13. Apenas te reconozco
Hoy no.
Las agujas de luz. Hoy no duelen al pincharme. Son diferentes. Brillan. Claro que brillan. Poseen ese fulgor muerto de siempre, desprovisto de cualquier vestigio de cariño. Pero son diferentes. No sé explicarlo. No soy escritora. No quiero serlo.
Qué hora es.
Son más de las diez. Nada de sorpresas. Madrugada de horrores.
Perdí la cuenta de las veces que recorrí estas sábanas.
Una coraza de nervios atenazaba todo mi cuerpo.
La imagen del buitre destrozado en el salón.
La sangre negra sobre un colchón de diminutos cristales.
Maldito sea ese animal. Y maldito seas tú.
Tú, que no estás.
Tú, que estuviste. Y dormías con las maneras de una máquina desconectada.
Tú, ajeno a todo lo que no sea el mundo imaginario de tus novelas.
Tú, tirando por el desagüe todos mis despertares, hundiendo los dedos en las mugrientas teclas de tu ordenador en lugar de hacerlo en mis generadores de humedad.
Tú.
Que apareces por la puerta.
Que arrastras ese aroma a café y a sudor. Vistiendo la misma camiseta de siempre. Manchada, roída, estirada una y mil veces. Dices que te da suerte. Que es tu amuleto. Que no puedes escribir ninguna escena importante sin tenerla puesta.
Sabes lo harta que estoy de tus manías. De todas las manías de todos los escritores.
Que te acercas tanto que derramas tu aliento sobre mí.
Y sonríes. Yo estiro mis músculos. Me incorporo hasta quedar sentada sobre el colchón.
Hay palabras que resbalan por mis labios.
Se parecen a las que pronuncié anoche cuando mi voz jugó a ser grito.
Por qué no nos vamos de aquí, Esteban. Por qué.
Sé que no vas a responder. Mantienes la pose barnizada con desprecio.
Y esa sonrisa. Te la copio. Entonces, movido por algún tipo de resorte ancestral, actúas.
Contemplo cómo tu piel se expone al juicio de mis retinas.
Brazos, muslos, torso, entrepierna. En pocos segundos quedas visto para sentencia.
Hoy no.
Hoy no provocas repulsión ni vergüenza.
Hoy no encuentro frenos para ese instinto salvaje, irracional, indómito.
Las paredes hoy parecen más pálidas que nunca. Juraría que emiten un brillo resplandeciente que llega a molestar. Cierro los ojos. Abro las piernas. El lecho ya es un campo de batalla. Arenas movedizas. Somos reptiles que combaten por puro placer mientras uno serpentea sobre el cuerpo del otro.
Tu cuerpo. Tiene algo diferente. Desprovisto de cualquier vestigio de cariño, como siempre. Pero diferente.
No sé explicarlo.
No sé si eres tú. Apenas te reconozco. Desde cuándo eres capaz de prender tantos fuegos seguidos sin que el tuyo se extinga. Joder, Esteban.
Hoy sí.
Hoy sí.
Hoy sí.
La lucha termina mucho tiempo después. Lo sé porque el incendio ya se ha convertido en un puñado de tibios rescoldos.
El blanco de las paredes sigue cegándome.
Entrecierro los párpados y te veo de pie, hurgando en uno de los armarios del cuarto.
Los contornos de tu figura se muestran difusos, apenas un borrón de tinta que se desplaza sobre un lienzo de papel.
Debe ser el exceso de humedad concentrado en el interior de la habitación.
Dime qué demonios buscas, Esteban. Pero, una vez más, decides no contestar a mi pregunta. En su lugar, dices:
—No deberías haberlo aceptado.
—¿A qué te refieres?
—A qué va a ser, Lucía.
Sigues buscando Dios sabe qué. Imagino que, en una de estas, desaparecerás en el fondo del armario para colarte en algún universo paralelo.
—Podrías hablar claro por una vez, ¿no te parece?
Carraspeas, no sé si para aclararte la voz o para acentuar la importancia de lo que estás a punto de decir.
—Te dije que tuvieras cuidado en este pueblo. Que no te fiaras de nadie.
Te refieres a Gloria, ¿verdad? Qué raro, Esteban. Desde cuándo te has vuelto celoso. Y cómo sabes que he estado con ella.
—El dibujo, Lucía. El dibujo.
Dios. Pico. Alargo el brazo hasta tirar del cajón de la mesa de noche. Lo guardé allí antes de acostarme. Sí. Ahí sigue. Ahí seguimos, el niño y yo, tomados de la mano. El bosque junto a nosotros.
—Venga ya, Esteban. ¿Qué tiene de malo? Solo es un papel pintarrajeado por un chaval que se aburre de hacer siempre lo mismo.
—Mira.
—¿Cómo dices?
—Que mires, Lucía. Mira de una puta vez.
Froto mis párpados con el dorso de ambas manos.
Es como si un ejército de niebla levantara una barrera frente a mis ojos.
Vuelvo a escrutar el papel. Y entonces veo algo que antes no había visto.
Hay una especie de lunar en el rostro de la muñeca que me representa.
Y otro, muy similar, sobre la cara del chico dibujado.
Debe de haberse corrido la tinta del bolígrafo al doblarlo.
Rasco el lunar con la punta de la uña. Ras, ras.
No logro quitarlo. Al contrario. La tinta negra se extiende.
Tanto que llega a cubrir el rostro de la muñeca por completo.
Al repetir la maniobra con el chaval, ocurre lo mismo.
Ras, ras. Lo he estropeado. Ahora el dibujo exhibe un aspecto mucho más siniestro.
Es como si lleváramos algo sobre nuestras caras.
Algo parecido a una máscara.
Tú.
Tú lo sabes. Sabes qué significa todo esto.
Voy a preguntarte por enésima vez. Y, por enésima vez, guardarás todos tus enigmas bajo llave.
Callarás, maldito seas. Los labios inmóviles, ligeramente curvados como los de un cadáver maquillado para que la familia le brinde el último adiós.
Y aun así voy a preguntarte. O mejor no.
Mejor no lo hago. Porque, de repente, tengo miedo de hacerlo.
Ya has encontrado lo que buscabas en el armario. Una mortaja. Negra, pavorosa. Te has ataviado con ella. Has cubierto tu piel aún impregnada de mis fluidos. Y entonces has comenzado a emitir ese repugnante zumbido.
No sé si eres tú.
Apenas te reconozco.
¿Cómo podría hacerlo? Tras el cortinaje de neblina, enfoco penosamente tu rostro embozado.
Ese hueco triangular que encuadra una pequeña parte de tus facciones.
Facciones que no están. Se las ha tragado la nada.
La nada inmensa y profunda. La nada del espacio cósmico.
La nada de la ruina más absoluta. La nada que queda tras la carne podrida, maloliente, profanada y deshecha por la aniquilación del paso del tiempo.
La nada. Y de la nada brotan miserables fonemas que cuelgan como cuerpos ahorcados al viento para componer, al fin, la respuesta que anhelo.
—Significa que no eres bienvenida aquí.