La casa hueca La Casa Hueca. Prólogo
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La Casa Hueca. Prólogo

Ningún organismo vivo puede prolongar su existencia durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta sin perder antes el juicio; hasta las alimañas más inmundas sueñan, según suponen algunos.

La Casa Hueca, que no era cuerda precisamente, se levantaba custodiada por montañas mientras acumulaba tinieblas tras sus viejas puertas; de esta forma había pervivido durante ochenta años y podría hacerlo otros tantos más.

En el interior, los muros parecían guardias imperturbables, los ladrillos encajaban como una maquinaria perfecta y las puertas abrían y cerraban caminos a conveniencia; la ausencia de vida se convertía en rutina dentro de la Casa Hueca.

Cualquier cosa que anduviese por ella lo hacía en soledad.

El pequeño se había perdido entre pasillos interminables sobre los que se proyectaban sombras de colmillos demasiado grandes y esperanzas demasiado vanas.

Una tenue letanía acompañaba su agitada respiración: yo no quería jugar.

Cuatro palabras que se repetían, una, otra y otra vez.

Yo no quería jugar. Pero el chico había jugado.

Y, al contrario de lo que pudiera imaginarse, era el indiscutible ganador.

Tal vez no exista un juego más antiguo que el escondite.

Se inventó mucho tiempo atrás. Años, décadas, siglos antes de que los crueles cimientos de la Casa Hueca fueran depositados sobre la tierra infértil que lo emponzoñaba todo.

Pedro, el pequeño Pedro, solía colarse con sus amigos del pueblo en aquel decrépito edificio al que habían abandonado hasta las cucarachas.

Y allí jugaban a esconderse. Si te encontraban, perdías.

Existe una clase de impulso inherente al propio ser humano, un cosquilleo tan molesto como placentero, codificado en la mismísima sangre que reviste a nuestros corazones de ese aspecto de masa roja y palpitante durante el tiempo que permanecemos vivos.

Una corriente eléctrica a la que no osamos poner nombre y que Pedro experimentaba al cruzar el umbral de la Casa Hueca.

Pero no era lo mismo compartir esa carga que llevarla a cuestas en solitario.

Y eso es lo que le ocurría al chico. Sus amigos ya no se encontraban allí.

El escondite era tan perfecto que los demás jugadores habían desistido en la búsqueda.

Pedro estaba solo en aquella habitación.

Miríadas de tinieblas, cosechadas durante toda una eternidad, se relamían de gusto ante una presa tan jugosa como indefensa.

La sala era una bolsa para cadáveres. Nada podía verse en su interior.

Y quizá fuera mejor así. Pedro había dado con ella por pura casualidad.

Puede que sirviera de almacén de trastos inservibles.

Pero eso sería tiempo atrás, en otra época más esplendorosa y próspera, cuando la luz domaba a la negrura.

Las cosas habían cambiado. Ahora, los escasos retazos de luminosidad eran meros esclavos, azotados sin compasión por un oscuro látigo.

Una sonrisa plagada de dientes picados se pintaba sobre las mohosas paredes de la habitación.

Pedro, que comenzaba a sentir los terribles síntomas de la asfixia, alargó una mano temblorosa.

Agarró el picaporte y giró, lento, muy lento, hasta escuchar el metálico sonido que le anunciaba la apertura de la puerta.

Por muy imperceptible que hubiera sido, aquella señal provocó que decenas de párpados purulentos y descamados se levantaran.

Al salir al pasillo, Pedro se sintió tan observado como cuando el insoportable profesor de matemáticas lo hacía subir al estrado y resolver en la pizarra una ecuación que nunca llegó a comprender.

Fue cuando comenzaron los ruidos.

¡Bum! Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos de silencio. ¡Bum! Y vuelta a empezar. Era una secuencia de golpes, un himno ancestral que proclamara el desastre que estaba a punto de ocurrir. Podía proceder de cualquier habitación de la casa.

El chico trató de ignorar aquel sonido. Se enfocó en lo único que debía importarle: hallar la salida del laberinto en el que estaba inmerso.

La salida. Si es que existía algo así. En su agitada imaginación comenzaron a bailar todo tipo de criaturas terribles que truncarían tan inusitada aventura.

Demonios que batían las alas para formar una tempestad tan brutal que levantaría su propia piel por completo, expirando tras una insoportable agonía con los palpitantes músculos al descubierto.

Rastros húmedos y pestilentes de babosas que reptaban por el suelo de madera, describiendo espirales que se cerraban y cerraban y cerraban en torno a Pedro hasta no darle otra opción que sucumbir ante su asqueroso abrazo.

Gigantescas arañas que remendaban sin descanso un entramado de viscosas telas, encrucijadas de sendas que se repartían por toda la casa para guiar a los incautos habitantes hasta un único final: la muerte más horrible de cuantas se hubieran producido a lo largo de la historia de la humanidad.

Y mientras tanto, los golpes, sin descanso, sin piedad. ¡Bum! Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos. ¡Bum!

¡Cuánta creatividad! La mente de Pedro era una factoría de pesadillas. Y, sin embargo, por más que trató de adelantarse a la fatalidad inminente, nunca llegaría a materializar en su pensamiento el mecanismo que la Casa Hueca pondría en marcha para devorar su fuerza vital.

¡Bum!

Porque la Casa Hueca tenía capacidad de raciocinio.

¡Bum!

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

¡Bum!

Estudiaba a su víctima para aplicar el método más propicio.

¡Bum!

Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

¡Bum!

Llegado el momento, ejecutaba su plan para acabar con ella.

¡Bum!

Después de subir y bajar escaleras, de abrir y cerrar puertas, de ignorar todas esas voces que lo tentaban desde el más ardiente de los círculos del infierno, Pedro había alcanzado una sala rectangular donde el viento parecía soplar desde todas partes, como si todas las ventanas estuvieran abiertas.

En aquella estancia no había más que una especie de claraboya por la que se entrometía la luz del atardecer.

Los cristales, sucios y agrietados, hacían del todo imposible que pudiese generarse tal corriente de aire.

Aquello no tenía explicación. Así eran las casas encantadas.

En la sala también podía verse un enorme portón.

Pedro lo reconoció enseguida. Era el acceso principal por el que sus amigos y él entraban a la casa.

El corazón bombeaba sangre sin descanso, descontrolado como una máquina de vapor con las tuercas a medio apretar.

Lo hacía por una buena razón. La salvación estaba a un solo paso. O eso creía él.

Qué burda equivocación.

Giró el pomo. Cruzó el umbral. Y, de súbito, vio la luz.

Un poderoso fogonazo que lo obligó a cubrirse los párpados con los brazos.

Había entrado a la misma hora de siempre, poco antes del atardecer.

¿Cuánto tiempo había transcurrido ahí dentro?

A sus espaldas, el chirrido del gran portón al rozar con el polvoriento suelo formó una ominosa mezcla de placer y dolor.

Y un golpe sordo que anunciaba su cierre.

Pedro se atrevió a abrir los ojos de nuevo.

Maldijo en voz baja al descubrir que volvía a estar dentro de la casa.

La claridad acuchillaba las tinieblas, colándose por la claraboya de cristales sucios y agrietados.

Era como si estuviera dentro del reflejo inverso de la habitación de la que acababa de salir.

Pero lo peor llegó poco después. El ruido volvió a sonar. Con más intensidad que nunca.

¡Bum!

Miró hacia arriba. Algo pendía sobre su cabeza. Algo terrible. Pedro no estaba preparado para averiguar de dónde procedía ese ruido.

Nadie lo habría estado.