La Casa Hueca. Prólogo (II)
Miró hacia arriba. Había algo que pendía sobre su cabeza. Algo terrible. Pedro no estaba preparado para averiguar de dónde procedía ese ruido.
Nadie lo habría estado.
Ante el descubrimiento de dos cadáveres colgados del techo que oscilaban sin descanso, el pequeño Pedro reaccionó de manera lógica. Temblando. Se estremeció como si la temperatura se hubiera desmayado de golpe. Y tal vez fuera así. El viento, que provenía de ninguna parte, arreciaba en la sala.
Eran dos mujeres abrazadas, con los pies atados a uno de los cabos de la cuerda.
La escasa luz que se filtraba por la claraboya permitía, a duras penas, distinguir sus rasgos.
Tal vez fuera un engaño perpetrado por el escenario en penumbra, pero resultaban muy parecidas.
Como si una fuera el reflejo de la otra al abismarse sobre el gélido espejo de la muerte.
La diferencia más sutil se encontraba al comparar ambos rostros.
Una de ellas mantenía los párpados cerrados.
La otra no tenía ni párpados ni ojos, sino cráteres circundados por manchas oscuras.
Pedro también buscó un abrazo. El suyo propio.
Tal vez así pudiera contrarrestar con su calor el inmisericorde mordisco del miedo.
Los temblores le recorrían de pies a cabeza.
El silencio de la noche infinita que gobernaba la Casa Hueca permitía que se escuchara todo: los chasquidos de los huesos del pequeño al doblar las rodillas como débiles juncos a la intemperie, el sonido grave del aire entrando en sus pulmones, el arrítmico castañeteo de su dentadura.
Y el ruido que lo había llevado hasta allí.
¡Bum!
Ambos cuerpos suspendidos en el aire formaban un tétrico péndulo de carne.
La vieja cuerda se aliaba con los caprichosos fundamentos de la física para que los cadáveres chocaran contra la pared y luego salieran despedidos en dirección contraria.
Pasados unos pocos segundos, cinco para ser exactos, se estampaban contra el muro opuesto, perpetuando un movimiento que se prolongaría hasta el final de los tiempos.
O hasta que aquella maldita casa ardiera desde sus podridos cimientos.
¡Bum!
A Pedro le resultaba imposible dejar de observar aquel espectáculo. Ya le dolían las muelas de tanto rechinar.
De pronto, algo ocurrió. Las mujeres abandonaron la rigidez para mover los músculos en una espantosa sincronía, de modo que sus rostros se dirigieran en todo momento hacia la posición en la que Pedro permanecía.
El gesto lívido de la muerta de párpados cerrados resultaba aterrador.
Pero aún más terrible era el aspecto de su compañera, con dos agujeros convertidos en sucios cubiles de alimañas.
¡Bum!
Un niño es un imán que atrae todos los temores del mundo.
Pedro los sentía en el interior. Arañándole las tripas.
Pellizcando su corazón. Quiso liberarlos como se extirpa el veneno: escupiéndolos hacia fuera.
Así que aulló. O esa era su intención. Porque, al abrir la boca para gritar, los dientes siguieron moviéndose, arriba, abajo, arriba, abajo, sin ningún tipo de control.
Y no se detuvieron. Ni siquiera cuando se encontraron con aquel obstáculo húmedo y tierno.
Mordieron y mordieron y mordieron hasta que un estallido de sangre anunció que volvían a tener la boca libre para ellos.
¡Bum!
La lengua cayó cerca de sus pies. Se retorció sobre sí misma durante unos instantes, como si aún quisiera dar forma al aullido que Pedro nunca llegó a completar.
Desapareció poco tiempo después, dejando en el suelo poco más que un charco de saliva ensangrentada.
La Casa Hueca la había engullido.
¡Bum!
Pronto haría lo mismo con lo que quedaba de Pedro.