15. La letra con sangre entra
Estar atrapada aquí es una mierda. Me dan ganas de dejar tirado a Esteban, coger su coche y huir sin mirar atrás. Luego me doy cuenta de que el problema no es salir de este pueblo. El problema es que no sé adónde ir después.
Creo que debería verme un médico. El sueño.
El asqueroso sueño de anoche. Lo tengo atravesado en las tripas como una mala digestión.
Buitres que atraviesan ventanas, polvos satisfactorios con Esteban, rostros desencarnados.
Todo es mentira. Irreal. De buenas a primeras, mi cerebro ha desbloqueado la función de soñar y actúa como una máquina de generar horrores.
No entiendo nada. Porque ni esto es Matrix ni las pirulas que me recetó la señorita Rottenmeier son pastillas azules.
Ahora que lo pienso, podría ir a verla al ambulatorio. Seguro que me recibe con los brazos abiertos y los cuchillos afilados.
Mejor no. Prefiero matar el tiempo. Y se me ha ocurrido algo que podría hacer. Por eso estoy aquí, en la biblioteca, sentada en un cómodo butacón beige, acariciando las hojas de un libro con la punta de mis dedos.
Tengo muy mala memoria. Al igual que no sabría decir cuánto tiempo llevamos sin salir de este lugar, tampoco acertaría si me preguntaran los años que han pasado desde que Esteban y yo compartimos sexo y bostezos. Menudo ridículo haría si participara en uno de esos chabacanos concursos de parejas.
En cualquier caso, el dato relevante no es el tiempo, sino el hecho de que nunca he llegado a leer ni una sola de sus novelas. Ni una.
No es que las haya ignorado por completo. Permanecer ajena al bombardeo que ejecuta un escritor en torno a su obra sería una tarea titánica. A veces creo escuchar su voz dentro de mi cabeza como un pertinaz acúfeno. Podría recitar la sinopsis de todos sus títulos si quisiera.
En otra piel fue lo primero que publicó.
La leyeron sus amigos y poco más. Vamos, lo típico.
Es cierto que luego fue reeditada cuando ya alcanzó más notoriedad.
No tengo mucha idea de qué va, más allá de que las protagonistas son dos mujeres que se lían.
Ese sería el escueto resumen. Tal cual. Su segunda novela fue Conductor psicópata, donde alguien se vuelve majara al volante de un viejo Talbot Horizon.
Luego llegó En las fauces de la demencia: un embaucador se gana la vida inventándose noticias truculentas hasta que descubre que hay gente que se toma muy en serio sus patrañas.
Y, por supuesto, La Casa Hueca, su gran éxito.
Muy fácil de relacionar con la leyenda que Esteban me contó acerca del niño perdido.
Contemplo por unos instantes la portada del ejemplar.
Letras con relieve anuncian de quién es la obra: E.
Rey. Manía número cuatrocientos treinta y dos de un escritor: firmar mostrando únicamente la inicial del nombre seguida del apellido.
En fin. Un poco más abajo puede leerse La Casa Hueca con un tamaño de fuente más pequeña.
Esa es otra. Qué mejor manera de poner de manifiesto la importancia del autor que destacar su nombre por encima del título de la obra.
En la portada hay una ilustración con una especie de palacete venido a menos. Desconchones y agujeros en la triste fachada. Ventanas con cristales rotos y cortinas con formas amenazadoras. Noche cerrada. Luna abierta de par en par.
Los párrafos que visten la primera página bailan ante mis ojos. Aún huele a nuevo. Quiero sumergirme en la lectura en busca de nuevas claves. De repente, un olor diferente se suma al que exuda un trozo de papel sin explorar. Metálico, punzante. Pronto descubro de dónde procede.
Un diminuto hilo rojo corre por la yema de mi dedo índice. El escozor me hace apretar los dientes. Las hojas de este maldito libro son tan afiladas como la prosa del autor. No sé quién dijo aquello de que la letra con sangre entra, pero seguro que era igual que Esteban. Un escritor.
Y un cabronazo.