La casa hueca 16. No vas a leerla
38%

16. No vas a leerla

¡Bum!

Algo acaba de caer al suelo. El sobresalto hace que se me encoja el estómago.

Me pregunto si la novela de Esteban tendrá el don de profetizar lo que está por suceder.

Joder, Lucía, en qué coño estás pensando.

Venga, sonríe. Olvida eso que acabas de imaginar.

Y sonríe. Por mucho que sea una sonrisa nerviosa, fatídica.

Pura contradicción ante lo que debería simbolizar.

El suelo. Veo algo ahí tirado cerca de una de las estanterías.

Es un libro lo que ha caído. Qué otra cosa iba a ser.

Me aproximo en silencio, de puntillas, como si fuera una vulgar ladrona que trata de no hacer saltar las alarmas de una joyería.

Hago ruido. Vaya si lo hago. Es por culpa del suelo de madera.

Cada pisada produce un ruido espantoso, como si la tierra fuera a abrirse en dos.

Recojo el libro. Tapa dura. Marco ribeteado.

Letras doradas. Dos palabras en mitad de la portada.

Historia clásica. Comienzo a ojear las páginas.

Nada. No hay nada escrito en ellas. Es como uno de esos libros de muestra que pueden verse en las tiendas de muebles.

Hay algo más.

Al llegar a la parte final, descubro varias hojas sueltas. Fotografías. De tamaño pequeño, cuadradas. Las típicas que se hacían con cámaras Polaroid, allá por los ochenta o noventa. Parece que hubieran pasado miles de años de aquello.

Son a color. O eso creo. Es como si alguien las hubiera expuesto al sol durante largo tiempo.

Colores huidizos. Tonos que desean abandonar aquellas escenas.

Imágenes inquietantes. Extrañas. Observo la primera.

Una pareja de mujeres se abraza, sonriendo a la cámara, clavando sus expresiones como si fueran meras fotocopias la una de la otra.

La siguiente foto. Un corrillo de personas sentadas en torno a una mesa alargada.

Sobre ella, una ristra de objetos. No alcanzo a distinguir sus formas.

Podrían ser cualquier cosa. La siguiente. Una figura…

No.

Una figura cubierta por una mortaja negra.

Otra más.

Dios mío. Las mujeres gemelas. Muertas. Y abrazadas. Y muertas. Sonrientes. Y muertas.

Escucho pasos. Alguien se acerca. Esteban.

El dueño de este hogar de pesadillas. Me tiemblan las piernas.

¿Qué es todo esto? ¿Y si le pregunto? ¿Y si me cuenta por qué hay un libro en la biblioteca que guarda fotografías tan deleznables?

¿Y si empieza a quitarse la puta máscara tras la que se esconde y me dice la verdad?

Máscara. Aquel hombre. Ese que salía en mi sueño. Desnudo. Con una máscara de buitre.

¿Y si la persona con la que duermo cada noche es un perturbado?

Escucho pasos. Ya está ahí.

Voy a devolver ambos libros a la estantería. La Casa Hueca y el recipiente de esas fotos que nunca debería haber descubierto. Maldita sea. Cómo me sudan las manos. Los libros. Casi se me resbalan. Ya está. Ya los he colocado de nuevo. Justo a tiempo. Hola, Esteban.

—Lucía. Se me hace raro verte por aquí.

—No sé por qué dices eso. Con lo que me gusta leerte. —Mis cuerdas vocales son las de un violín que nunca llegó a afinarse. Pretendo sonar irónica. No sé si lo consigo.

—Ya. Por supuesto. Bueno, no hace falta que finjas. Sé perfectamente por qué estás aquí.

Esteban da varios pasos. Todos en idéntica dirección. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Ya puedo oler su aliento pesado.

—¿De veras? Muy bien. Venga, dispara. A ver si aciertas.

—Claro que acertaré —dice mientras señala hacia la estantería donde he colocado ambos libros hace unos dos o tres siglos—.

La Casa Hueca. Has venido a la biblioteca para buscarla.

Una de mis aburridas novelas. Estabas leyéndola.

Quieres saberlo todo acerca de la casa. Lo haces para descubrir si hay algo en la novela que pueda darte una pista.

Cabrón. Lo ha adivinado sin ningún esfuerzo.

—No ha sido nada difícil —asegura Esteban, como si viera cada pensamiento que martillea mi cerebro hasta convertirlo en pulpa viscosa—. El lomo del libro. Está orientado justo al contrario de los demás. Yo nunca haría eso. Sabes de sobra que el orden es una de mis mayores manías.

—Claro que lo sé. Y empiezo a sospechar que tienes otras mucho peores.

Al igual que ocurría en mi sueño, Esteban ha cambiado. Ya no transmite esa decadencia propia de los hombres que se dejan dominar por la gula y la pereza. Parece más alto. La barriga menos prominente. Su presencia es una armadura de hiedras venenosas. Hiere con un simple roce.

Las pupilas. Percibo un breve destello en ellas.

Tan cerca de las mías. La luz da paso a la negrura propia de sus ojos.

El silencio es un dios insaciable que lo engulle todo.

El tejido del tiempo se rasga. Los segundos caen, tan pesados como goterones de sangre.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco. De repente, sendas pupilas negras adoptan la forma de portales hacia otros universos donde solo habita la muerte. Esteban dice:

—Deja de obsesionarte con la casa, Lucía. Vete con tu amiga a emborracharte si quieres, pero olvida todo lo que te conté. Será mejor para ti. —Se detiene, como si se hubiera quedado sin aire. Poco después, prosigue—. Será mejor para todos.

—Joder, Esteban. ¿Y por qué no nos vamos?

—Eso no ocurrirá hasta que termine mi novela.

—Ya. ¿Y cuánto te queda?

—No lo sé, Lucía.

—Déjame leerla.

Hay muchos tipos de risa. Algunas destilan alegría. Otras, regocijo. O incluso llegan a emparentarse con toda clase de placeres, lícitos o culpables. Esteban ríe ante mi desesperada petición. Y juraría que lo hace por puro placer.

—¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta gracia?

—Me asombra este improvisado arrebato por la lectura. Tú, que no has leído un mísero libro en tu vida. Olvídate también de eso, Lucía. No vas a leer esta novela.

Me trago un batallón de insultos para dejar que sea él quien apuntille esta conversación.

—No vas a leerla porque no sería… lógico.

Tengo la sensación de que no es ese el adjetivo que Esteban pretendía utilizar. Me toca. Voy a responderle. A gritos. Porque me apetece hacerlo.

—¡Puede que llegue el día en el que dejes de verme! ¡En el que sea yo la que se vaya de este pueblo de mierda!

Pero Esteban ya se aleja de la sala. Lo escucho reírse de nuevo. La misma risa sardónica de antes. El mismo placer culpable.

—No lo creo —farfulla antes de evaporarse rumbo hacia las escaleras que le llevarán a su despacho.

Esteban ya no está. Noto cómo se deshace el hechizo de parálisis que su presencia conjuraba.

Un cosquilleo sacude mi cuerpo. Una especie de corriente eléctrica.

La misma sensación que experimentaba Pedro, el chaval que jugaba al escondite en La Casa Hueca.

Me acerco de nuevo a la estantería. La novela vuelve a estar entre mis manos. Necesito saber cómo acaba esa escena.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

Necesito saber qué es ese ruido.

¡Bum!