante, una descarga dolorosa cruza mi rostro. Regresa la pulsión en la herida de la ceja. Sé lo que significa.

Sé lo que tengo que hacer.

El tirón resulta certero. Basta con escuchar el espantoso crujido.

El animal ya es libre. Lo es en múltiples sentidos.

Me cuesta levantar el cuerpo ensangrentado.

No esperaba que pesara tanto. Extiendo mis brazos en paralelo y expongo la ofrenda.

El buitre irrumpe en el descampado. Ojalá tener las manos libres para apretarme la cabeza y hacerla estallar.

El dolor me taladra la piel, la carne, el cráneo.

Es insoportable. Tras clavar sus letales garras en el suelo, el ave se yergue ante mí.

Sus alas. Dios mío, sus alas extendidas.

Podría cerrarlas en torno a mi cuerpo. Hacerme desaparecer.

Pero no ocurre. El buitre toma impulso para alzar de nuevo el vuelo.

Una nube de polvo me ciega por momentos.

Tiempo suficiente para que el cadáver del zorro desaparezca de entre mis manos.

Al recuperar la visión, distingo la imponente silueta en el cielo. Ya vuela hacia su escondrijo.

El oleaje del dolor se retira poco a poco, mar adentro.

Pico.

El niño me observa con la boca abierta. Trata de hablar, o eso me parece.

Lo único que sale de su garganta es un nauseabundo concierto de gemidos.

Hace mucho que perdió la lengua. Todo por cometer la osadía de enfrentarse a la Casa Hueca.

Pobre Pico. Me gustaría abrazarlo. Trasmitir con el roce de mi piel una pizca de esta falsa compasión que me descerraja el estómago.

Y lo intento. Pero resulta del todo imposible.

Su hombro, su pecho, la encrucijada de sucios churretes que surca su rostro.

Nada de ello existe. Mis dedos traspasan su cuerpo etéreo.

Recuerdo cómo lo tomé de la mano hace unos días.

Aquella era la primera vez que me llevó hasta aquí.

Pude, entonces, sentir el tacto de su piel.

Pero ya no. Ya no más. Tal vez tenga sentido. He descubierto que es un fantasma.

Y los fantasmas pueden engañar a los vivos.

Claro que pueden. Les encanta mezclarse con nosotros.

Hasta que alguien revela el truco. Es entonces cuando se descubre que no hay presente, sino pasado.

Que no son, sino que fueron. Que ya solo quedan residuos y recuerdos tras una cáscara remendada con mentiras.